CAMBIOS EN LA CÉLULA FAMILIAR

El nuevo modelo de familia: cuarentones sin hijos ni dinero, pero más felices

El modelo tradicional de familia está tocado de muerte. La incertidumbre laboral y emocional ha impulsado un cambio radical de la estructura social
Foto: El auge de las parejas monoparentales o parejas de hecho está detrás de la desconfianza sobre si funcionará o no el enlace. (iStock)
El auge de las parejas monoparentales o parejas de hecho está detrás de la desconfianza sobre si funcionará o no el enlace. (iStock)

El modelo tradicional de familia está tocado de muerte. La incertidumbre laboral y económica, que forma ya parte del ADN de los jóvenes, ha ralentizado el ritmo de creación de nuevos hogares hasta mínimos históricos, anticipando un desolador panorama demográfico. Las nuevas generaciones no aspiran necesariamente a tener hijos, ni siquiera a vivir con su pareja, al menos, en solitario. Veinteañeros, treintañeros e, incluso, personas que sobrepasan los cuarenta viven en pisos compartidos. Parejas y amigos, juntos y revueltos bajo un mismo techo. Este es el modelo en ciernes de familia.

Andrea y Charly, que son novios, viven juntos en un piso de tres habitaciones. Ellos ocupan un cuarto, mientras que los otros dos son de Inés (y de Iván cuando acude de visita los fines de semana) y de Matías, respectivamente. Son amigos de la universidad en la que estudiaron, un reputado y caro centro privado que da cuenta de que no sólo las clases bajas están imponiendo esta nueva forma de convivir.

Si han terminado una carrera y no pueden alquilar un piso porque no tienen dinero para salir de copas, puede generarse una sensación de frustración

Todos ellos trabajan en profesiones liberales (divididos entre la arquitectura y la publicidad). Son precarios, pero parecen felices. Sus costumbres y rituales no distan mucho de las de una familia al uso. Los domingos comen todos juntos (paella preferentemente), suelen irse juntos de vacaciones y se cuidan mutuamente: acompañarse al médico, ir a cambiar los pantalones que se compró otro o planchar la camisa de alguien que va acudir a un evento y llega tarde. Incluso comparten una cuenta bancaria conjunta. Quizá por este motivo esté surgiendo paralelamente otro fenómeno, el de la tan de moda economía colaborativa (con plataformas como Airbnb, Meetmeals o Sherpandipity que ponen en contacto a particulares para intercambiar o compartir bienes y servicios).

Inseguridad emocional

Los planes de futuro de estos cuatro jóvenes no pasan por un cambio de modelo de vida, ni siquiera se lo plantean. “Haciendo un esfuerzo económico podría vivir sola o con mi pareja, pero tampoco me apetece ni tengo la seguridad de que no me den la patada en el trabajo en cualquier momento”, cuenta Andrea. Además, añade, “no me gusta vivir sola, prefiero estar rodeada de mi gente, ¿y quién te dice a ti que si me voy a vivir con Charly (su novio) no lo vamos a dejar al poco tiempo? Prefiero quedarme como estoy”, sentencia.

La precariedad sólo ofrece la posibilidad de vivir en solitario o compartiendo piso para llegar a fin de mes sin dejar de ir a cenar fuera o a conciertos

Para Enrique García Huete, profesor de psicología emocional en el MBA del Instituto de Empresa y director de Quality Psicólogos, el factor clave que ha propiciado este fenómeno, que “asienta sus raíces antes de la crisis económica”, es la calidad de vida percibida. “Son personas que no se independizan o no viven solas o en pareja porque así están más cómodas. Si han terminado una carrera, están formadas y no pueden alquilar un piso entero porque entonces no tienen dinero para salir de copas, pueden tener una sensación generalizada de frustración".

Es algo simplista, reconoce el psicólogo, pero “a la larga todo tiene que ver con la capacidad de elegir”. Por tanto, si eligen libremente irse a vivir con amigos “se generará una mayor satisfacción personal”.

