el efecto en los suelos de la Tierra

Cambiar la dieta para frenar el cambio climático

El último informe de los expertos de la ONU apunta que para frenar el cambio climático hay que adoptar una dieta más sostenible que incluya más verdura y desperdiciar menos alimentos

Foto: Un agricultor trabaja sus cultivos en la localidad de Taguig al sur de Manila (Filipinas). (EFE)
Un agricultor trabaja sus cultivos en la localidad de Taguig al sur de Manila (Filipinas). (EFE)

Comer, vestirse, moverse. Los hábitos de los cerca de 8.000 millones de seres humanos que habitamos el planeta están modificando el clima terrestre, aunque esto ya no nos parece una novedad. Ahora, un último informe de los expertos de la ONU pone el foco en el efecto que esto provoca en los suelos de la Tierra - origen de nuestras cosechas y fuente de subsistencia del ganado que nos alimenta- y en cómo deberíamos adoptar una dieta más sostenible para preservarlos y luchar contra su degradación.

Cambiar la dieta para frenar el cambio climático

El cambio climático sigue su avance imparable mientras la comunidad científica alerta de que para mantener el calentamiento global por debajo de los 2 ºC -el objetivo que se marcó la comunidad internacional en el Acuerdo de París-, o incluso por debajo de los 1,5 °C, es necesario reducir las emisiones de gases de efecto invernadero de todos los sectores, incluido el de la tierra y el alimentario.

Un granjero ara con su tractor unos campos de colza. (EFE)
Un granjero ara con su tractor unos campos de colza. (EFE)

En el documento, aprobado tras cinco días de reuniones de científicos en la 50 sesión del IPCC de la ONU, se recoge que la adopción de iniciativas coordinadas para hacer frente al cambio climático puede suponer la mejora simultánea de la tierra, la seguridad alimentaria y la nutrición, además de ayudar a acabar con el hambre.

En el informe se destaca que el cambio climático afecta a los cuatros pilares de la seguridad alimentaria: disponibilidad (rendimiento y producción), acceso (precios y capacidad para obtener alimentos), utilización (nutrición y preparación de alimentos) y estabilidad (alteraciones de la disponibilidad).

La deforestación, el uso de fertilizantes en la agricultura, las emisiones de metano y óxido de nitrógeno, las actividades industriales y la construcción de infraestructuras en áreas urbanas está provocando que el suelo se esté convirtiendo en un generador de emisiones de efecto invernadero en lugar de absorberlas.

Nuestra dieta sufrirá a medida que avance el cambio climático, sobre todo en la calidad y el abastecimiento. El calentamiento global en el futuro se dejará notar en una reducción del rendimiento —en particular en los trópicos—, en el aumento de precios de los alimentos, en la pérdida de calidad de los nutrientes y en las alteraciones en la cadena de suministro. Estas consecuencias serán más drásticas en los países de ingresos bajos de África, Asia, América Latina y el Caribe.

El último informe de los científicos del grupo IPCC de la ONU hace un llamamiento a la necesidad de preservar el equilibrio de los suelos de nuestro planeta y en favor de una dieta más sostenible en el mundo, con nuevos hábitos frente a "modelos cada vez más hiperproteicos" y cultivos que no ayudan a mitigar las emisiones contaminantes en la atmósfera.

Varias personas despiezan carne en Birmania. (EFE)
Varias personas despiezan carne en Birmania. (EFE)

Por eso, en este análisis llevado a cabo por el Grupo Intergubernamental de Expertos sobre Cambio Climático (IPCC, dependiente de Naciones Unidas), se ha puesto en el punto de mira la importancia de que la humanidad busque una "dieta equilibrada" basada en alimentos de origen vegetal (como cereales secundarios, legumbres, frutas y verduras) y alimentos de origen animal producidos de forma sostenible en sistemas que generen pocas emisiones de gases de efecto invernadero.

Según Debra Roberts, una de las científicas que han participado en el estudio, "algunos patrones alimentarios requieren más agua y tierra y provocan, en comparación con otras alternativas, más emisiones de gases que atrapan el calor", mientras que las citadas "dietas equilibradas" pueden presentan "mayores oportunidades de adaptación al cambio climático y de limitación de sus efectos".

El uso de la tierra para fines agrícolas, silvícolas y de otra índole supone el 23 % de las emisiones antropógenas de gases de efecto invernadero. El suelo no solo nos da alimento, sino que además absorbe a través de procesos naturales una cantidad de CO2 equivalente a prácticamente una tercera parte de las emisiones de dióxido de carbono causadas por la quema de combustibles fósiles y la industria.

Según la ONU, gestionar los riesgos que supone continuar con este sistema alimentario podría incrementar la resiliencia de las comunidades a los fenómenos extremos, como las sequías, olas de calor y tormentas de polvo que afectan a amplias zonas del planeta.

