Lukashenko gana con el 80% y Bielorrusia se alza: ¿es el fin del último dictador de Europa?
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centenares de heridos y al menos un muerto

Lukashenko gana con el 80% y Bielorrusia se alza: ¿es el fin del último dictador de Europa?

Lukashenko, considerado el último dictador de Europa y que ha gobernado los destinos de Bielorrusia desde hace casi tres décadas, se enfrenta a las peores protestas populares en mucho tiempo

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Lukashenko gana con el 80% y Bielorrusia se alza: ¿es el fin del último dictador de Europa?

Según la comisión electoral bielorrusa, Aleksander Lukashenko, quien ha gobernado los destinos de Bielorrusia desde hace casi tres décadas, ha recibido el 80,23% de los votos de las elecciones presidenciales del domingo, con una participación del 84,23%. Su principal oponente, Svitlana Tijanovskaya, ha contado solamente con el 9,9% del apoyo popular. El enorme margen de victoria de Lukashenko, semanas después de que la oposición atrajera multitudes como hacía tiempo que no se veía en el país, ha hecho que parte de la población haya tomado las calles en ciudades de todo el país para denunciar un fraude "evidente". ¿Es este el fin del llamado 'último dictador de Europa'?

Por el momento, los violentos enfrentamientos se han saldado con centenares de heridos y un manifestante fallecido tras ser embestido por un furgón policial. Cerca de 3.000 personas habrían sido detenidas por participar en las protestas, según el Ministerio de Interior bielorruso; cerca de un millar solo en Minsk, la capital. Sin embargo, en muchas localidades más pequeñas, los choques ni siquiera se han producido porque las fuerzas de seguridad se han unido a los manifestantes.

En medio de la avalancha informativa del domingo, también se publicó en numerosos medios que el avión del presidente Lukashenko habría viajado de Minsk a Turquía. Algunos especulaban que había enviado a su familia a un lugar seguro previendo un alto grado de violencia tras el ‘pucherazo’ e incluso quienes se preguntaban si el mismo Lukashenko habría seguido los pasos del ucraniano Yanukovich en 2014 escapando del país.

Foto: En este país europeo la "psicosis" del coronavirus se cura "con vodka y saunas"

De la apatía al 'efecto Tijanovskaya'

Hasta hace apenas unos meses, al pasear por las calles de Minsk y hablar con su gente, la idea inexorable era la “hipernormalización” del sistema. Un sistema que había permitido a Lukashenko gobernar Bielorrusia desde que se celebraron las primeras elecciones presidenciales en el país en 1994. El término "hipernormalización" fue acuñado por Alexei Yurchak en “Everything was forever, until it was no more: the last Soviet generation” ("Todo era para siempre, hasta que ya no fue así: la última generación soviética", y popularizado en Europa por el documental de Adam Curtis, “Hypernormalisation”.

El concepto se aplica a los últimos años de la URSS, cuando la población era consciente de que el sistema soviético sobre el que habían construido sus vidas estaba en decadencia, pero eran incapaces de concebir una alternativa al mismo. Sin embargo, y pese a las apariencias, el concepto no se puede aplicar sin reservas al caso bielorruso, como están demostrando las protestas de este lunes y domingo en Minsk.

Oksana y Sergei —ella abogada, él mecánico—, un joven matrimonio enamorado de España y su lengua, decían en 2018: "No nos gusta Lukashenko, pero qué podemos hacer… Mientras él viva seguirá siendo presidente y después le sucederá su hijo". La represión ha sido durante muchos años totalmente disuasoria para la mayoría de la población, cuya apatía política destacaba incluso en comparación con la de otros países de su entorno. Es decir, los bielorrusos podían, en efecto, concebir sistemas alternativos. El problema era cómo lograrlo si al levantar la voz podías acabar en prisión, perder tu empleo o, simplemente, desaparecer.

Protestas en Minsk, Bielorrusia. (Reuters)
Protestas en Minsk, Bielorrusia. (Reuters)

Bien lo saben en el bar Pyatnitsa, en la calle Kozlova de Minsk. Allí un grupo de fans locales del FC Barcelona se reunía religiosamente para ver cada encuentro de los culés. “Deberías haber visto este sitio el día de la remontada contra el PSG”, me decía Anton con una gran sonrisa. Ahora, el bar ‘Pyatnitsa’ está cerrado debido a que su propietaria hizo comentarios críticos con Lukashenko en su blog. Como el Pyatnitsa, existen numerosos casos de negocios cerrados y arrestos de personas que osaron criticar al presidente o han apoyado a la oposición. Anton Rulou, editor de ‘Belarus in Focus’, se registró como observador en las elecciones. Ha tenido suerte, porque en lugar de arrestarle simplemente no le permitieron acceder al colegio electoral. “El resultado oficial en mi colegio ha sido ‘796 votos para Lukashenko’ y ‘218 para Tijanovskaya’. Es imposible, contamos a más de 218 personas entrando a votar con una cinta blanca [símbolo de la oposición]. A eso hay que sumar todos los simpatizantes que no la llevaban”.

