LA BATALLA DEL SIGLO XXI

La rebelión de los alcaldes: por qué la batalla ideológica del siglo XXI se libra en Visegrado

Mientras que los gobiernos de Polonia, Hungría, República Checa y Eslovaquia forman el polo “iliberal”, los alcaldes de las capitales han decidido unirse para defender unos valores totalmente opuestos

Foto: Los alcaldes de Varsovia, Budapest, Bratislava y Praga. (Reuters)
Los alcaldes de Varsovia, Budapest, Bratislava y Praga. (Reuters)

Estamos en el año 2019. Toda Europa central y del Este está ocupada por los iliberales. ¿Toda? ¡No! Cuatro capitales pobladas por ciudadanos irreductibles resisten ahora y siempre al populismo. Y aunque la vida no es fácil para los alcaldes de Varsovia, Praga, Budapest y Bratislava, su decisión de unirse en un “Pacto de Ciudades Libres” puede cambiar las cosas en el corazón del Grupo de Visegrado.

Mientras que sus respectivos gobiernos se apoyan mutuamente para formar el polo “iliberal”, euroescéptico y populista en Europa, los alcaldes de las capitales de Hungría, Polonia, Eslovaquia y República Checa han decidido unirse para defender unos valores totalmente opuestos. En palabras de Rafal Trzaskowski, alcalde de Varsovia: “Nuestras ciudades seguirán siendo abiertas, progresistas, tolerantes y por encima de todo europeas”.

En medio de un mar iliberal, a diferencia de sus gobiernos, las cuatro capitales del Grupo Visegrado son islas en las que la ecología, el respeto por las minorías o la libertad de expresión forman parte de la agenda política de sus alcaldes. Y que este archipiélago de resistencia antipopulista haya surgido en estos países no es una coincidencia ni una anomalía: es la confirmación de que el polaco Morawiecki, el húngaro Orbán, el checo Bavis y el eslovaco Pellegrini gobiernan sus naciones desde ciudades que no les quieren.

La nueva batalla del siglo XXI

Los 4 alcaldes estuvieron hablando de manera informal con ocasión del 30 aniversario de la caída del Muro de Berlín y, desde entonces, mantienen contactos para formar una “Alianza de Ciudades Libres” y lograr, entre otras cosas, que las subvenciones europeas a sus ayuntamientos les sean transferidas directamente, sin pasar por el filtro y el retraso del Gobierno nacional. "Es posible", dijo el alcalde de Varsovia hace poco a 'Deutsche Welle', "así lo hacen, por ejemplo, en la región de Bavaria". Aunque aún tiene carácter informal y no está institucionalizada, esta unión de alcaldes pone de manifiesto la división que hay entre el voto urbano y el resto del electorado en estos países. Es significativo, por ejemplo, que en las elecciones municipales de hace un par de meses en Polonia, el PiS no logró la victoria en ninguna de las 15 ciudades más pobladas del país, mientras que en los comicios nacionales obtuvo la mayoría.

Calificar a la clase media urbana de “élite egoísta” forma parte de la narrativa de gobiernos como el polaco o el húngaro, que intentan presentar a los académicos, intelectuales, profesores y artistas que no les son afines como una especie de cuerpo extraño incrustado en un país que debería, según ellos, ser homogéneo, monolítico, conservador y tradicionalista. Si los comunistas despreciaban a los burgueses que se diferenciaban de los obreros llamándoles “inteligentsia”, los populistas polacos han acuñado un nuevo término: “wyksztalcenie”, o “con estudios”, para referirse despectivamente a los que no encajan en su visión nativista y populachera de cómo debe ser un buen nacional.

El líder del PiS, Jaroslaw Kaczynski, alude con frecuencia a “las élites” en sus discursos para referirse a la oposición, a los miembros del anterior gobierno, a Bruselas y, en general, a cualquiera que no comulgue con sus ideas ultraconservadoras. Los detractores del PiS llaman a veces “siervos” o “campesinos” a los votantes de Prawo i Sprawiedliwość. Por su parte, Viktor Orbán se refirió hasta 18 veces a la “élite europea” durante un discurso que pronunció en la apertura de un curso universitario de verano en 2018.

Un campo regado con millones

La ducha de dinero público con la que los populistas sustentan su éxito electoral es especialmente generosa con el medio rural. Cuando el año pasado cientos de agricultores se manifestaron en Varsovia exigiendo ayudas económicas, se les prometió que recibirían más de 210 millones de euros y subvenciones de 23 euros por cerdo y unos 120 por vaca.

Por el contrario, las demandas salariales de profesores o las peticiones de ayuda de padres con hijos discapacitados fueron despachadas con un “simplemente no hay dinero para eso” del Primer Ministro. Los más de 10.000.000 de polacos que viven de la agricultura y ganadería le devolvieron el favor en las urnas meses después. A pesar de las disquisiciones de los politólogos y expertos, no está claro si la involución iliberal vino del campo, pero se ha instalado allí. Y si la evolución que acabará con el iliberalismo va a ocurrir, seguramente vendrá de las ciudades. Porque ya se ha instalado en ellas.

Trzaskowski, que ganó las últimas elecciones municipales en Varsovia con una aplastante mayoría, es uno de los objetivos favoritos de la propaganda difundida por los medios públicos polacos. Cuando, hace poco, se rompió una tubería de agua caliente cerca del centro de Varsovia, los informativos nacionales cubrieron la noticia con una cobertura casi ininterrumpida de varias horas, aprovechando la ocasión para dar una imagen catastrofista de la gestión de la ciudad. Zdenek Hrib, alcalde de Praga desde hace menos de cien días, pertenece al Partido Pirata y ha prometido plantar un millón de árboles durante su mandato.

Pequeño contra Gran Visegrado

"El populismo es una respuesta errónea y simplista a los problemas", ha dicho Hrib, un físico conocido por enfrentarse al Gobierno del premier Bavis. Por su parte, Matus Vallo concurrió a las elecciones de Bratislava de manera independiente pero apoyado por los partidos de la oposición y se ha mostrado decidido a acabar con la corrupción en su ciudad.

Estos cuatro alcaldes comparten entre sí más puntos de vista que con sus propios gobiernos. Lo mismo ocurre con los ciudadanos de estas capitales: las mayores y más numerosas manifestaciones contra las derivas autoritarias del “Gran Visegrado” han tenido lugar en estas ciudades del “Pequeño Visegrado”. Sin embargo, los gobiernos nacionales ya han empezado a contraatacar: hace solo unos días que Viktor Orbán dictó una ley, ya aprobada, que restringe el poder de los presidentes municipales (así se denomina a los alcaldes de grandes ciudades en estos países). Y si su medida tiene éxito, es probable que los demás gobiernos iliberales sigan su ejemplo.

Durante una reunión que tuvo lugar, simbólicamente, en las instalaciones que ocupaba la Universidad Europea de Budapest antes de que el gobierno húngaro la obligase a trasladarse a Viena, el vicerrector de esta institución, Zsolt Enyedi, recordó cómo en la Edad Media las ciudades eran vistas como “islas de libertad” que terminaban por irradiar su progreso y avances al resto de la sociedad.

Resulta paradójico que Visegrado, la localidad que da nombre al Grupo centrífugo iliberal europeo, sea un pequeño pueblecito a las afueras de Budapest. La imponente Torre de Salomón, que domina su horizonte, era famosa en el pasado porque sus muros de piedra, de ocho metros de ancho, hacían imposible calentar las estancias y todos los reyes y caballeros que pasaban allí una temporada enfermaban de artritis debido a la humedad del Danubio. Para recuperar la salud debían visitar los baños termales de Budapest.

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