Vacas tumbadas en una ganadería. (EC)
Vacas tumbadas en una ganadería. (EC)

Por eso, propone poner en marcha cambios en la alimentación o la disponibilidad de todo un abanico de cultivos que eviten una mayor degradación de la tierra e incrementen la resiliencia ante los fenómenos meteorológicos extremos,

En 2015, los gobiernos respaldaron el objetivo del Acuerdo de París de reforzar la respuesta mundial al cambio climático manteniendo el aumento de la temperatura media mundial muy por debajo de 2 °C con respecto a los niveles preindustriales y prosiguiendo los esfuerzos para limitar ese aumento de la temperatura a 1,5 °C.

Desperdicio de alimentos

Los expertos explican que este cambio en la alimentación debería ir acompañado de un crecimiento demográfico reducido y una disminución de las desigualdades, así como de una mejor nutrición y un menor desperdicio de alimentos.

Una tercera parte de los alimentos producidos en el mundo se echa a perder o se desperdicia, y la reducción de este fenómeno supondría una disminución de las emisiones de gases de efecto invernadero y ayudaría a mejorar la seguridad alimentaria, apuntan desde el IPCC.

Con una dieta equilibrada, además de ir hacia un sistema alimentario "más resiliente" a las adversidades, se multiplicaría la cantidad de tierra disponible para el cultivo de variedades destinadas a la generación de bioenergía, pero sin renunciar a la protección de los bosques y los ecosistemas naturales.

Una jornalera egipcia porta una bala de pajas de trigo en un campo. (EFE)
Una jornalera egipcia porta una bala de pajas de trigo en un campo. (EFE)

El riesgo de la desertificación


Otro elemento a tener en cuenta es el mantenimiento de la productividad de la tierra pero dejando espacio para que árboles y suelo capturen el carbono con eficacia. La degradación de la tierra socava su productividad, limita los tipos de cultivos y merma la capacidad del suelo para absorber carbono. Y esta consecución de factores recrudece el cambio climático que, a su vez, exacerba en un ciclo continuo la degradación de la tierra de muchos modos distintos.

Según Hans-Otto Pörtner, otro de los expertos que han participado en el estudio, "la tierra que ya se está cultivando podría alimentar a la población en un contexto de cambio climático y ser una fuente de biomasa que proporcione energía renovable, pero se deben adoptar iniciativas tempranas de gran alcance que incidan simultáneamente en diversos ámbitos".

"En un futuro con precipitaciones más intensas, el riesgo de erosión del suelo de las tierras de cultivo aumenta, y la gestión sostenible de la tierra es un modo de proteger a las comunidades de los efectos nocivos de esa erosión del suelo y de los deslizamientos de tierra. Sin embargo, nuestro margen de maniobra es limitado, por lo que en algunos casos la degradación podría ser irreversible", apunta.

Aproximadamente 500 millones de personas viven en zonas afectadas por la desertificación. Las regiones que experimentan ese problema y las tierras áridas son las más vulnerables al cambio climático y al aumento de la población mundial.

La ONU calcula que cada año, el mundo pierde 24.000 millones de toneladas de suelo fértil. Además, la degradación de las tierras secas reduce el producto interno nacional de los países en desarrollo hasta en un 8 % anual. Para el 2025, dos tercios del mundo vivirán en condiciones de "estrés hídrico", cuando la demanda supere la oferta durante ciertos períodos, con 1.800 millones de personas que experimentarán una escasez absoluta de agua.

Es probable que la migración aumente como resultado de la desertificación, y se estima que, para 2045, será responsable del desplazamiento de unos 135 millones de personas.

No es la única solución

Por supuesto, aunque en el informe se pone de manifiesto que una mejor gestión de la tierra puede contribuir a hacer frente al cambio climático, esta no es la única solución. Las políticas relativas al transporte y el medioambiente también pueden resultar decisivas para hacer frente al calentamiento global.

“El uso más sostenible de la tierra, la reducción del consumo excesivo y el desperdicio de alimentos, la eliminación de la tala y la quema de bosques, la prevención de la recolección excesiva de leña y la reducción de las emisiones de gases de efecto invernadero encierran un verdadero potencial, que contribuirá a resolver las cuestiones del cambio climático relacionadas con la tierra”, ha señalado el científico y miembro de IPCC Panmao Zhai.

El informe, segundo de los tres encargados al IPCC tras la firma del Acuerdo de París de 2016 para facilitar su cumplimiento, es clave para futuras negociaciones entre Estados firmantes e influirá en las que se produzcan durante la cumbre climática anual que se celebrará en diciembre en Santiago de Chile.

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