Concierto

Carlos Vives triunfa en Madrid: bicicleta sin cadena y vallenato a todo trapo

La estrella colombiana alegró el Palacio de Los Deportes (formato reducido) con sus himnos populares

Foto: Concierto de Carlos Vives en Madrid. (EFE)
Concierto de Carlos Vives en Madrid. (EFE)

Las reglas del mundo del espectáculo son reglas por algo. Una de las principales dice que no puedes quemar tu mayor éxito para arrancar la noche. En tres décadas yendo a conciertos, solo he visto que se la saltase Beyoncé, en este mismo recinto, cuando empezó uno de sus espectáculos con 'Crazy In Love'. Al público se le quedó mal cuerpo porque nos pilló muy, pero que muy descolocados. Carlos Vives trató también de esquivar la tradición abriendo fuego con 'La bicicleta', megahimno global del verano de su compatriota Shakira que él viste con sabrosura, flow y tempo popular. La pieza no acabó de prender sin réplica femenina y además se encalló antes de finalizar. “Esto pasa siempre”, decía con su bonita sonrisa. “¿A quién no se la ha salido alguna vez la cadena?”. Gatillazo pop con todas las de la ley.

Por suerte para nosotros, tenemos la garantía de su voz radiante y sus veteranos músicos del vallenato, con los que lleva ya veinticinco años, además de sus coros afrocaribeños y una sección de percusión irresistible. La fiesta estaba asegurada, casi sobraban las imágenes de archivo, duetos virtuales con Choquib Town y chistecitos sobre chats del móvil, poniendo rimas al día. En todo caso, un veterano ejecutivo discográfico español alucinaba con que el poder de convocatoria de un ritmo ancestral como el vallenato hubiese superado al de una estrella de MTV como Bruno Mars, que tocaba en fin de semana.

Buen rollo poscolonial

Es imposible que Carlos Vives no triunfe. Le respaldan siglos de fiesta popular. Solo tiene sonreír, ceñirse a su espléndido cancionero y canalizar el buen rollo de un público que le adora, hasta el punto de gastarse cuarenta euros en ir a verle un martes a un recinto donde las cervezas cuestan cuatro euros y las copas, diez (sumen cena, canguro, aparcamiento…). El respetable lo formaba un elenco variopinto de migrantes nostálgicos, grupos de amigas treintañeras eufóricas y veteranas parejas de españoles que descubrieron la alegría gracias a un resort de viajes Halcón. Carlos Vives, como Juan Luis Guerra, fueron superventas fruto de esos paquetes turísticos caribeños que disfrutaban las clases medias de la época de esplendor de aznarato.

Carlos Vives solo tiene sonreír, ceñirse a su espléndido cancionero y canalizar el buen rollo de un público que le adora

Es curioso, ya que tanto en Francia como en el Reino Unido la música de las clases subalternas -pongan todas las comillas que necesiten- se coló por la emigración, mientras que aquí se destapó por el turismo. Esta circunstancia buenrollera hace que Vives se líe un poco cuando empieza a hablar de que sus ancestros llegaron a Colombia en barcos que partieron desde Cádiz o Canarias. Diez minutos después, matiza que su pueblo son los indios nativos de Santa Marta. La parranda de la noche es incompatible con el rigor anticolonialista, más aún cuando el recinto ha alcanzado el máximo punto de ebullición a los veinticinco minutos, cuando irrumpe ese rodillo titulado 'La gota fría', que seguirá contagiando su voltaje dentro de seis siglos.

Compañía en las penas

Carlos Vives intentó que dedicáramos un minuto de silencio a la tragedia de Mocoa. No fue posible por lo animado del contexto. Hubo, a cambio, sentimiento y aplausos, sobre todo cuando confesó que había estado revisando viejos vallenatos, “de esos que nos enseñaron nuestros abuelos”, para encontrar uno que pudiera aportar consuelo en momentos tan trágicos. Al final se decidió por 'Alicia adorada', sobre una niña muerta que trae ventura a cualquier tierra en la que se posan sus restos o por la que pasa su espíritu. Se trata de una sencilla y bonita composición de Juancho Polo Valencia. En ese momento, vulnerable y delicado, se hace presente la enorme potencia del vallenato para acompañar al pueblo en las tristezas, sin trivializarlas pero sin hundirse en ellas.

Vulnerable y delicado, se hace presente la enorme potencia del vallenato para acompañar al pueblo en las tristezas sin trivializarlas

Carlos Vives hizo estallar carcajadas en el público cuando dijo que la pieza era tan bonita que había que perdonar al músico que tuviera nombre de diseñador. En efecto, Juancho Polo Valencia suena a decorador de Puerto Banús. Las pantallas, como ya hemos dicho, casi estaban de sobra, excepto en ese momento en que aparecen imágenes de maestros del vallenato clásico que hacen recordar al público que esta noche estamos conectando con siglos de baile, jarana y tragedias amortiguadas con notas de acordeón.

Fin de fiesta con Morat

Para la recta final, Vives sacó al escenario a sus compatriotas Morat, joven grupo popero que arrasa en España con sus cálidos estribillos de radiofórmula. hasta el punto de que han fijado temporalmente su residencia en Madrid. Con ellos afrontó el gran final, armado con 'La Tierra del olvido' y 'Cómo tú'. Se llegó a un nivel de intensidad que solo se había rozado con 'Mi consentida', su otro as en la manga. Y quizá también con 'Al filo de tu amor', una historia de incertidumbre sentimental en nuestra época de amores hiperconectados. También paseaba por el escenario una afilada cantante limeña, que nos hizo recordar el garrafal fallo estratégico con 'La bicicleta'. A pesar de todo, un concierto de Carlos Vives siempre vale lo que cuesta. Y se confirma, una vez más, que parece haber un cambio de hegemonía pop, cuyo centro de gravedad se desplaza de lo anglosajón a lo latino.

Un concierto de Carlos Vives siempre vale lo que cuesta. Y se confirma, una vez más, que parece haber un cambio de hegemonía pop

En la pista nos cruzamos algunas personas que nos habíamos visto por la mañana en el Círculo de Bellas Artes, para la presentación del festival Río Babel, que se celebrará a mediados de julio en Ifema y que en su primer año tiene por estrellas a Fabulosos Cadillacs, Residente de Calle 13 y nuestros Estopa. Parece que los viejos prejuicios coloniales y de clase social empiezan a derretirse en 2017. Ya no vivimos atentos a la última novedad neoyorquina, ni al sabor de la semana dictado desde Londres. Para hacer bien el amor hay que venir al sur. O algo parecido decía Raffaella Carrá.

Cultura

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios