ELECCIONES EUROPEAS

La mentira como doctrina militar para piratear la democracia

La desinformación no es nueva, pero al calor del vertiginoso desarrollo de las nuevas tecnologías esta herramienta de guerra híbrida con sello ruso se ha demostrado muy barata

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La desinformación no es nueva, ni es infalible, ni tampoco es el arma definitiva. Pero al calor del vertiginoso desarrollo de las nuevas tecnologías, esta herramienta de guerra híbrida con sello ruso se ha demostrado mucho más barata y eficaz que otras formas tradicionales de conflicto.

"Busca generar ausencia de fe en las instituciones políticas y crear caos y disrupción. Evoluciona constantemente y es muy barata. Es un juego al que vamos a seguir jugando en el futuro", comenta a EFE la analista del centro de pensamiento The German Marsall Fund Kristine Berzina, en vísperas de las elecciones al Parlamento Europeo que se celebran entre el miércoles y el domingo.

Según ese "think-tank" transatlántico con oficinas en Bélgica y otros siete países, la manipulación informativa es una de las cinco nuevas amenazas para las sociedades democráticas, junto con las finanzas y las inversiones maliciosas, la colusión política y los ciberataques.

La historia de la desinformación

Se considera que el padre de la desinformación como "doctrina militar" moderna es Valery Gerasimov, jefe del Estado Mayor de las Fuerzas Armadas de Rusia desde 2012, quien en 2013 señalaba en un artículo sobre los desafíos de las nuevas formas de guerra que "el espacio de la información abre amplias posibilidades asimétricas para reducir el potencial de combate del enemigo".

"Las acciones asimétricas se han generalizado, permitiendo la eliminación de las ventajas de un enemigo en los conflictos armados", sostenía el estratega ruso, sancionado por la Unión Europea (UE) en 2014 por como responsable del despliegue masivo de tropas rusas en Ucrania.

Fábrica de trolls

En 2015, la activista rusa Lyudmila Savchuk pasó dos meses trabajando de incógnito y por el equivalente en rublos a unos 700 euros mensuales en el número 55 de la calle Savushkina de San Petersburgo, un edificio de cemento gris y cuatro alturas con las ventanas condenadas y cámaras de seguridad en las paredes.

En su interior se encuentra la Agencia de Investigación de Internet (IRA, por sus siglas en inglés), una empresa del oligarca Yevgeny Prigozhin, apodado el "chef" de Vladimir Putin, al que Estados Unidos sancionó por haber lanzado campañas en redes sociales como Facebook para alterar el resultado de las elecciones presidenciales de 2016 que ganó Donald Trump.

Ese centro, popularmente denominado "la fábrica de trolls", dispone de un presupuesto de 1,25 millones de dólares mensuales y una plantilla de unos 80 empleados, según estimaciones de Bruselas, que se organizan en turnos y se dedican a generar desinformación, inicialmente con mensajes sobre raza, LGTB, religión y armas.

La "fábrica de trolls", en cualquier caso, es sólo uno de los brazos de la desinformación de Moscú que, según la Comisión Europea, destina unos 1.000 millones de euros anuales a medios de comunicación propagandísticos como la cadena de televisión RT (antes Russia Today, fundada en 2005) y la agencia de noticias Sputnik (creada en 2014).

Así funciona

La desinformación muta y se adapta a las vulnerabilidades y especificidades de cada sociedad en la que pretende influir, en un mundo en el que unos 4.000 millones de personas tienen acceso a internet y el 75% de la población mundial utiliza teléfono móvil.

A partir del análisis de casi 3,5 millones de comentarios en Twitter, Facebook, Instagram y YouTube entre noviembre de 2018 y marzo de 2019, la empresa estadounidense SafeGuard Cyber distingue entre tres tipos de "malos actores": los bots (sistemas automáticos), los trolls (personas reales) y los híbridos (personas reales que utilizan bots y similares).

"El volumen de desinformación se dirige a los Estados miembros de la UE para explotar y exacerbar fisuras sociales en desarrollo y problemas contenciosos casi en tiempo real", indica SafeGuard Cyber en su informe.

¿Y en España?