Andrea, arquitecta treintañera, parece ser de las que pertenecen al segundo grupo. Ha elegido libremente vivir con sus amigos. No sólo por contar con algo de calderilla para poder salir de copas, sino porque le genera una mayor seguridad emocional, se siente a gusto con su ‘familia’. Así, sus afirmaciones denotan un cambio social influido a partes iguales por la inseguridad económica y emocional.

Las costumbres entre las personas que comparten piso no distan mucho de los rituales familiares. (iStock)
Las costumbres entre las personas que comparten piso no distan mucho de los rituales familiares. (iStock)

Ni seguridad en el trabajo ni en el amor

Por un lado, la incertidumbre cunde en el mercado laboral. La precariedad sólo ofrece la posibilidad de vivir en solitario con una tremenda austeridad en el modo de vida, o compartiendo piso para llegar a fin de mes sin dejar de ir a cenar fuera o a conciertos. Las temporadas en paro son la norma y la idea de comprar un piso en propiedad ni siquiera pasa por su cabeza ni por la de los bancos, que han restringido las hipotecas hasta la mínima expresión.

Las nuevas generaciones no aspiran necesariamente a tener hijos, ni siquiera a vivir con su pareja, al menos, en solitario

Por otro lado, la incertidumbre emocional, debido a la inestabilidad de las parejas modernas, es la segunda pata sobre la que se asienta este cambio social. Por supuesto, los hijos son un lujo al que ni se puede ni se quiere aspirar.

El auge de las parejas monoparentales o parejas de hecho está detrás de la desconfianza sobre si funcionará o no el enlace. Primero se van a vivir juntas y, si unos años después siguen juntos, puede ser que decidan hacer un contrato matrimonial. Sin embargo, las estadísticas les dan la razón.

El divorcio se ha generalizado (en 2012 se superaron los 104.200, según los últimos datos disponibles en el INE) y las relaciones de pareja son cada vez menos duraderas. El límite temporal de la convivencia se ha reducido a los siete u ocho años

Crisis demográfica

La obsesión por el desarrollo profesional, sobre todo entre las mujeres, que en el pasado primaban el cuidado de los hijos sobre el empleo, es uno de los elementos que para Huete ha contribuido a este significativo cambio en el modelo de familia. “Hoy en día suelen trabajar los dos miembros de la pareja, que priorizan sus expectativas laborales a las familiares. Además, cada vez hay más paridad en las empresas y las mujeres ocupan más puestos directivos, una tendencia que hace mucho más difícil tener una familia. Como consecuencia, caminamos hacia el modelo de ‘parejita' sociológica, en lugar de las familias numerosas de mediados del siglo pasado, lo que dibuja un futuro demográfico con un alto porcentaje de población envejecida y con serias dificultades para el mantenimiento del sistema público de salud”, matiza el psicólogo.

El Informe de la Evolución de la Familia en España 2014, elaborado por el Instituto de Política Familiar (IPF), advertía sobre el fenómeno de “vaciamiento de los hogares”. Una realidad, añadía, derivada de la baja natalidad, que se ha visto agravada por los efectos de la crisis económica, así como de la “insuficiente” conciliación de la vida familiar y laboral. En sus resultados recalcaba que el porcentaje de hogares en España en los que no hay “ningún hijo” alcanza ya el 46%. Como consecuencia, "cada vez hay más hogares (se han incrementado en un 58% desde 1991), pero los hogares tienen cada vez menos miembros".

Unos datos en consonancia con los proporcionados por la Encuesta Continua de Hogares que elabora el INE. Según estos, se estima la existencia de 18,21 millones de hogares (media anual de 2013), lo que supone un incremento del 0,7% respecto del año anterior. Los más frecuentes son aquellos que formados por dos personas (30,5% del total), seguidos de los unipersonales (24,2%), aunque la población incluida en estos últimos sólo supone el 9,6% del total.

Alma, Corazón, Vida

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