Anticipación y tecnología

Cuarentena y 'apps': las medidas que España no tomó a tiempo están salvando a Israel

Israel fue uno de los pocos países en tomar medidas drásticas desde el primer día para contener el brote de coronavirus, incluyendo una 'app' para rastrear contagios. Está funcionando

Foto: Un operario desinfecta el Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén. (Reuters)
Un operario desinfecta el Muro de las Lamentaciones, en Jerusalén. (Reuters)

Enciendes el móvil y compruebas que acabas de recibir un mensaje del Ministerio de Sanidad. Te avisa de que hace dos días estuviste en la misma ubicación que un infectado por coronavirus. Debes aislarte de inmediato en tu domicilio, reza el mensaje, y ponerte en contacto con tu centro sanitario. Con una 'app' y un mensaje, el Gobierno acaba de cortar de raíz un nuevo posible foco de contagio. Esta escena, que podría estar ocurriendo en España, es sin embargo ahora mismo el día a día en Israel, un país que, por ahora, está logrando contener las cifras de infectados y fallecidos en unas cotas impensables ya en Europa: 5.500 contagios y 21 muertes. Expertos en salud pública e investigadores señalan los dos factores clave que están marcando la diferencia entre este país y el resto del mundo: anticipación y tecnología.

Viernes, 21 de febrero. Mientras en España aún coleaba el 'shock' por la cancelación del Mobile World Congress de Barcelona y reinaba la calma con solo dos casos de coronavirus, en Israel confirmaban su primer positivo. Se trataba de una pasajera que había estado a bordo del crucero Diamond Princess, atracado en Japón. Al día siguiente, el país tomó su primera medida drástica: prohibió la entrada de cualquier ciudadano de Corea del Sur y Japón e impuso cuarentenas de 14 días a los israelíes que hubieran estado en estos países en las dos semanas anteriores. Cinco días después, alargó la lista a China, Tailandia, Singapur, España e Italia. Y apenas una semana después, anunció el cierre completo: prohibió la entrada a cualquier visitante de otro país a no ser que demostrara que podría permanecer en aislamiento durante 14 días, en un hotel o en un domicilio particular.

El 9 de marzo, al confirmar 20 casos de coronavirus (ninguna muerte), Israel ya había puesto en marcha una batería implacable de medidas: había cerrado fronteras, establecido cuarentenas obligatorias a decenas de miles de ciudadanos, prohibido las congregaciones de más de 100 personas (el 11 de marzo) y puesto a la población en estado de alerta sobre la gravedad de la situación, la necesidad de lavarse las manos, de extremar el distanciamiento social y de realizar cuarentenas voluntarias de la población de riesgo o de quien tuviera algún síntoma. Ese mismo día, en España, justo tras la manifestación masiva el 8-M, las cifras ya se habían disparado a casi 1.000 contagiados y 16 fallecidos. El Gobierno, sin embargo, aún no había decretado ninguna medida equiparable a las establecidas por Israel u otros países con políticas más restrictivas, como Corea del Sur o Taiwán.

"España e Italia, curiosamente, registraron su primer positivo el mismo día, el 31 de enero, nosotros el 21 de febrero. Eso nos dio tres semanas de margen que fueron clave para prepararnos, nos lo tomamos muy en serio. Cuando llegó el primer caso ya había un plan, ya sabíamos cuáles serían los siguientes pasos a tomar el día siguiente", explica en conversación telefónica desde Jerusalén la investigadora Michal Linial, profesora del Departamento de Química Biológica de la Universidad Hebrea de Jerusalén y una de las primeras investigadoras en publicar en el país un artículo científico sobre el coronavirus.

El papel de la comunidad científica fue fundamental incluso antes de confirmarse los primeros positivos. Su rol dentro de la sociedad y en la esfera política es preeminente: Israel es uno de los países del mundo que más apuestan por la investigación y desarrollo: un 4,9% del PIB (1,4% en España). "Digamos que se nos tiene bastante en cuenta. Empezamos a hacer presión de abajo hacia arriba, creamos reuniones de expertos, hablamos con políticos, asustamos a la población pero en el sentido positivo, para despertarlos y alertar de lo que se nos venía encima. El sistema sanitario israelí no es tan potente como el de España o Alemania, tenemos muchas menos camas y médicos por 100.000 habitantes y, en parte por eso, por el miedo a lo que podía ocurrir, por el miedo a perder vidas, que es algo muy enraizado en la sociedad, se tomaron medidas desde el primer momento", explica Linial.

El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. (EFE)
El primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu. (EFE)

A medida que el número de contagios fue avanzando, Israel fue endureciendo también las medidas. El siguiente gran paso fue el cierre de escuelas y universidades en todo el país con 109 casos confirmados (13 por millón de habitantes). La Comunidad de Madrid tomó la misma medida el 10 de marzo con casi 10 veces más casos por millón de habitante (un total de 782, 117 por m/hab). El cierre se extendió a toda España dos días después cuando los casos ascendían ya a 3.000 (64 por m/hab). "Las medidas han sido graduales, pero muy rápidas. Dos días después de las escuelas cerraron los bares, restaurantes y museos. A los dos días, se envió a todo el mundo a teletrabajar y se redujo un 75% el transporte público. Así hasta la declaración del estado de emergencia el 19 y el confinamiento de toda la población la semana pasada", explica Linial, de 65 años, que lleva más de tres semanas en aislamiento voluntario.

