VIVIMOS CON UN ALTO GRADO DE INSATISFACCIÓN

El cabreo de la clase media: “Un día voy a liarla. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar así?”

“No podemos seguir así”. Esta es una de las frases más escuchadas en las tertulias de bar, en conversaciones de vecinos y en confidencias entre amigos.

Foto: El cabreo de la clase media: “Un día voy a liarla. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar así?”
El cabreo de la clase media: “Un día voy a liarla. ¿Hasta cuándo vamos a aguantar así?”

“No podemos seguir así”. Esta es una de las frases más escuchadas en las tertulias de bar, en conversaciones de vecinos y en confidencias entre amigos. Vivimos en un mundo cabreado, donde la insatisfacción está muy presente y donde los comportamientos airados tienen cada vez mayor espacio. Y es algo lógico, añade José Javier Esparza, periodista y autor de En busca de la derecha (perdida) (Ed. Áltera), en tanto “la gente está cada vez más mosqueada porque esto no hay quien lo aguante: crisis económica, crisis política, crisis moral y social... Y sinceramente, creo que el nivel de indignación está por debajo de lo que merece”.

Para Carmen Valle, profesora de psicología social de la Universidad CEU-San Pablo, vivimos en un entorno de creciente agresividad, especialmente notorio entre los jóvenes, ya que “han crecido en un ambiente en el que no se les han marcado límites y por tanto, no han podido aprender a  manejarse frente a la frustración”. Eso nos ha convertido en una sociedad infantilizada, “donde todo se mueve por el ego, en la que el ‘yo’ está por encima de todo, y en la que cuando no se consigue lo que se quiere se adoptan actitudes infantiles de ira y agresión. La gente se desespera por llegar al semáforo antes que el del otro coche…”

Este malestar flotante, según Jaime Nubiola, profesor de filosofía de la Universidad de Navarra, está muy influido por la crispación del espacio político, desde donde irradia hacia el resto de la sociedad, “contagiando a través de los medios de comunicación al ámbito de las relaciones personales: desde la comunidad de vecinos hasta los estadios de fútbol pasando por los espacios familiares”. Para Nubiola, no es infrecuente que esos ámbitos “sean asaltados por conductas violentas de unos pocos ante los que la mayoría se siente inerme, y como no sabe qué hacer opta por mirar hacia otro lado”.

Es peculiar, además, que esta clase de malestar no encuentre una canalización positiva. Si el descontento ha sido a lo largo de la historia una fuerza poderosa para el cambio, en la actualidad suele quedarse en demostraciones privadas de frustración. Para Nubiola, la explicación podría encontrarse en la falta de valores que aparece en la juventud actual, en tanto “la mayor parte de los jóvenes ya no lucha por nada, o, en todo caso, por conseguir una paga semanal de sus padres más elevada para gastarla en alcohol en el fin de semana. Esas expresiones colectivas de ira no son  más que rabietas infantiles de una colectividad adolescente falta de ideales”.

Crisis económica, crisis de valores

En opinión de Carmen Valle, a la hora de explicar esta agresividad sin sentido, confluyen diferentes aspectos, ya que, además de la mala situación económica actual, o de que se hayan visto truncadas las esperanzas que se habían puesto en la trayectoria profesional o personal, factores que poseen un notable ascendente, también “influye muy decisivamente la presente crisis de valores. Lo que nos libra de pasar de lo humano a lo animal (como son las explosiones de violencia) son las creencias, las convicciones, el hecho de poseer algún tipo de fe. Y eso es lo que estamos perdiendo: ni siquiera consideramos el valor de la familia, de los tuyos, con lo que terminamos por sentirnos bastante solos”.

Sin embargo, ello no quiere decir que esta agresividad carezca de traducción en términos políticos. Más al contrario, se trata de uno de los elementos más llamativos de nuestra época, especialmente porque ha arraigado en una clase media que en otras épocas tendía hacia la moderación. Si la creencia habitual era que una sociedad que contase con amplias capas intermedias sería muy estable, lo que vemos ahora es que es en esos mismos estratos donde aparece la mayor indignación.