Foto: ¿La dictadura perfecta? Bielorrusia, dos décadas de Aleksandr Lukashenko

A pesar de las consecuencias que muchos han sufrido y aún padecen, la movilización de la oposición en esta campaña ha sido inusitada, y es crucial entender por qué. El modus operandi de Lukashenko durante estas elecciones no ha sido diferente al de otros plebiscitos celebrados recientemente en el país. Los miembros de la oposición más destacados, como el banquero Victor Babariko, o el blogero Siarhei Tijanovski, fueron arrestados semanas antes de los comicios para evitar que se presentaran a las elecciones.

Sin embargo, cuando la mujer de Tijanovski, Sviatlana Tijanovskaya —profesora de inglés sin experiencia política—, decidió presentarse a las elecciones presidenciales, las autoridades bielorrusas no la tomaron en serio a pesar de haber logrado recoger las 100.000 firmas necesarias para formalizar la candidatura. Semanas más tarde, y ya con el apoyo de Veronika Tsepkalo (la esposa de Valery Tsepkalo, candidato a quien también se le prohibió presentarse y que ha huido a Rusia por amenazas de detención, según sostiene) y Maria Kolesnikova (que dirigía la campaña presidencial de Babariko antes de que fuera detenido), uno de sus mítines en Minsk se convirtió en el más grande de la historia del país. Alrededor de 60.000 personas participaron. ¿Qué hay detrás de este error de cálculos que puede significar el comienzo del final de Lukashenko?

Svetlana Tikhanovskaya (centro), Veronika Tsepkalo (izquierda) y Maria Kolesnikova (derecha). Reuters
Svetlana Tikhanovskaya (centro), Veronika Tsepkalo (izquierda) y Maria Kolesnikova (derecha). Reuters

El machismo, la pandemia y el acceso a la información

Lukashenko es un anacronismo. No solamente por la represión o el ejercicio despótico del poder, sino también en el plano psicológico. El presidente era incapaz de imaginarse que los bielorrusos verían en una mujer a alguien capaz de hacerse con las riendas del país. A una semana de las elecciones, Lukashenko llegó a afirmar que una mujer en la presidencia “se derrumbaría” porque la carga es pesada “incluso para un hombre”. El sexismo y la homofobia del jefe de Estado ya ha dado muchos titulares a la prensa internacional en el pasado. Ante las acusaciones en Europa de ser un dictador, Lukashenko respondió en una ocasión: “mejor dictador que gay”.

"La gente no ha ido a votar a Tijanovskaya, sino contra Lukashenko”, aclara Vadim Mojeiko, analista del Instituto Bielorruso de Estudios Estratégicos, a El Confidencial. Es decir, la oposición bielorrusa sigue estando dividida, pero en esta ocasión, ha decidido cerrar filas tras Tijanovskaya ante la sorpresa de que le permitieran presentar su candidatura. “Por eso los ataques de Lukashenko contra Tijanovskaya no son efectivos, ella solo es un símbolo del hartazgo general de la población”, del cambio que muchos ansían ver aunque no coincidan necesariamente en la forma que esperan que este adopte. La única coincidencia entre los votantes de Tijanovskaya es que la convicción de que el hombre que ha liderado con mano dura el país durante 26 años no tiene espacio en ese cambio que persiguen.

Protestas en Minsk. (EFE)
Protestas en Minsk. (EFE)

Mojeiko cree que hay tres razones por las cuales la oposición ha conseguido movilizar al electorado tan exitosamente en esta ocasión. La primera es la gestión nefasta de la pandemia, la cual Lukashenko negó en un primer momento. Tras negarla, recomendó en marzo a la población beber vodka y visitar las saunas para protegerse del virus. Ante la pasividad de las autoridades, la sociedad civil se organizó para conseguir equipos de protección para sanitarios, así como para asistir a los más afectados por la enfermedad. “Las redes que se formaron han permitido a la gente comprender el poder de la solidaridad, y la gente comprendió que el gobierno vela por la economía y no por el bienestar de su gente”, concluye Mojeiko.

