los populares deciden sobre su expulsión

Orbán pone a prueba la cintura del 'establishment' europeo

Un dolor de cabeza recorre las oficinas de los partidos conservadores tradicionales de Europa: ¿cómo hacer frente a los partidos nacional-populistas? ¿Cómo afrontar su discurso?

Foto: Viktor Orbán, primer ministro húngaro. (Reuters)
Viktor Orbán, primer ministro húngaro. (Reuters)

Un dolor de cabeza recorre las oficinas de los partidos conservadores tradicionales de Europa: ¿cómo hacer frente a los partidos nacional-populistas? ¿Cómo afrontar su discurso y lidiar con él? ¿Qué hacer ante su aparición? Y esas preguntas se dividen en un nivel nacional, en el que formaciones conservadoras tratan de evitar la pérdida de terreno ante nuevas fuerzas populistas, pero también en un nivel europeo, en el que a veces no te enfrentas directamente con esos partidos extremistas, sino que forman parte de tu propia familia política y tienes que aprender a tratar con ellos.

A un nivel nacional hay dos formas de afrontarlo: una es plantándole cara al nacional-populismo y defendiendo la versión del discurso democristiano más liberal. Dentro de lo que cabe los partidos del establishment tienen una narrativa mucho más suave que las nuevas fuerzas alternativas conservadoras en asuntos como la inmigración, al menos hasta la crisis de 2015.

Tenemos pocos ejemplos de que esto haya servido, aunque Emmanuel Macron, si bien desde una postura más liberal que conservadora, fue capaz de plantar cara al Frente Nacional de Marine Le Pen con un discurso radicalmente contrario. Pero hay pocos casos más. En las últimas elecciones italianas Silvio Berlusconi intentó mostrar a su partido conservador Forza Italia como una opción conservadora pero moderada y más europeísta. En los comicios acabó siendo adelantada por la xenófoba Lega y los meses posteriores no han hecho más que aumentar esa distancia.

Los partidos conservadores europeos están apostando más bien por otra técnica. El mejor ejemplo lo tenemos en Austria. Antes de las elecciones el PP austriaco estaba en una importante crisis, con los extremistas del FPÖ comiéndose su terreno. Con la coronación del joven Sebastian Kurz como líder el partido realizó un giro total a la derecha, asumiendo buena parte del ideario del FPÖ, ganando los comicios generales y después cerrando una alianza con el partido de extrema derecha.

No es el único caso. Nicolás Sarkozy endureció su discurso contra la inmigración para recuperar votantes en 2007 después de que Jean-Marine Le Pen metiera el miedo en el cuerpo a los conservadores tradicionales al llegar a la segunda vuelta de las presidenciales francesas en 2002, recuperando un 70% de los votantes que en los anteriores comicios habían introducido su papeleta por Le Pen.

Sarkozy, expresidente francés. (EFE)
Sarkozy, expresidente francés. (EFE)

Tampoco se limita a movimientos en el mismo espectro político. Uno de los instrumentos utilizados por Mark Rutte, primer ministro holandés y líder de un partido liberal, para afrontar el crecimiento del xenófobo Geert Wilders fue realizar un comunicado previo a las elecciones duro contra la inmigración, y exigiendo que los migrantes que llegaran a un país asumieran su cultura. Rutte recuperó varios puntos en las encuestas tras esa decisión.

Sabiendo que la solución a este dilema a un nivel nacional es extremadamente compleja, ¿cómo se gestiona a un nivel europeo la convivencia de posturas distintas bajo una misma marca? El estallido de la última crisis interna de la principal familia política europea está levantando dudas sobre la estrategia seguida durante los últimos años.

La revuelta ha comenzado después de una campaña publicitaria en la que el Gobierno húngaro, en manos de Viktor Orbán, que pertenece al Partido Popular Europeo (PPE), acusa a Jean-Claude Juncker, presidente de la Comisión Europea, de conspirar para obligar a Hungría a admitir a inmigrantes ilegales. El Ejecutivo comunitario ha tenido que responder a las acusaciones, y algunos partidos dentro del PPE han dicho que hasta aquí.

El ataque contra Juncker, que también es del PPE, es la gota que ha colmado el vaso para muchos. Orbán no solo ataca a la Comisión Europea y a los valores europeos básicos, sino que también al Estado de derecho y a la prensa independiente en Hungría. La última gran crisis interna en el PPE estalló cuando en septiembre el Parlamento Europeo votó a favor de activar el artículo 7 de los Tratados contra Budapest. Es un mecanismo sancionador que se puede iniciar contra Gobiernos que intentan minar el Estado de derecho y en última instancia puede despojar a dicho país del derecho a voto en el Consejo.

Viktor Orbán, primer ministro húngaro. (Reuters)
Viktor Orbán, primer ministro húngaro. (Reuters)

Algunos consideraron aquel día como el punto de inflexión. Pero Viktor Orbán sobrevivió a la siguiente reunión de partido. Y lo hizo en la base de lo que ha sido la teoría defendida desde hace años por Joseph Daul, presidente de la formación, así como por buena parte de la cúpula poderosa del PPE: es mejor que esté dentro del partido que fuera, al menos así podemos controlarlo y moderarlo.

La siguiente crisis ha tardado seis meses en estallar. Ahora los partidos nórdicos no han esperado más y han decidido iniciar el proceso para someter a votación la expulsión de Orbán. Según fuentes parlamentarias del PPE ya se han recibido las cartas de siete partidos de cinco países diferentes, que es la fórmula requerida para someter a votación la expulsión de un miembro de la formación.

Falta por ver la posición que toman delegaciones más poderosas como la alemana, que por el momento se ha puesto de perfil, y la española, que en septiembre se posicionó a favor de Orbán por haber apoyado al Gobierno de Mariano Rajoy durante la crisis independentista catalana.

Un reto futuro

El intento de influir a Orbán desde dentro claramente no ha funcionado, ya que el primer ministro húngaro no ha cambiado una coma de su discurso, aunque fuentes internas señalan que si al líder magiar no se le hubiera amenazado desde dentro sus campañas contra la UE habrían sido más feroces y sostenidas en el tiempo.

En cualquier caso mientras el PPE no ha logrado influir demasiado en las políticas de Orbán, él sí que parece haberlo hecho en las de la formación europea, aunque también es clave la presión que las distintas delegaciones han sufrido a un nivel nacional por parte de fuerzas nacional-populistas. Así, el PPE pasó de una postura más o menos discreta en migración a convertir la defensa de las fronteras exteriores en uno de los principales puntos de su ideario. Cuando en 2018 tuvieron que elegir a un candidato común para las elecciones europeas escogieron a un cristiano conservador bávaro como Manfred Weber frente a un liberal aperturista como Alex Stubb.

Curiosamente no ha sido tanto Orbán sino precisamente Kurz el que lideró ese giro del ‘establishment’ del PPE hacia posturas más conservadoras en asunto migratorio, así como en elementos de tolerancia religiosa, aunque el húngaro defiende que el tiempo ha dado la razón a sus postulados.

En septiembre, en un movimiento algo inesperado para muchos en Bruselas, el canciller austriaco ordenó a sus eurodiputado votar a favor de la activación del artículo 7 contra Hungría, en lo que se ha entendido como un movimiento para marcar terreno: una vez conquistas la agenda de los nacional-populismos, es momento de decidir cuál es la frontera admisible.

En cualquier caso el PPE afronta un debate interno crucial. Si lo expulsan perderán peso en el próximo Parlamento Europeo al no poder contar con sus escaños, y Orbán irá con toda seguridad a parar al grupo de los euroescépticos, lo que les reforzará todavía más y convertirá al húngaro en un líder incluso más extremista. Pero si se queda en el PPE muchos temen que gane peso específico en el partido, y con ello también influencia a la hora de decidir la dirección que toma el partido en debates clave.

Otros ejemplos

Orbán no es el único líder que pone a prueba la cintura de los partidos europeos. El resto del establishment tiene sus propias vergüenzas. Uno de los partidos que forman parte de la familia socialista es el Partido Socialista de Rumanía, que lidera uno de los Gobiernos más corruptos del continente.

Además de intentar legalizar determinados delitos de corrupción, con la intención de librar de una pena al antiguo primer ministro socialista, el Gobierno celebró un referéndum para cambiar la calificación de “familia” en la Constitución del país, de forma que se señalara que es la unión de un hombre y una mujer.

Algunos eurodiputados socialistas reaccionaron a esta decisión, lo mismo que lo hacen muchos populares contra las medidas de Orbán, pero el partido europeo se sume en un incómodo silencio sobre el futuro del SPD rumano dentro de la familia, a pesar de que la Comisión Europea le monitoriza por su corrupción y amenaza con activar el artículo 7 contra Bucarest si no se cambia el rumbo. Una de las razones para mantener el silencio y la protección por parte de la familia europea es que Rumanía es uno de los pocos Gobiernos que están hoy en manos socialistas en Europa, algo que cuenta a la hora de escoger nombres para situar en la cúpula de la UE.

Los liberales (ALDE) tampoco se libran, al tener en su familia a ANO, una formación checa liderada por el millonario Andrej Babis, que además es primer ministro en República Checa a pesar de las continuas acusaciones de corrupción. Ganó los comicios nacionales con un fuerte discurso anti-inmigración e insistiendo en su admiración por la figura de Donald Trump.

Ante la indecisión sobre qué hacer hay una idea clara que se instala en las cabezas de muchos de los que se sientan en los despachos de Bruselas y de las capitales y que tienen que tomar decisiones: el nacional-populismo y las fuerzas como la de Orbán en Hungría o Ley y Justicia en Polonia han venido para quedarse. Los partidos tradicionales no están sabiendo cómo contestarles mientras las encuestas reparten mínimos históricos para los partidos tradicionales en Europa.

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