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Europa teme que la avalancha inversora de China drene su ventaja competitiva

En Bruselas, Berlín y París se temen cada vez más los yuanes de las empresas chinas, muchas de ellas públicas o respaldadas por bancos estatales. Alemania va más allá de las palabras

Foto: Un responsable de CRBC en la sede de un proyecto en Bioce, Montenegro. (Reuters)
Un responsable de CRBC en la sede de un proyecto en Bioce, Montenegro. (Reuters)

La inversión directa de China en Europa se disparó el año pasado. Las tensiones comerciales con Estados Unidos y la ralentización de la economía interna hicieron que las compañías del gigante asiático volcasen su atención en el Viejo Continente, un destino que consideran seguro y atractivo. Pero en Bruselas y otras capitales europeas se percibe cada vez con una mayor reticencia este flujo de dinero porque la apropiación tecnológica que conlleva, que erosiona la capacidad competitiva del bloque.

Las inversiones chinas en países europeos repuntaron el año pasado hasta los 60.400 millones de dólares (algo más de 52.760 millones de euros). Esto es casi un 82% más en términos interanuales, según un informe recién publicado por la consultora Mergermarket, especializada en fusiones y adquisiciones. En comparación, las inversiones de las empresas de la segunda mayor economía mundial en Estados Unidos cayeron hasta los 3.000 millones de dólares (2.620 millones de euros), un derrumbe cercano al 66% con respecto a 2017 y del 95 por ciento con respecto al máximo alcanzado en 2016. Las cifras europeas son aún más significativas si se tiene en cuenta que las inversión extranjera directa (IED) china cayó más de un 45% el año pasado, hasta los 108.200 millones de dólares (unos 94.520 millones de euros), y que sólo las compras en Europa supusieron casi un 56% del total.

Las empresas de tecnologías de la información y la comunicación van adquiriendo cada vez un mayor atractivo

Por países, destaca el papel de Portugal, Finlandia, Reino Unido y Holanda, que copan cuatro de los cinco principales destinos de las inversiones chinas. El país ibérico se sitúa de hecho en primera posición en el ránking de 2018, superando al tradicional número 1, Hong Kong, que habitualmente es sólo cabeza de puente de muchas transacciones. Cuatro acuerdos empresariales por un montante total de 27.400 millones de dólares (casi 23.936 millones de euros) sitúan a Portugal a la cabeza de la clasificación. Más de un tercio de esta cantidad se la lleva la entrada de la empresa pública china Tres Gargantas en la energética lusa EDP.

A continuación se sitúa Hong Kong, que ocupa la segunda posición con 43 acuerdos por unos 12.500 millones de dólares (cerca de 10.920 millones de euros). Le siguen en orden decreciente Finlandia (cuatro acuerdos por unos 7.000 millones de dólares o unos 6.115 millones de euros), Reino Unido (12 acuerdos por unos 6.000 millones de dólares o unos 5.200 millones de euros) y Holanda (5 acuerdos por unos 4.000 millones de dólares o unos 3.495 millones de euros).

Por sectores, destaca el informe, las compras chinas en Europa se centraron en el sector industrial y en las tecnologías ligadas a la robótica. En este sentido se ve una clara estrategias por parte de las empresas del gigante asiático, que habitualmente apuntan a sus vecinos Japón y Corea del sur para semiconductores y electrónica, y ponían a las empresas estadounidenses en el punto de mira cuando se trataba de tecnología punta. Un estudio del banco de inversiones francés Natixis destaca que las empresas chinas apuestan por marcas industriales y de bienes de consumo en Europa y que van adquiriendo cada vez un mayor atractivo las empresas de tecnologías de la información y la comunicación.

Recelos políticos

La entrada masiva de capital chino en el continente podría suponer a primera vista una fuente de satisfacción. Significa un voto de confianza en la economías nacionales en un momento de incertidumbres a escala global en el marco de la guerra comercial entre Pekín y Washington y sus repercusiones en los cinco continentes. Además, supone una inyección financiera con opciones de tener una traducción más o menos rápida, más o menos visible, en la economía real en forma de pedidos y puestos de trabajo. Pero a estas ventajas económicas se están anteponiendo los recelos políticos.

En Bruselas, Berlín y París, entre otras capitales europeas, se temen cada vez más los yuanes de las empresas chinas, muchas de ellas públicas o respaldadas por bancos estatales. El pasado noviembre la UE, presionada principalmente desde Alemania y Francia, acordó un sistema de reglas comunes con el que los supervisores nacionales deben revisar las inversiones extranjeras -especialmente las chinas- para su aprobación.

