entrevista a la antropóloga payal arora

¿Para qué usan internet en los países pobres? Para lo mismo que tú: porno y memes

En Nigeria y Sudáfrica hay tantos usuarios de móviles como en Estados Unidos. Y China tiene ya más 'smartphones' que personas

Foto: La antropóloga Payal Arora. (Foto: Damjan Svarc)
La antropóloga Payal Arora. (Foto: Damjan Svarc)

Lo primero que un agricultor de Nigeria hace nada más conectarse a internet seguramente no sea consultar el precio del grano, sino mandarle un mensaje a su novia o ver un vídeo de su artista favorito en YouTube. La antropóloga Payal Arora, que lleva 20 años investigando cómo las comunidades más pobres utilizan la tecnología y cómo internet les está cambiando la vida, acusa a empresas tecnológicas, gobiernos y ONG de llevar décadas malinterpretando lo que los más pobres buscan en la tecnología: "Si trabajas en agencias de desarrollo no puedes justificar que estas gastando dinero en conectividad si luego la gente lo usa para estar en Facebook y ver porno", afirma esta profesora de la Universidad de Rotterdam, "pero hay evidencias de que en los países en desarrollo, igual que en Occidente, utilizan internet para lo mismo que aquí: ver porno y series, escuchar música, chatear con amigos y mandar memes".

En Nigeria y Sudáfrica hay tantos usuarios de móviles como en Estados Unidos. Y China tiene ya más smartphones que personas. El país con más usuarios de Facebook es India. El tercero, Brasil. Los sitios que más se visitan online, ya sea desde un barrio de Ohio, una favela de Brasil o en una zona de oficinas de París, suelen ser páginas porno, páginas de citas y juegos. "El entretenimiento es el principal impulso de nuestra vida digital", afirma Parora en entrevista con El Confidencial. "Sin embargo, parece que cuando los pobres se conectan a internet es un derroche si no se pasan el día estudiando, planificando su cosecha y aprendiendo a reparar coches en YouTube.

A principios de los 2000, Arora empezó a participar en varios proyectos de desarrollo cuyo objetivo era facilitar el acceso a internet en pueblos del sur de la India. "El objetivo era llevar la digitalización a las comunidades más necesitadas porque se daba por hecho que haciéndolo los ayudaríamos a salir de la pobreza", recuerda. Para ello llevaron quioscos y furgonetas con ordenadores a lugares remotos, esperando que gracias a ello los niños aprovecharan cada tarde para acercarse a aprender inglés, que sus madres pudieran tener mejor acceso a información de salud, que los jóvenes buscaran trabajo por internet, etc. Sin embargo, aunque los quioscos y furgonetas conectadas fueron un éxito en los pueblos, no triunfaron por las razones previstas. En realidad, al salir del colegio, los niños se pasaban el rato jugando al Pac-Man. Y los camiones con ordenadores ambulantes pasaron a conocerse como 'movie-vans'. Casi 20 años más tarde, explica Arora, los sitios de internet que más éxito tienen en la India (donde 500 millones de personas tienen acceso a internet por banda ancha) son los de astrología, las películas de Bollywood, el cricket y las relacionadas con el culto religioso.

"Si trabajas en agencias de desarrollo no puedes justificar que estás gastando dinero en conectividad si luego la gente lo usa para ver porno"


"Tenemos muchos prejuicios de lo que la gente pobre tiene que hacer cuando se levanta y si no es trabajar, trabajar y trabajar, parece que está mal visto", afirma Arora. "Hay un doble rasero también en la ayuda al desarrollo, porque todavía muchos proyectos se diseñan pensando que las aspiraciones de la gente que vive con pocos recursos son totalmente diferentes a las nuestras y eso los deshumaniza. Los pobres no son tan exóticos ni tan diferentes, ni hay que aplicar diferentes lógicas, pero durante décadas, en los planes de implantación de tecnologías, ha sido tabú aceptar que también tienen derecho a no usar internet para algo útil".

"No nos aplicamos esa auto exigencia a nosotros mismos, pero a los pobres sí", reflexiona la investigadora experta en nuevas tecnologías. "Tenemos una percepción cultural de la pobreza en la que ellos, los más desfavorecidos, necesitan moralmente ganarse el ocio. Detrás de esta concepción reside la idea de que los pobres lo son porque no se esfuerzan lo suficiente para dejar de serlo. Como si ver Netflix en vez del precio del grano explicara su situación y rescatarse a sí mismos fuera exclusivamente su responsabilidad individual".

"Parece que cuando los pobres se conectan a internet es un derroche si no se pasan el día estudiando, planificando su cosecha"

Arora afirma que deberíamos deshacernos de una vez de esta superioridad moral: "El ocio y el entretenimiento no son patrimonio moral de los ricos. Y no hay nada exótico en el uso que la gente con menos recursos da a internet ni tenemos por qué exigirles que sean más racionales y más productivos en su tiempo online de lo que somos los demás. Por supuesto que a las familias pobres les importa la educación de sus hijos, pero también hablar con sus amigos y pasar un buen rato escuchando música".