Valle lo explica por los cambios en su estructura: “lo que ahora llamamos clase media antes era antes clase alta. Que en una casa hubiera tantos coches como carnets de conducir, como ha ocurrido en muchas familias, es un buen indicativo de hasta qué punto nos habíamos acostumbrado a vivir en un contexto en el que eras sencillo tener lo que queríamos. Hemos subido muy deprisa, y a eso se habitúa uno muy fácilmente, pero cuando se trata de bajar, que es lo que está ocurriendo con la crisis, es otra cosa bien distinta”.

Pero además de ese descontento causado por el descenso brusco en los niveles de renta, hemos de tener en cuenta, como señala Esparza, que  la oferta que nuestros actores políticos ponen en juego dista mucho de ser satisfactoria. En el pasado la tensión entre partidos tenía que ver con la tensión entre clases, siendo la redistribución de los bienes materiales el asunto principal que se ventilaba en el entorno institucional. Y paradójicamente, ahora que ya no es así, la clase media se ha repolitizado de modo notable. Y ello porque, asegura Esparza, “hace muchos años que el socialismo descubrió que era mucho más cómodo revolucionar las costumbres que revolucionar al dinero. Y el dinero, por su parte, no ha dejado de respaldar la operación, que además le permite pasar por "progresista".

Hoy la izquierda ya no representa una propuesta de cambio en la propiedad de los medios de producción. Y, en cuanto a la base de la pirámide, en general aspira a ser subsidiada de por vida, un poco al estilo andaluz. Así llegamos a la pesadilla que predijo Hilaire Belloc: el estado servil, donde media sociedad vive para sostener a la otra media”. De este modo, si creíamos que la sociedad postmaterialista traería menores tensiones, lo cierto es que las está multiplicando.

Diálogo y cordialidad en el ágora

Lo que también tiene su lectura electoral.  Según un estudio realizado con vistas a las próximas elecciones municipales por Marcos Magaña, socio director de la empresa de comunicación No Line, ha aparecido “un cansancio notable entre los votantes respecto de la información y de la vida política. Y una de las cosas que más les  molesta es que siempre ven a los políticos cabreados y muy polarizados, ya que creen que con ese continuo tono de confrontación no se solucionan los problemas”.

Asegura Magaña, no obstante, que estamos ante un problema coyuntural, ya que la situación de crisis ha llevado a que se incremente la tensión pero que eso no va a producir grandes sobresaltos, ya que no provocará un desplazamiento del votante desde posiciones más o menos moderadas hacia  extremos ideológicos. “Es verdad que la política  parece haberse convertido en un asunto de militancia pasional similar al fútbol, lo que lleva a que se pierdan la objetividad y la capacidad de evaluar las evidencias, pero también lo es que  estamos más ante un problema formal que ante uno de fondo”.

Para Esparza, por el contrario, el asunto es mucho más serio: “No creo que haya riesgo de choque en la cúspide, todos los que mandan viven de lo mismo. Pero sí creo posible que abajo, en la base, las frivolidades del poder lleven a la gente a convulsiones violentas. No sólo lo creo posible, sino que me parece que ya se está viendo en la calle”. Para solucionar esto, afirma, deberíamos reconocer que “el sistema político tal y como lo conocemos está colapsado. Y que la única salida sensata para nuestra democracia es aumentar los cauces reales de participación de la gente, participación que ha de verse sobre todo como un deber, como un compromiso ciudadano. Y, en ese contexto, la derecha tiene que ser redescubrirse a sí misma: en qué y por qué es derecha. Y decirlo sin rubor”.

En un sentido opuesto, Nubiola avisa de que si queremos invertir la tendencia agresiva “sería imprescindible restaurar el dominio de la razón y de la cordialidad en el espacio público. Por tanto, hemos de buscar el consenso entre los partidos políticos y la defensa del diálogo y no  el desprecio sistemático del oponente a causa de la mecánica ciega de los votos que lleva a imponer sin razones el parecer de la mayoría”.  En ese sentido, cree que la mejor solución sería que “surgiese entre las filas del PSOE o del PP un Obama español que sea capaz por sus dotes personales de llevar a cabo esta tarea de reconstruir razonablemente el espacio público en nuestro país. Contaría con el apoyo de mucha gente que comienza a estar harta de ser gobernada por personas simplemente incompetentes”.

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