Otro factor es la rápida expansión de las nuevas tecnologías. Actualmente, “más de un 80% de los bielorrusos tienen acceso a internet, y el avance durante los últimos 5-10 años ha sido notable”. La población tiene cada vez más fácil el acceso a fuentes de información no controladas por el estado, como tut.by o Nekhta, críticas con el régimen. El tercer factor es quizás el más importante y en parte consecuencia de los dos anteriores: la toma de conciencia de que, al contrario de lo que anuncian medios oficiales, el apoyo popular a Lukashenko es en realidad minoritario en Bielorrusia.

Alexander Lukashenko durante la jornada electoral del domingo. (EFE)
Alexander Lukashenko durante la jornada electoral del domingo. (EFE)

Una de las consignas de las protestas de este verano ha sido la de referirse a Lukashenko como ‘Sasha 3%’ (‘Sasha’ es un diminutivo de Aleksander). Mientras que los sondeos oficiales sobre la popularidad del Gobierno no se publican, plataformas online alternativas realizaron sus propias encuestas arrojando un dato significativo: solamente el 3% de los encuestados votaría por la reelección de Lukashenko. Tras la prohibición de hacer este tipo de consultas online, el portal de información independiente tut.by tiró de ingenio y consultó en Twitter a sus seguidores sobre su película favorita, entre las que se encontraba: “Un hombre solitario” (2009) en clara referencia al dictador, o “Tres mujeres” (1977), representando a Tikhanouskaya, Tsepkalo y Kolesnikova. De nuevo, Lukashenko no llegó al 5% de los votos, mientras las candidatas de la oposición recibieron un 71.2% de apoyo.

Panorama internacional: el crudo ruso

Rusia ha estado proporcionando apoyo financiero directa e indirectamente a Bielorrusia desde hace décadas. Minsk recibe crudo de Rusia subvencionado, que refina y vende en el extranjero obteniendo un gran beneficio. Además, Moscú ha denunciado en el pasado que parte del crudo que Minsk recibe es directamente revendido a terceros países a precio de mercado. Se estima que el peso de los subsidios rusos en la economía bielorrusa podría llegar al 15% del PIB.

Esta es la razón principal por la cual la Unión Europea ha tratado de mantener cierta distancia con la campaña electoral en Bielorrusia, con el objetivo de no repetir de forma alguna el escenario de hace 6 años en Ucrania. La influencia económica y política de Rusia es en Bielorrusia incluso mayor de la que el Kremlin tenía sobre Kiev en 2013. Además, en Moscú tienen claro que Lukashenko es su hombre en Bielorrusia. Han invertido demasiado dinero en mantener a flote la economía bielorrusa y Lukashenko a la cabeza como para dejarlo caer. Al tópico de que Rusia prefiere negociar “con hombres fuertes”, se unen los planes de integración del país, mucho más lejanos en un escenario en el que la oposición gobierna.

Las discusiones en torno al precio del petróleo han sido el núcleo de las conversaciones entre Moscú y Minsk durante los últimos dos años. Rusia pretendía obtener concesiones políticas a cambio de los subsidios al crudo. En concreto, los rusos han estado tratando de convencer a Minsk de aceptar mayor integración política y económica dentro del marco del Estado de la Unión, un acuerdo ambicioso de integración entre ambos países firmado en 1997 y que en gran medida ha quedado en papel mojado. Lukashenko ha sido muy reacio a la propuesta de Moscú, pero dada la falta de apoyo por parte de EEUU y la UE, se daba por hecho que Rusia lograría su objetivo más tarde o más temprano.

El equilibrio de la UE

Las relaciones con Bielorrusia constituyen un verdadero quebradero de cabeza para estadounidenses y europeos. La Unión Europea tiene desde 2004 en vigor un embargo de armas y de material que pueda ser usado para la represión interna en Bielorrusia, además de sanciones económicas contra cuatro individuos invlucrados en la desaparición de miembros de la oposición en 1999 y 2000. Durante años hubo otras sanciones contra el país, pero estas fueron eliminadas en 2016 en el contexto de una pequeña mejora en el historial de violaciones de derechos humanos en Bielorrusia.

