la historia del capitán ortega

Cuando perdimos Menorca (y los cien años que estuvo bajo administración inglesa)

Era una mañana temprana. Un sábado más pasaba delante de la ventana de la modesta casa del Capitán Ortega en Mahón

Foto: Menorca hoy.
Menorca hoy.

"El diablo es optimista si cree que puede hacer peores a los hombres"

- Karl Kraus

Tras un largo período de servicio en Filipinas, el capitán había contraído unas fiebres palúdicas que lo habían puesto al borde de la muerte con una fuerte perdida de peso que lo asemejaba más a un personaje del Jardín de los Sueños de El Bosco, o a una escultura de Giacometti, que a un humano de proporciones razonables. Por ello, lo habían destinado a la isla balear para su recuperación. 

Todo iba bien. Una joven isleña se había enamorado del soldado y estaban proyectando sus sueños en el futuro con sus posibilidades y limitaciones. Nada hacía presagiar que algo pudiera quebrar una ilusión que apuntaba maneras. Las nubes de guerra estaban alejadas de la pequeña isla sometida a los peculiares y extraños vientos que la batían con frecuencia. Pero ese año había ocurrido algo extraño: la Tramuntana y el Mistral habían conseguido combar los almendros y los cerezos en un invierno atroz y esto era un mal augurio para los payeses.

Los casi cien años que duró la administración inglesa de la isla fueron muy beneficiosos y solventes y no van en demérito de nuestros tradicionales adversarios

Entreverado en la lucha en la jungla contra las difíciles tribus locales (los Batak, Palawanes, Ibaloi, etc.) este guerrillero nato estaba fuera de lugar en un escenario que no era precisamente su hoja de ruta evolutiva, la guerra. En aquellas tierras salvajes del extremo oriente en las que se cristianizaba a golpe de fusil, Ortega había retornado, por el túnel del tiempo, tal vez al Paleolítico y a formas de combate ancestrales. Él era un hombre corriente que había conseguido dominar habilidades extraordinarias y un prototipo de héroe, que como tantos soldados desconocidos con las mismas facultades, embutidos en precarios uniformes y calzados con inadecuadas alpargatas inhábiles para configurar un equipamiento serio, soportaban una larga y dura guerra de guerrillas contra los cabreados autóctonos. Eran gigantes, cosa que no se podía decir de algunos mandos apoltronados en la desidia.

Pero un día anómalo del calendario, el capitán Ortega, su perro, su caballo y su amada se pegarían un susto de muerte durante un agradable picnic. Era una mañana espléndida y mediterránea, limpia y luminosa, con una brisa amable y un mar calmo. Un bosque de velas se aproximaba por levante y la guarnición local estaba agostada por la molicie. Apresuradamente envió al "Chino", su perro mastín, con una nota urgente al cercano cuartel de Mahón. El fiel animal llegaría vivo pero exhausto. Las noticias eran alarmantes y casi todo estaba en contra. No había municiones, las provisiones eran las justas y, lo mas importante, la tropa estaba desmotivada: llevaban más de seis meses sin cobrar.

Mientras, Ortega y algunos valerosos oficiales se echaron al monte con partidas de soldados comprometidos con su oficio y con su honor. La guarnición de la capital caería a la semana de resistencia. No se les podía pedir más a gentes devoradas por los piojos y la falta de un mando atento a sus necesidades mas básicas. Bastante hicieron.

Once días duró el desigual enfrentamiento; mientras, el capitán y un centenar de hombres se retiraban hacia Ferreries, en el centro de la isla. Los británicos, en una acción relámpago, sofocaron los aislados núcleos de resistencia. Al undécimo día la partida, severamente castigada, había sido prácticamente aniquilada. Algunos hombres y mujeres embarcarían en una corbeta en Cala Mitjana. Ortega no era uno de ellos.

Como es habitual, Inglaterra siempre anda ramoneando para ver si pilla algo.

James Stanhope.
James Stanhope.

La Guerra de Sucesión española –en la que los británicos se habían apuntado para no perder comba– le dio la oportunidad a un almirante llamado James Stanhope. En realidad no era más que un pirata vestido de uniforme para darle un sesgo de legalidad a la inveterada afición que tienen los ingleses por lo ajeno, y por asestar arteros golpes, políticos y militares, a traición. Unos cardan la lana y otros se llevan la fama.