Los ciudadanos israelíes llevan desde el miércoles pasado confinados en sus hogares. Solo pueden salir a comprar o a trabajar en puestos esenciales. Y no se les permite salir a pasear a más de 100 metros de su casa. La medida, muy similar al estado de alarma decretado por el Gobierno español cuando los contagios ascendían a 7.753 y había 288 fallecidos, la anunció el primer ministro israelí, Benjamin Netanyahu, al alcanzar los 2.200 casos y cinco fallecidos. Ese día también aprovechó para anunciar otro de los pilares de su estrategia: una 'app' creada inicialmente por el servicio de inteligencia israelí, el Shin Bet, para tareas de espionaje antiterrorista que ahora se ha aplicado en la lucha contra el coronavirus.

De cazar terroristas a rastrear virus

La aplicación es brutalmente eficaz y desató al inicio una oleada de críticas por su supuesto impacto en la privacidad. Una vez descargada, rastrea tu ubicación a través del GPS y la señal wifi. Esta información, sin embargo, se almacena en el móvil y no se envía a los servidores del Ministerio de Salud, de forma similar a como lo hace la 'app' desarrollada por Singapur, con la gran diferencia de que esta rastrea contactos y no la ubicación. Cuando un ciudadano da positivo, puede ceder sus datos al Gobierno, que sabrá al instante quiénes son las personas que han estado en contacto con el infectado y podrá avisarlas por mensaje.

"Las cifras son la mejor prueba de que la herramienta está funcionando. Se diseñó al inicio para luchar contra el terrorismo, pero ahora se usa para salvar vidas. Desde el punto de vista de privacidad, solo un reducido equipo aislado y secreto del servicio de Inteligencia israelí es el que analiza los datos y los comunica al Ministerio de Salud. Cuando la epidemia termine, no se usarán estos datos para nada más", aseguran fuentes diplomáticas consultadas de la embajada de Israel en España. "Creo que la gran mayoría de la gente aquí está de acuerdo en dos cosas: uno, que las vidas son más importantes que la privacidad, y dos, que cuando acabe todo esto no permitiremos que pisen nuestra privacidad. Pero por ese orden", señala la investigadora Michal Linial.

La coordinación entre el mundo tecnológico, las 'startups', y el Gobierno está siendo también fundamental para lanzar proyectos menos inmediatos, pero igualmente clave para luchar contra el coronavirus a medio plazo. A los pocos días de los primeros contagios confirmados, el Ejecutivo ya tenía información coordinada de 70 empresas tecnológicas que trabajan en los campos de diagnóstico sanitario, materiales de protección, robótica o monitorización, teletrabajo y cuidado del hogar. Por ejemplo, la 'startup' Vocalis Health cerró un acuerdo con la unidad de desarrollo de armamento e infraestructura tecnológica del Ministerio de Defensa para analizar los patrones de voz de infectados por coronavirus y descubrir si es posible saber si están contagiados solo analizando su voz por 'software' en una llamada telefónica, algo que, de funcionar, sería tremendamente útil para descubrir nuevos pacientes sin riesgo de contagio adicional para el personal sanitario.

Un judío ultraortodoxo, con mascarilla en Jerusalén. (Reuters)
Un judío ultraortodoxo, con mascarilla en Jerusalén. (Reuters)

"Es verdad que hay una base tecnológica muy fuerte, pero en el fondo creo que no hemos hecho nada tremendamente diferente al resto de países. La gran diferencia es que lo hemos hecho muy pronto y el resto ha llegado tarde", asegura Linial, quien advierte de hecho de un riesgo que Israel aún no ha controlado del todo: la población ultraortodoxa. Más del 50% de los 5.300 infectados en el país son judíos ultraortodoxos. "Es una población que vive en grandes familias, tiene otras reglas de higiene, no llevan móviles ni se informan como el resto. La situación aún se puede complicar mucho, son cerca del 20% de la población total y esto nos preocupa".

Para evitarlo, el país ha optado por la vía de los test masivos, aunque tampoco ha sido fácil. El pasado 23 de marzo, el Mossad, el servicio de Inteligencia israelí, reconoció haber adquirido 100.000 test rápidos defectuosos, aunque no desveló el país al que los había comprado. Tres días después, se resarció anunciando la compra de medio millón de unidades, en una operación conjunta realizada con el Ministerio de Sanidad y de Defensa, con cuatro millones más en trámite. Hoy, el país ha realizado más de 70.000 test y ha alcanzado la cifra de 10.000 diarios, entre test rápidos y PCR. No muy lejos de los "15.000-20.000 diarios" anunciados por España. Políticas similares, distinta velocidad.

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