Occidente ya no es el centro del mundo

Arora es autora del libro 'The Next Billion Users' en el que estudia cómo el mundo tecnológico va a transformarse radicalmente en los próximos años cuando se incorporen como consumidores conectados los próximos mil millones de usuarios, en su mayoría de países en desarrollo. Advierte a empresas y gobiernos de que se equivocan en su empeño de proyectar la expansión de la tecnología como si a los futuros usuarios de la red les importase sobre todo su aplicación práctica, "cuando es el deseo de pasarlo bien lo que más les motiva. ¿Y qué buscan en internet? "Descubrirse a si mismos", insiste Arora. "Los adolescentes en cualquier parte del mundo están tratando de descubrir su personalidad, su cultura y su sexualidad. No deberíamos subestimar la necesidad del ser humano de conocerse a sí mismo".

En 2018, por primera vez más de la mitad de la población mundial pasó a estar conectada a internet, según datos de la ONU. Los próximos mil millones de usuarios que se sumarán en la próxima década a la red, sin embargo, son muy diferentes a la imagen de internauta a la que estamos acostumbrados en las primeras dos décadas del siglo XXI. El futuro de la Red va a llenarse de cientos de millones de nuevos usuarios que serán fundamentalmente gente joven, y la mayoría de ellos (el 85%) no serán de países occidentales. Y los siguientes mil millones tampoco, ni los mil millones que vengan después de estos mil millones. En China, un 58% de la población tiene acceso a internet, es decir, unos 800 millones de personas. Es evidente el espacio que tiene para crecer (España supera el 90%)


"Con estos datos que invierten la balanza, Occidente tiene que admitir que ya no es el centro de la revolución tecnológica", afirma Arora. "No somos el centro del mundo y no estamos dispuestos a aceptarlo, pero los mercados ya lo saben y están invirtiendo mucho en entender mejor a los países en desarrollo", añade.

En el desarrollo de la inteligencia artificial también los países en desarrollo juegan un papel estratégico para las grandes empresas. "Las compañías de tecnología saben que la inteligencia está hambrienta de datos y van a ir donde estén los datos, que en breve no será en Europa ni Estados Unidos sino en el sur global, que es donde más potencial de crecimiento hay", afirma Arora. En estos países donde están los próximos mil millones de usuarios conectados, la mayor parte de gente jamás va a usar un ordenador, solo internet a través del móvil.

Tenemos una percepción cultural de la pobreza en la que ellos, los más desfavorecidos, necesitan moralmente ganarse el ocio


"Las grandes empresas tecnológicas ya lo tienen claro y han reaccionado mucho antes que los países, pero las compañías privadas no deberían ser las únicas dándole forma al uso que vayamos a dar a internet, porque lo que consideran normal y rentable puede que no genere el entorno publico más sano. Ya lo estamos viendo con la relación que hay entre las redes sociales y la difusión de los discursos de odio, que en países como India se ha convertido en un problema de primera magnitud. El desarrollo funciona cuando hay una colaboración de lo público y lo privado".

Otra de sus conclusiones tras dos décadas de estudio sobre el terreno es que internet no va a sacar de la pobreza estos países. "Tampoco tener televisión redujo la desigualdad ni sacó a estas comunidades de la pobreza", advierte. "El acceso a internet no es una solución por sí misma. Hace 80 años se decía que la televisión acabaría con las escuelas porque todo se podría aprender por las pantallas. Y antes de eso se dijo con la radio", recuerda la antropóloga. "Pero al final la calidad de vida y la disminución de la brecha de desigualdad no la mejora o empeora una tecnología, sino las personas y las políticas públicas que gestionan cada comunidad".


Aunque deja claro que internet no es la panacea, los datos de Arora, sin embargo, revelan que tener acceso a un smartphone ayuda a mejorar la vida de los vecinos de las favelas de Brasil a los campesinos de Namibia. Pero no es necesario un uso estoico de la tecnología, porque a veces son pequeños gestos cotidianos los que más les facilitan el día a día. Como le pasa, por ejemplo, a las señoras de las favelas de Río de Janeiro que no tienen acceso a transporte público y tardan más de una hora en llegar andando a trabajar: "Gracias al móvil les basta mandar un mensaje de texto a su empleador para saber si tienen que ir o no a la ciudad y eso les ahorra perder una mañana entera", explica. "Por eso les compensa dedicar una parte importante de su renta a tenerlo, pero internet no es un lujo para las comunidades pobres, también es una necesidad. También valoran mucho su uso para mantener relaciones a larga distancia, en familias donde es frecuente que una parte haya emigrado. Y en su vida estar conectado ya ha pasado a ser fundamental". Como en la nuestra.

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