'la eternidad de un día'

El periodismo es la misa laica del burgués

Una antología recupera a los clásicos del periodismo literario alemán en las décadas previas al ascenso del nazismo
Foto: Soldados alemanes durante la I Guerra Mundial
Soldados alemanes durante la I Guerra Mundial

La RAE, siempre perfecta para sacarnos de dudas, en su primera acepción del término folletín lo define con las siguientes palabras: Sección del periódico en la que se publicaban por entregas textos dedicados a asuntos ajenos a la actualidad, como ensayos o novelas.

Cada país es un mundo y los significados mutan en función del lugar. Si fuéramos a un alemán con esa definición se reiría en nuestra cara y prorrumpiría en estridentes e indignadas exclamaciones contra la ligereza latina. Para los pueblos de habla germana el folletín fue un género que de lo popular derivó poco a poco en alta literatura periodística basada en la inmediatez cotidiana, con el don de observación por bandera y la pluma siempre preparada para registrar lo contemporáneo desde una perspectiva distinta, válida como crónica, información y legado de un tiempo que ya no volvería.

Portada del libro
Portada del libro

Por eso adquiere pleno sentido el título que Francisco Uzcanga Meinecke ha dado a su antología de clásicos del periodismo literario alemán. 'La eternidad de un día' (Acantilado) abarca más de un siglo de tinta fresca en el quiosco. De 1823 a 1934 la Mitteleuropa se desangró entre primaveras populares, ambiciones imperiales, guerras fratricidas, contiendas mundiales y la culminación indeseada del nazismo, colofón de una era turbulenta y brillante en la que el folletín siempre estuvo presente como testimonio inmarcesible.

En sentimientos filiales de un parricida Marcel Proust afirma que la lectura matinal de las noticias es la misa laica del burgués, el modo de acercarse a la realidad desde la comodidad del sofá. Leyendo la compilación publicada y editada con su habitual rigor por Acantilado apreciamos a la par la evolución de los artículos y su creciente implicación ideológica, algo comprensible si consideramos que el folletín tuvo dos etapas de esplendor.

La primera cubre casi todo el siglo XIX y prefiere centrarse en la lenta metamorfosis de la modernidad. De las apreciaciones de Ludwig Börne sobre el arte de convertirse en escritor pasamos al escrupuloso rito de asentarse en la calle o en cualquier café vienés para plasmar con vocablos el cambio de costumbres socioculturales entre la reforma urbanística vienesa, el surgimiento de la clase obrera o los distintos prodigios de la época, desde las costumbres de los distintos pueblos austrohúngaros hasta la exposición de la zapatilla de una bailarina célebre.

De 1823 a 1934 Alemania se desangró entre primaveras populares, ambiciones imperiales, guerras fratricidas y la culminación indeseada del nazismo

En la transición entre ambas fases irrumpen grandes firmas que negarían ante un tribunal su pertenencia al género pese a seguir, quizá de forma inconsciente, sus preceptos de crítica mordaz, ironía superlativa y rebose de talento prosístico. Karl Kraus, Herman Bahr, Alfred Polgar o Robert Walser parecen nadar en otra dirección, pero sus textos lo desmienten, simplemente marcan una transición hacia otra edad dorada que llegará con el período de entreguerras, cuando Berlín tomó el relevo de Viena como principal hervidero de la región.

Es entonces cuando la asunción de ofrecer literatura a través de la tinta fresca de la mañana brinda artículos de temática variadísima que exponen con maestría el contexto de su época y las vicisitudes personales de sus autores. Stefan Zweig sobresale en el folletín de viajes, con descripciones líricas y certeras del nuevo monstruo de la modernidad. Su Nueva York es una bestia donde los hombres entran y salen de agujeros clavados en el suelo, las bocas de metro de 1911, novedad salvaje por la sorpresa de ver cómo la ciudad se adentraba más allá de su superficie visible.

La atmósfera del presente

Esta masificación contemporánea encuentra alivio en los hoteles, que para Joseph Roth son una posibilidad ecuménica de paz absoluta si se reincide en un mismo establecimiento. Asimismo el novelista de La leyenda del santo bebedor apunta en "La irrupción de los periodistas en la posteridad" que no es ningún pecado captar la atmósfera del presente, como tampoco lo es abrazar la naturaleza humana desde una óptica genial.

Esta reivindicación de la labor folletinesca demuestra cómo sus ejecutores no daban nunca la espalda al mundo, sólo estaban inmersos en su esencia. Por eso no nos aturde que hombres reacios al oficio como Robert Musil, para quien escribir en la prensa era mera remuneración alimenticia, aprovecharan la ocasión para criticar el excesivo culto al deporte u otros como Walter Benjamin o Franz Hessel deleitaran al lector con sus impresiones en torno al arte de pasear sin agobios ni premuras de última hora, sólo con impresiones dignas de ser publicadas para el disfrute colectivo de rúbricas célebres, por eso Thomas Mann comentaba sus impresiones sobre el séptimo arte o Alfred Döblin, sin duda entrenándose para su obra cumbre, se explayaba con la descripción de una jornada cualquiera de la berlinesa Alexanderplatz.

No deberíamos perder algo de vista si queremos hacer del periodismo un arma válida para el futuro: la risa contra la demencia, la valentía ante el oprobio

Al final el folletín sucumbió a las dinámicas históricas. Resulta espeluznante comprobar cómo los últimos baluartes del género fallecieron en el exilio, víctimas de la barbarie hitleriana. Todos ellos nacieron en una Europa Central que era un crisol de nacionalidades y experiencias. Ödön von Horváth, fallecido en los Campos Elíseos por el impacto de un rayo sobre el tronco de un árbol, se declaraba apátrida y advertía del peligro nacionalsocialista, mientras Ernst Bloch lo hacía con la metáfora de las maratones de baile, ese absurdo desesperado al que recurrían los pobres de solemnidad para intentar remediar la cortedad del horizonte.

Sin embargo el justo punto y final ilustra muy bien otra característica que no deberíamos perder si queremos hacer del periodismo un arma válida para el futuro: la risa contra la demencia, la valentía ante el oprobio. Eso hizo Oskar Maria Graf al atreverse a publicar en 1933 su legendario ¡Quemadme! Los nazis habían entrado en su domicilio, confiscándole sus manuscritos y todo el material acumulado para sus libros venideros. Cuando no vio su nombre en la lista negra pidió que lo incluyeran para que sus obras ardieran junto a las otras que simbolizaban el espíritu alemán. Eso las haría tan inextinguibles como la osadía de perpetrar tamaño crimen.

Tras devorar, y ser incapaz de exprimir la totalidad del volumen reseñado, permítanme una última apostilla. Se ha puesto de moda hablar de nuevo periodismo español. Tras leer 'La eternidad de un día' creo que vivimos en una galaxia fantástica. No estamos inventado nada. Lo importante siempre será cómo se cuentan las historias. El quién queda para la posteridad, único juez certero para determinar si un suspiro puede ensancharse.

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