La UE desea un cambio en la jefatura del estado, pero cualquier apoyo a la oposición desencadenaría consecuencias potencialmente fatales

Para la UE, el marco fundamental en el que se desarrollan las relaciones con Bielorrusia es la Asociación Oriental (‘Eastern Partnership’, en inglés) que emplea la política de la zanahoria y el bastón con nuestros vecinos orientales. Pavel Havlícek, experto en la Asociación Oriental de la Asociación de Asuntos Internacionales, cree que va a haber un retroceso notable en las relaciones entre Minsk y Bruselas, según ha sostenido a El Confidencial. “En los últimos años hubo algo de progreso, que se materializó en el régimen simplificado de visados a principios de año. Sin embargo, en los pilares fundamentales de la agenda acordada, como la abolición de la pena capital, o la construcción de la central nuclear en Astravets (a escasos kilómetros de Vilnius), no hemos apreciado avances”, afirma Havlícek.

La UE se encuentra en una encrucijada: desea un cambio en la jefatura del estado pero cualquier acción de apoyo a la oposición desencadenaría consecuencias potencialmente fatales. “Es muy probable que se introduzcan nuevas sanciones contra Lukashenko e incluso financieras, similares a las que hay contra la Federación rusa”, lamenta Havlícek.

Sin margen para EEUU

Aunque con menos que perder, EEUU no se encuentra en una posición mucho más cómoda que Bruselas. Solamente tras un año aguantando presiones por parte de Rusia para acceder a mayor integración, los estadounidenses se decantaron por retomar sus relaciones diplomáticas con Bielorrusia. En septiembre del año pasado, EEUU y Bielorrusia acordaron el regreso de sus respectivos embajadores, poniendo punto y final a un intervalo de nada más y nada menos que 11 años en los que las embajadas de ambos países se encontraban bajo mínimos. La decision de retirar al embajador en Minsk se tomó precisamente en 2008 como consecuencia de la violenta represión de la oposición y de la prensa. Es más, EEUU aún tiene sanciones contra Lukashenko en vigor, renovadas hace tan solo dos meses.

Una joven manifestante herida durante los disturbios tras el cierre de colegios electorales en Minsk, Bielorrusia, este domingo. Cerca de 3.000 participantes en manifestaciones de protesta no autorizadas fueron detenidos anoche, según el Ministerio de Interior de Bielorrusia. EFE
Una joven manifestante herida durante los disturbios tras el cierre de colegios electorales en Minsk, Bielorrusia, este domingo. Cerca de 3.000 participantes en manifestaciones de protesta no autorizadas fueron detenidos anoche, según el Ministerio de Interior de Bielorrusia. EFE

Independientemente del poco interés mostrado por EEUU en Bielorrusia en los últimos años, es responsabilidad de la Unión Europea actuar de forma contundente pero mesurada contra los abusos de Lukashenko. Resulta fundamental mantener el diálogo abierto con Rusia, e incluso sería conveniente hacerla participe de las discusiones sobre la respuesta que el grupo de los 27 finalmente acuerde. Existe de hecho un precedente interesante ocurrido hace un año en Moldavia. En julio de 2019, el magnate local Vladimir Plahotniuc —quien controlaba el poder judicial y parte del parlamento, entre otras instituciones— tuvo que salir del país tras recibir presiones tanto por parte de Washington y Bruselas, como de Moscú. Cierto, tras la salida de Plahotniuc, el partido pro-ruso del presidente Dodon maniobró para expulsar a los pro-europeos ACUM del gobierno de coalición que había resultado del final de la crisis moldava. A pesar de este final agridulce, una salida de Lukashenko pactada entre Bruselas y Moscú, con ciertas garantías para los rusos, es el futuro concebible que parece más razonable.

Una salida de Lukashenko pactada entre Bruselas y Moscú, con ciertas garantías para los rusos, es el futuro concebible más razonable

No obstante, este escenario resulta aún demasiado optimista. Si la violencia continúa en las calles, los incentivos para optar por ella aumentarán proporcionalmente en Moscú. Sin embargo, tal como afirma Mojeiko, “a partir de ahora, las manifestaciones son ilegales y probablemente cada vez saldrá menos gente a la calle; ha ocurrido en otras ocasiones… Aunque ojalá me equivoque”. Rulou discrepa y afirma que las manifestaciones continuarán, pues “solo el KGB [inteligencia bielorrusa] le apoya; está practicamente solo y hemos perdido el miedo”, concluye.

Continúen las protestas o no, estas elecciones han evidenciado que la población bielorrusa ha adquirido conciencia del débil equilibrio que mantiene a Lukashenko en el poder, ha acudido a votar con ilusión y ha perdido el miedo a protestar. Este será el último mandato de Lukashenko al frente del país. Las únicas incógnitas son cuánto durará este y si el apoyo de Rusia se mantendrá firme en todo momento.

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