DIEGO MANRIQUE, DECANO DE LA CRÍTICA POP PUBLICA UNA RECOPILACIÓN DE ARTÍCULOS RECIENTES

"En España gustaba la música latina hasta que se instalaron los inmigrantes"

Nació en Burgos en 1950. Lleva tres décadas siendo el  referente principal de los críticos españoles. Ha escrito en casi todos los medios que cubren música

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"En España gustaba la música latina hasta que se instalaron los inmigrantes"
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    Nació en Burgos en 1950. Lleva tres décadas siendo el  referente principal de los críticos españoles. Ha escrito en casi todos los medios que cubren música popular, desde El País a Televisión Española, pasando por revistas especializadas como Rockdelux, Boogie o Efe Eme. También es un destacado locutor,  con programas tan seguidos como El Ambigú, que Radio 3 terminó abruptamente hace tres años (el juzgado de lo laboral declaró el despido improcedente). En un país donde la mayoría de periodistas musicales deciden especializarse en un sonido, Manrique siempre ha hecho bandera el eclecticismo ("si sólo consumes rock, algo le falta a tu dieta", dijo ya hace muchos años). En 2013 ha vuelto a las ondas con La Zona Salvaje (Radio Gladys Palmera). Estos días promociona Jinetes en la tormenta (Espasa), una recopilación de sus artículos recientes en El País.

    Arrancas el libro lamentado el escaso interés que se presta en España a la música negra, que suele estar en la raíz de los estilos populares más potentes. ¿Se te ocurre un motivo?

    Como explica Santiago Auserón, ha habido un esfuerzo de varios siglos por borrar la presencia africana en España. En lo que respecta a la música, es más sencillo: los que impartieron doctrina sobre el pop en los sesenta y setenta eran maestros muy malos, con muchos prejuicios y poca cultura musical.  Mi libro arranca con una sección sobre artistas negros. Es lo que más orgullo me provoca de la selección que han hecho en la editorial.

    Seguramente una de las grandes taras de la prensa musical en España es la anglofilia. ¿Por qué siempre nos parece más interesante lo que viene de Londres y Nueva York que lo que llega de Berlín o Bogotá?

    Nada extraño, estamos insertos en el flujo de información y tendencias que vienen desde las capitales del imperio hasta la periferia. Quizás tengamos carencias de cosmopolitismo. En Francia, Alemania, Italia, Holanda o Suecia son más valientes a la hora de reconocer la amplitud del mundo.

    Siempre te has mostrado crítico con la idolatría de muchos aficionados hacia iconos como Bob Dylan o Bruce Springsteen. ¿Piensas que la prensa musical fomenta estos procesos? ¿Funciona los medios especializados con la misma lógica que los de fans pero añadiendo un plus de esnobismo?

    Es exactamente así. En nuestros momentos de audacia, podemos dar un pellizco a una estrellona. Pero nos mordemos la lengua si los artistas guay meten la pata. A veces por amiguismo y generalmente por los residuos de un sentido de la justicia  derivado de esa concepción del crítico como juez bíblico.

    También recuerdas que "el peor insulto que te podían hacer a finales de los setenta era discotequero". ¿Por qué existe ese rechazo en España a la música que se pueda bailar?

    Sería más correcto decir “durante la mayor parte de los setenta”. Seguramente se trata de una de tantas aberraciones propagadas por los profetas del rock progresivo, que marcaron tendencia en España a través de la revista Disco Expres: en su apogeo, James Brown era un hortera mientras Emerson Lake & Palmer debían ser considerados artistas. Yo me horrorizaba, pero tenía sus ventajas: en enero encontrabas todos los elepés de funk y disco en las rebajas de los grandes almacenes, a veinte duros por pieza.

    Ahora diriges "La zona salvaje", un programa en Radio Gladys Palmera, emisora empática con los sonidos latinos . Me gustaría saber cómo ves la recepción de esta música en España. ¿Quedan restos de mentalidad colonial? ¿Les miramos por encima del hombro?

    Vamos a ser sinceros: nos gustaba (cierta parte de) la música latina cuando no vivían latinos en España.Al instalarse aquí, rompieron la imagen idílica que teníamos respecto a la música que les correspondía. En realidad, escuchaban unos ritmos más zafios, unas letras más sentimentales, con unos locutores altisonantes. Si lo piensas, las únicas músicas latinas que sobreviven a ese desprecio son las cubanas, las brasileñas y las mexicanas. No hay colonias de esas nacionalidades incrustradas en nuestras barriadas populares.

    Ahora que esta en decadencia, ¿cómo valoras el papel de la industria musical en España?

    Me cuesta generalizar, pero tengo la impresión de que se olvida la importancia cultural que tuvieron las discográficas. Pienso en cosas como la colección de música antigua de Hispavox, donde salieron las famosas grabaciones de los cantos gregorianos, o en las extensas antologías de flamenco que se han editado. Podía haber mucho sinvergüenza y oportunista, pero también se han llevado a cabo proyectos de categoría. Hay muchos prejuicios contra la profesión de disquero. Cuando le dieron el Cervantes a Caballero Bonald ninguno de los perfiles de prensa mencionó que había trabajado en BMG-Ariola. Además de su investigación flamenca, llevó un sello de folk y cantautores llamado Pauta.

    Dices que lo más importante que has aprendido en estos años es no existe la buena y la mala música, que cada género tiene un momento en el que encaja. ¿Crees que la crítica se ha dedicado más a cultivar un sentimiento de distinción que a promover el disfrute de la música?

    Siempre ha sido así. Recuerdo cuando el clan de los enterados en España se agrupaba en torno a "Caravana Musical", el programa de radio de Ángel Álvarez.

    Tenían una oficina en la Calle Mayor (Madrid) y los domingos hacían un programa con público. Había un círculo interno de seguidores que tenía acceso a los discos que Ángel Álvarez traía de Nueva York. Se creaban pequeñas aristocracias, que es un esquema que se ha reproducido muchas veces, hasta que llega Internet y propicia que cualquiera pueda escuchar casi cualquier canción. Durante muchos años,  los críticos musicales hemos hablado para iniciados. El gremio ha pecado de exhibicionismo. El discurso decía "mira que información tengo" o "puedo acceder a esta estrella y vosotros no". Solo se han salvado géneros como el heavy metal, donde los periodistas decían "a todos nos gusta este tipo de sonido y vamos a intentar disfrutarlo al máximo".

    Resulta asombrosa la escasez de libros musicales en España (quitando biografías laudatorias a artistas de moda). ¿Se te ocurre algún motivo?

    Hay una especie de temor a que lo que escribimos sólo pueda interesar a cuatro gatos. Me hizo mucha gracia que una vez me mandaran a entrevistar a Eric Clapton con el encargo de que “el texto no sea musical, que hasta mi abuela pueda entender quién es ese señor”.  Hombre, vale, pero si a Clapton o a cualquiera de sus colegas le quitas la epopeya musical, pues quizás no haya mucho más que contar.

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