exposición en La galería la fábrica

Bernard Plossu, el fotógrafo que quiere librarnos de la publicidad

Más de cinco décadas en las que ha retratado el lado más discreto de la vida. Sin estridencias, sin teatros, sin espectáculo. Mucha ironía y mucha poesía contra la falsa imagen publicitaria

Bernard Plossu se subió a la cubierta de la torre Eiffel con su Instamatic infantil. Tenía nueve o diez años y el cielo estaba salpicado por globos aerostáticos que partían de la Place de L’Etoile. Aunque no fue hasta los 21 años que se convirtió en fotógrafo, Plossu (Vietnam, 1945) recuerda que ahí, en ese momento, empezó todo. Más tarde se cruzarían en su camino Godard y Truffaut y se apropió del nuevo realismo, del gesto inesperado, del punto de vista subjetivo y de una sensualidad extrema que fue madurando hasta convertirse en su mejor definición.

Mientras empapa su croissant en el café reconoce que no quiere pasar de siglo. Está muy cómodo en el XX. Su coche nuevo tiene manivela para subir y bajar el cristal. No sabe escanear sus fotos, no quiere aprender a manejarse con el ordenador, se ahoga en el mar de correos electrónicos que encuentra al volver de sus viajes. Y Plossu viaja mucho. Los sueldos se los ha gastado en billetes de avión, no en cámaras. Nunca ha tenido una Leica, siempre ha aborrecido los mitos.

El mal fotógrafo es aquel que no huele cuándo no es el momento de hacer la foto. Hay que saber no hacer la foto'Sobre la mesa, ahora, tiene su vieja Nikkormat, una de ellas. La acaricia: “Con esta no necesito mirar para hacer una foto”. Paradoja a la enésima potencia. Cuando encuentra una foto su vista no pasa por el objetivo, basta con tocarlo. Las digitales tampoco. “No tienen que ver con mi forma de pensar”. Prefiere los 36 disparos a los miles.  

“Creo que soy uno de los pocos fotógrafos que lleva la cámara todo el tiempo”. ¿Obsesión o virtud? “Lo necesito, es mi vida. Lo necesito para ver”. Más de cinco décadas mirando –en la galería La Fábrica, un pequeño resumen– por el visor de la cámara han creado un monstruo gigante, un archivo de un tamaño incontrolable que, como él mismo dice, no podrá ver en lo que le queda de vida. Hace fotos, acumula y acumula negativos, pero apenas tiene tiempo para revisarlos.

México, 1966
México, 1966

Lo repite varias veces: la fotografía no miente, miente el pie de foto. La foto de Plossu es discreta, sin grandes acontecimientos, ni gestos heroicos, ni teatro de gran angular, sólo momentos insignificantes e inmortales. A veces irónicos, a veces poéticos. Depende del contexto, del país. EEUU es irónico; Polonia, poético. En uno encontró contradicciones, en otro hambre y escasez. Es curioso, la suya es una fotografía sin él, pero autobiográfica. La solución: no hay yoísmo desenfrenado, sino momentos íntimos. 

La realidad discreta

“El 50 es una manera discreta de ver, sin efectos”. Nunca cambia de objetivo. Fiel a la cercanía, a la realidad. Contra los instantes decisivos, es el mirón de lo intrascendente y está convencido de que “cada fotógrafo tiene el azar que se merece”. El azar puede ser enemigo si no es inteligente. El buen fotógrafo, dice, es lo suficientemente inteligente para encontrarse con el azar. Nada es casual.

Puede que por eso lleve siempre la cámara encima, para no tener que recordar las fotos que no ha hecho. Aunque eso tampoco garantiza nada: antes de la cámara está el pudor y el respeto por el retratado. “El mal fotógrafo es aquel que no huele cuándo no es el momento de hacer la foto. Hay que saber no hacer la foto”. Es el titular. Contención contra vehemencia. Podría ser la mejor definición de Bernard, que recoge las migas del croissant del plato y las vierte sobre el pocillo de café. “¿Mi fotografía? La definiría como la realidad discreta”. 

Y así llegamos al gran escollo: la imagen de la publicidad. Plossu, discreto y sin tópicos, cree que el gran error de la humanidad es creer en la publicidad. El fotógrafo debe luchar contra ella. “Diane Arbus lo hizo. Somos fotógrafos que luchan contra esa falsa imagen. Debemos acabar con eso. Cuando hago una foto de una mujer guapa, nunca es la foto de una cretina”, asegura. 

En muchos sentidos es contrario a Henri Cartier-Bresson, porque los suyos no son instantes decisivos. El motivo principal, incluso, puede estar fuera de foco. Aunque de él aprendió el respeto por el encuadre. “No sé cómo explicarlo, porque Cartier-Bresson me gusta mucho. Pero pasa algo con sus fotos malas, que tienen más fuerza que sus fotos buenas. Y hablamos del fotógrafo de las fotos perfectas. A Robert Frank le pasa también, que son más fuertes porque tienen lo malo de la vida. En Frank hay una pequeña dosis de poesía más que cuenta a su favor”.

Y de pronto, entre sus merodeos, aparece un nombre para el que no limita los halagos: Luis Baylón. “Cuando vas de calle con él ves a un maestro: es rápido, tiene reflejos, es narrativo, lo tiene todo. Es uno de los cinco fotógrafos más inteligentes que he conocido”.

Bernard Plossu durante la entrevista. (EC)
Bernard Plossu durante la entrevista. (EC)

Hurga en uno de sus bolsillos de su chaqueta de pana, saca un papel arrugado. Ha escrito algo. Lo hace en cualquier parte, como si los pensamientos también se escaparan. Plossu está lleno de notas que lo limitan. “El fotógrafo es una mezcla de pintor y escritor”, dice. Él con su cámara –cuando la espalda le aguantaba, sus cámaras– es el mejor amigo de Medusa, que congela lo que mira. A diferencia de una de las Gorgonas, Plossu petrifica para mantener con vida.

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