el despido de saracho, una cuestión de honor

El jaque mate de Ana Patricia al empleado que osó dar el portazo a la saga Botín

Casi dos décadas después del portazo que Saracho dio al Santander para fichar por JP Morgan, la presidenta del banco se ha cobrado una venganza sin mancharse las manos

Foto: Fotomontaje: Enrique Villarino.
Fotomontaje: Enrique Villarino.

Ni mancharse las manos. Ana Botín, la presidenta del Santander, no tuvo ni que tomar la decisión de ejecutar a Emilio Saracho, el honorable banquero de inversión de JP Morgan, con él que mantenía una relación de amor-odio desde los tiempos en que ambos compartían éxitos y fracasos en Santander Investment, el bróker que montó la heredera del primer banco de España para jugar a Wall Street en el incipiente mercado de capitales doméstico de mediados de los noventa.

Ana había hecho su máster en la Bolsa de Nueva York, donde pasó sus primeros ocho años como aprendiz aventajada, en concreto bajo la tutela de JP Morgan. Allí conoció a un joven Saracho y a su fiel amigo Enrique Casanueva. Los tres trabaron una buena amistad que los llevó a juntarse en el Santander cuando la hija de Emilio Botín le propuso copiar en España el modelo de banca americana basado en el asesoramiento de compañías (fusiones y compras), salidas a bolsa, inversiones en materias primas y todo tipo de ‘deals’ con unos márgenes muy superiores a los que dejaba la banca comercial de toda la vida.

Pero la relación duró lo justo. Ni Saracho ni Casanueva compartían la volatilidad de carácter de su jefa, ni tampoco algunas decisiones, como la compra de un banco asiático –Peregrine– por 50.000 millones de las antiguas pesetas (300 millones de euros), que poco después hubo que desmantelar. A finales de los noventa, los dos ejecutivos decidieron marcharse del Santander y emprender su carrera en JP Morgan como máximos responsables de la entidad norteamericana en España.

Don Emilio le pidió a su tocayo una explicación por esa salida repentina, pero Saracho optó por la prudencia: “No le puedo responder a eso”. El veterano sucesor de la saga Botín le insistió en conocer qué había provocado tal espantada en un momento en el que la bolsa española brillaba por las numerosas privatizaciones en la época de Rodrigo Rato. Había negocio para todos. “Si le digo la verdad, le voy a herir y no…” cuentan que le dijo el ya expresidente del Popular. Hasta que a la tercera vez tuvo que confesar: no aguantaba a su hija.

Botín castigó a su hija a la penitencia de gestionar cuentas corrientes y créditos hipotecarios para recuperar el pulso comercial de Banesto

Aquello quedó grabado en la memoría del presidente del Santander y en su hija, que tras dos años fuera del banco por unas declaraciones inoportunas sobre quién mandaba en el banco 'familiar' tras la fusión con el Central Hispano, volvió al mundo financiero como primera ejecutiva de Banesto. O lo que es lo mismo, la ‘bancachofa’ de toda la vida, tomar ahorros y prestar créditos, nada que ver con el glamour de la bolsa, los 'traders' y los 'yuppies' de la City londinense. Su padre la castigó a la penitencia de gestionar cuentas corrientes y créditos hipotecarios para recuperar el pulso comercial de Banesto.

Los caminos de Ana y Saracho coincidieron de nuevo casi una década después cuando la Botín pasó a tomar las riendas de Santander UK. Emilio disfrutaba por aquellos entonces con un 'puestazo' en Londres como súper jefe de banca de inversión de JP Morgan tras un periodo de relax en el que intentó dar una vuelta al mundo en un yate, travesía que se truncó a medio camino. El exitoso banquero había vuelto al ruedo a petición de sus superiores de Estados Unidos, que posteriormente lo nombraron vicepresidente mundial, un reconocimiento que no había conseguido ningún otro ejecutivo español en la historia.

Desde esta posición, algunos cuentan que Saracho miraba por encima del hombro, más bien con desidia, a la heredera, que hizo todos los esfuerzos económicos y de 'lobby' por ser reconocida como una de las mujeres más influyentes de Europa. Emilio, un banquero de un carácter afable, cordial, veía con distancia los movimientos de Ana, responsable de un negocio regional del Santander, mientras él disfrutaba de sus galones en JP Morgan.

Pero la correa de trasmisión de la saga Botín aún masticaba el desaire ocurrido hacía casi dos décadas. Vio su venganza próxima cuando, en un giro inesperado hasta por sus más cercanos, Saracho acepta jugar a salvador del Popular, un fichaje por el que, como cuando el Madrid le quitó Mourinho al Chelsea, la pequeña entidad española tuvo que pagar una compensación al gigante estadounidense. Cuatro millones de euros para liberarlo, más 1,2 de sueldo fijo, otro al menos de variable y un millón más cuando cesara de sus funciones.

Apenas cuatro meses después de aceptar oficialmente la presidencia, Ana Botín ha cazado dos piezas: ha emulado a su padre cuando en un abrir y cerrar de ojos le quitó Banesto a BBVA en una subasta nocturna en la primavera de 1994 y se ha cobrado la cabeza de un señor que en su día osó dejar su cuartel con un portazo. Y lo ha hecho sin necesidad ni de mirar a los ojos porque, cuando Santander anunció en la mañana del miércoles la absorción del Popular, Saracho ya había sido despedido por el Banco Central Europeo (BCE).

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