Un responsable de esa firma de seguridad digital explicó a EFE que en el período analizado se detectaron 281.382 mensajes con patrones de desinformación en lengua española, pero sólo 40.859 trataban sobre asuntos relacionados con España, y provenían de 40 autores únicos, mientras que el grueso de esa actividad se refería a las tensiones entre Venezuela y Estados Unidos.

Al contrario de campañas anteriores, existen "suministradores" de desinformación, generalmente perfiles con pocos seguidores que difunden contenidos de webs del Kremlin como RT o Sputnik, y "amplificadores", es decir, cuentas desde las que se multiplicaba el impacto y la frecuencia de esos comentarios.

Los analistas de SafeGuard Cyber encontraron mensajes relacionados con el nuevo partido de ultraderecha VOX, pero también "otros comentarios alineados con la izquierda y temas no relacionados per se con la política".

"No hubo interferencias rusas en las elecciones" celebradas en España el pasado 28 de abril, conforma a EFE una fuente comunitaria competente en la materia, que también apunta "ha habido un incremento enorme de los mensajes sobre Venezuela" en el último mes.

Las elecciones europeas

"Algunos funcionarios estadounidenses han mostrado su preocupación sobre que Rusia pueda utilizar las elecciones al Parlamento Europeo para probar nuevas tácticas que pueden desplegarse contra los Estados Unidos en 2020", señala un análisis del Fondo Carnegie para la Paz Internacional. Por ahora, en Bruselas no se han detectado signos de injerencias rusas, pero "puede pasar cualquier cosa" hasta el escrutinio, explica una fuente comunitaria.

"Normalmente, la desinformación se intensifica durante las elecciones, pero ni empieza ni acaba con ellas", comenta a Efe otra fuente europea que trabaja con la hipótesis de dos tipos de narrativas malintencionadas en esos comicios.

La primera buscaría desincentivar la participación electoral a través de un relato que deslegitime el poder del Parlamento Europeo, fomentando el mensaje de que la Eurocámara no pinta nada porque las decisiones las toman en secreto la Comisión Europea y los Estados miembros, a espaldas de los ciudadanos.


La segunda pasa por abundar en que la Unión Europea urde una conspiración para culpar a Rusia de todos sus problemas, desde el "brexit" hasta el avance de los partidos antieuropeos, en los que Rusia no tendría nada que ver.

La respuesta de Bruselas

La Comisión Europea dispone, entre otras herramientas, de una unidad con 16 personas dedicadas a controlar y exponer la propaganda rusa a través (www.euvsdisinfo.eu) en ruso, inglés y, como incorporación reciente, en español.

Además, las grandes plataformas de internet Google, Twitter y Facebook (y su filial Instagram) suscribieron el pasado octubre un código de conducta voluntario elaborado por la CE para frenar las "fake news" que busca, por ejemplo, aportar transparencia sobre quién paga las campañas políticas en las redes sociales.

El Ejecutivo comunitario informa mensualmente de los progresos con una tónica que se repite: hay avances pero hace falta más. Y a final de año decidirá si basta con la buena fe de esas firmas tecnológicas estadounidenses o es necesario una regulación obligatoria, aunque reconocen que la estrategia no es suficiente.

Posibles soluciones

"No es un asunto al que se pueda hacer frente solo desde Bruselas", dicen fuentes europeas, que coinciden con académicos y expertos en que no hay una fórmula mágica para contrarrestar esta nueva amenaza, a menudo entrelazada con ciberataques.

El grueso de las fuentes consultadas señalan varios caminos a seguir: coordinar esfuerzos entre distintos países, instituciones internacionales como la UE o la OTAN y el sector privado, investigar los ataques y atribuirlos públicamente aunque tenga un coste diplomático y fomentar el pensamiento crítico y la alfabetización digital. "Hay que generar un segundo de duda antes de compartir" ya que los bulos "se difunden sobre todo a través de individuos", apunta un analista.


Los expertos abogan también por dotarse de herramientas de verificación de hechos y datos, cada vez más frecuentes en el paisaje de los medios de comunicación, si bien reconocen que no son infalibles pues su alcance suele ser notablemente menor que las mentiras que desmontan.

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