Es sabido que la monarquía hispánica de corte federal, marchamo de los Habsburgo y quizás modelo para este nuestro desabrido presente, se había revuelto en su tumba a la muerte sin descendencia de Carlos II de España. Desde 1701 hasta 1713, en que se firma el desastroso y terminal Tratado de Utrecht, se pasa del tradicional duelo bélico al trío procaz y finalmente a la cama redonda. Europa parecía una melee. Como consecuencia de ello, nuestros ex socios comunitarios se lo llevaron muerto, nunca mejor dicho.

Los casi cien años que duró la administración inglesa de la isla fueron muy beneficiosos y solventes y no van en demérito de nuestros históricamente tradicionales adversarios. La isla prosperó, los menorquines se multiplicaron, los piratas de Berbería se dedicaron a hacer punto y a la pesca del camarón, se instaló el policultivo, el ínclito Nelson paso un veranito de miedo, Mahón se convirtió en puerto franco y el comercio floreció. 

Ventajas comerciales varias y la pérdida inexorable de Menorca y Gibraltar, que quedarían en manos de los británicos, fueron el roto de la guerra

En realidad los ingleses, por diferentes avatares bélicos y políticos, tuvieron tres épocas de dominación o control de la isla. También hubo un período francés –tras la derrota del orondo almirante Byng en 1756– en la Guerra de los Siete años, a manos del almirante Glassionaire, que no dudó en invadir la isla para apoderarse de toda la cosecha de vino local que almacenaban los británicos y, de paso, saquear a las hermanitas del convento de Santa Clara en Ciudadela todos los dulces de la despensa. Desaprensivos. 

Lamentablemente, el almirantazgo inglés no vio con buenos ojos la derrota de Byng y le aplicaron el artículo 33, esto es, lo fusilaron un día al amanecer; eso sí, mientras se fumaba un puro de tamaño natural y tras tomarse una copa de Oporto muy generosa. Última voluntad, genio y figura.

Glassionaire.
Glassionaire.

Ventajas comerciales varias, como el asiento de negros o el navío de permiso, y la pérdida inexorable de Menorca y Gibraltar, que quedarían en manos de los británicos, fueron el roto de aquella guerra. Desde entonces solo tienen un mantra: lo que se da no se quita, o lo que es lo mismo, apelan al derecho de conquista y se aferran a él con la fruición y la alegría desbordante de un parásito en medio de su festín.

La siempre terrible sobrexpansión de cualquier imperio, y en este caso del español, estratégicamente siempre tiene un coste. Cuando se firmó el Tratado de Amiens, casi cien años después, los ingleses, siempre sabios, pensaron que la Isla de Trinidad era un lugar interesante y apacible para medrar y asaltar incautos tras sestear bajo las palmeras. Y dicho y hecho: cambiaron cromos, Menorca por Trinidad.

La acción mas pequeña es mejor que la intención más grande. El capitán Ortega estuvo en el momento preciso donde hacía falta; hoy está entre los grandes

Al volver Menorca al redil de la soberanía española se acabó la festichola. Sus instituciones de autogobierno sufrieron una extraña transformación alquímica y desaparecieron por ensalmo, y volvió la precuela del centralismo y las decisiones con el telemando. El catalán desapareció como lengua oficial y el castellano se metió por la escuadra no sin cierta resistencia. La libertad de comercio, que tantas alegrías había dado a los autóctonos, se volatilizó y Mahón, que había duplicado sus habitantes, se quedó para vestir santos. Los menorquines volvieron a hacer la mili como todo quisque y los piratas berberiscos se frotaron las manos. Ora pro nobis.

Conclusión, la acción mas pequeña es mejor que la intención más grande. No hay que estar en las alturas de la cúpula para ser un héroe reconocido, sino en el caldo gordo de la vida. El capitán Ortega estuvo en el momento preciso donde hacía falta; hoy está entre los grandes.

Por cierto, si vas a Menorca un día 1 de abril (su día de los inocentes) que no te la den con pomada ('gin' con limonada).

Alma, Corazón, Vida

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