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'El círculo': una mala reflexión sobre los peligros de la tecnología

Emma Watson y Tom Hanks protagonizan una reflexión sobre la tecnología más blanda e insulsa que cualquier episodio de 'Black Mirror'

Foto: Emma Watson, en un fotograma de 'El círculo'.
Emma Watson, en un fotograma de 'El círculo'.

Cualquiera que no haya pasado los últimos 15 años en estado de coma probablemente sepa que el peligro que las nuevas tecnologías suponen para nuestra privacidad es un asunto que preocupa a la opinión pública. Periódicos, revistas y páginas web se han hartado de hablar de ello. Desde ahora, ya hay también una película perfectamente inútil sobre el asunto.

'El círculo' está dirigida por James Ponsoldt, responsable de títulos valiosos como 'Aquí y ahora' (2013) y 'The End of the Tour' (2015), y coescrita mano a mano entre él mismo y Dave Eggers, autor de la novela en la que se basa. La protagonizan Emma Watson y Tom Hanks. Es resultado, pues, del esfuerzo conjunto de mucha gente inteligente. ¿Por qué es entonces una película tan despistada?

La peripecia arranca cuando Mae (Watson) deja su cochambroso empleo en un 'call center' para ingresar en 'El círculo', una compañía que vendría a amalgamar Google, Facebook, Twitter, Instagram, PayPal y una docena de otros servicios que la mayoría de nosotros ya tenemos instalados en el móvil, y cuyo disfrute hemos pagado proporcionando alegremente nuestros datos. Sobre el papel, el objetivo de la empresa es "simplificar el caos de la web" o, dicho de forma menos bonita, gestionar todas las transacciones financieras, vendernos nuevos productos, revender nuestra información a terceros, manejar todas las tareas de tipo gubernamental y, en suma, poseer nuestras vidas.

Una imagen de 'El círculo'.
Una imagen de 'El círculo'.

Al principio, Mae se deja seducir completamente por el buen rollo que el lugar derrocha y por las fiestas constantes y conciertos de Beck y charlas de eminencias que allí se celebran. También por su afable CEO, Eamon Bailey (Hanks), que suministra diatribas propias del Gran Hermano —hablamos de Orwell, no de Telecinco— camufladas entre palabrería sobre la necesidad de incrementar los derechos humanos y supervisar a los líderes políticos y mejorar el mundo, aunque lo cierto es que solo logra engañar a un puñado de tarados gafapasta obsesionados por amasar 'megustas' y recibir 'emojis' sonrientes.

Ni Ponsoldt ni Watson llegan nunca a saber cómo retratarla. La vemos permanentemente con la vista perdida

Pero cuando ve la luz el nuevo producto de la compañía, SeeChange —que permite a millones de cámaras diminutas verlo todo y a todos, en todas partes y a todas horas—, Mae empieza a preocuparse. O eso parece. O al menos hasta que —durante un rato, eso sí— la joven se convierte en una exhibicionista encantada de transmitir en directo su vida excepto cuando está tumbada en la cama o sentada en el váter. Ni Ponsoldt ni Watson llegan nunca a saber cómo retratarla. La vemos permanentemente con la vista perdida durante la primera mitad de película, hasta que se vuelve del todo insoportable en la segunda.

A la muchacha le lleva la película entera llegar a la conclusión increíblemente obvia de que eslóganes corporativos como "la privacidad es un robo" y “los secretos son mentiras” resultan sospechosos, y que compartir toda tu vida 'online' puede ser malo. Si Mae es tan tonta, ¿por qué deberíamos interesarnos en ella? Por lo que respecta a Bailey, en buena medida es un personaje inconsistente, dispuesto a hacer grandes discursos cuando el relato los requiere pero incapaz de erigirse en el verdadero villano que el clímax quiere que sea.

En realidad, la película en su conjunto aqueja esa indefinición

En realidad, la película en su conjunto aqueja esa indefinición. Parece querer decir muchas cosas acerca de la tecnología y un panorama actual de las redes sociales en el que la gente documenta y divulga incluso los aspectos más nimios de sus vidas, pero demuestra no saber exactamente ni qué ni cómo.

En buena medida, de entrada, porque esquematiza las tramas del libro de Eggers y limita considerablemente el alcance de la historia, hasta tal punto que no nos cuenta nada significativo sobre el modo en que las iniciativas de 'El círculo' están cambiando el mundo. Y si ese texto original llevaba la sátira hasta tal extremo de hipérbole que se convertía en farsa, la película se percibe paralizada por su propio sentido del decoro. En lugar de adentrarse en el tipo de terrenos salvajes y aterradores en su día visitados por 'Network' o 'El show de Truman', se contenta con ofrecer reflexiones sobre nuestro futuro tecnológico inminente o el conflicto entre la intimidad, la vigilancia y la libertad que resultan definitivamente blandas e insulsas, especialmente si se comparan con un episodio cualquiera de 'Black Mirror'.

Emma Watson y John Boyega, en 'El círculo'.
Emma Watson y John Boyega, en 'El círculo'.

Al final, 'El círculo' nos cuenta que la tecnología es un arma de doble filo, que las redes sociales nos hacen vulnerables y las compañías que las poseen son demasiado poderosas, y poco más. En otras palabras, es el tipo de película que hace pensar, o hacer como que piensan, exclusivamente a espectadores no muy listos.

Cartel de 'El círculo'.
Cartel de 'El círculo'.

Y mientras plantea todas esas obviedades se muestra incapaz de generar suspense o de dar forma coherente a la narración —el plano final de la película contradice su moraleja: ¿es que en última instancia Mae no ha aprendido nada?—; y acumula personajes que aparecen y desaparecen en función de las necesidades argumentales, y que se dividen casi exclusivamente entre adictos a la red y tecnófobos que fabrican lámparas con astas de ciervo mientras maldicen a todo aquel que consulte sus 'emails' más de dos veces al día. A decir verdad, tras ver 'El círculo' uno casi está tentado a retirarse al bosque con los ciervos, pero huyendo no de la tecnología sino de las malas películas.

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