Detrás se encuentra, en primer lugar, el miedo a que las empresas chinas puedan, tirando de talonario, acceder a las tecnologías punteras que sustentan la competitividad industrial del continente. El informe "Actividades de los inversores chinos en Alemania", publicado el año pasado por Christian Rusche, experto del Instituto de Investigación Económica (IW) de Colonia, alertaba de que "el objetivo de la política de inversiones de China es, a través de adquisiciones específicas, asegurarse know-how, modernizar su propia industria y posibilitarse un camino hacia un escalón de alto valor añadido".

Emmanuel Macron lleva meses argumentando que, para proteger su "soberanía", la UE debe cerrar algunos "sectores estratégicos" frente a las adquisiciones extranjeras, no sólo chinas. Durante una visita a Pekín el año pasado, el francés aseguró que el Ejecutivo chino sí que entendía lo que era defender la industria propia y le pidió a su homólogo, Xi Jinping, una "relación recíproca" a nivel empresarial.

Conmoción y reacción en Alemania

Más allá de las palabras se ha llegado en Alemania. Berlín ha empezado a tomar medidas tras la conmoción que supuso en 2016 la adquisición de Kuka, uno de los mayores fabricantes de robots industriales del Mundo. El fabricante chino de electrodomésticos Midea se hizo con ella -y con todo su 'know how' de última generación- por unos 4.600 millones de euros. Entonces sonaron las alarmas en la capital alemana.

Washington ha bloqueado varias inversiones de alto perfil mediático e industrial alegando motivos de seguridad nacional

La canciller Angela Merkel tomó entonces cartas en el asunto. Subrayó que Alemania era e iba a seguir siendo una economía abierta, pero con condiciones. Indicó que cada país tiene derecho a preservar sus sectores más sensibles. Además, argumentó que es necesaria la reciprocidad. Que quien quiera invertir en Alemania debe permitir las adquisiciones, con las mismas condiciones, en su propio mercado. Algo que no cumple en absoluto China, donde el acceso de las empresas extranjeras sigue siendo restringido. Poco después, Berlín endureció el reglamento de los supervisores de la competencia.

El pasado agosto hizo además un gesto de fuerza y abortó la pretensión del fabricante chino de equipamiento nuclear Yantai Taihai de hacerse con Leifeld, una empresa alemana de tamaño medio que produce metales específicos para la industria nuclear. El consejo de ministros alemán estaba a unas horas de cumplir su amenaza y bloquear la compra por motivos de seguridad nacional cuando una llamada de Pekín comunicó al Gobierno alemán que el grupo chino desistía de su empeño.

Era un golpe sobre la mesa, un aviso a navegantes. Porque hasta entonces Berlín había permitido, pese a algunas reticencias, la inmensa mayoría de los movimientos empresariales chinos en su territorio. Compañías del gigante asiático han adquirido en los últimos años paquetes accionariales en instituciones del sector privado alemán como Daimler o Deutsche Bank. Aunque el rosario de compras sigue: este miércoles trascendió que Alibaba, el Amazon chino, ha adquirido por 90 millones de euros una start-up berlinesa llamada "Data artisans" que se dedica al análisis de datos.

La canciller alemana, Angela Merkel, durante el IX Foro de Cooperación Económica y Tecnológica germano-chino, en Berlín. (EFE)
La canciller alemana, Angela Merkel, durante el IX Foro de Cooperación Económica y Tecnológica germano-chino, en Berlín. (EFE)

El ejemplo estadounidense

Además, en Europa miran de reojo a Estados Unidos. Tras unos años de intensa actividad inversora china en la primera economía global, el dinero dedicado a adquisiciones y fusiones ha caído en picado. Esto se debe en gran medida a que el presidente estadounidense, Donald Trump, ha adoptado una actitud mucho más hostil ante el dinero chino. El pasado noviembre endureció la normativa que regula estos procesos en 27 sectores denominados "sensibles", como las telecomunicaciones, los semiconductores o la aeronáutica. Coincidencia o no, muchos de estas industrias están incluidas en la estrategia económica del Gobierno de Pekín "Made in China 2025", que trata de promover las áreas de alto valor añadido y reducir la dependencia tecnológica del exterior.

De forma paralela, Washington ha bloqueado varias inversiones de alto perfil mediático e industrial alegando motivos de seguridad nacional. Entre ellos destaca el intento del fabricante de microchips Broadcom, de Singapur, de adquirir a su rival estadounidense Qualcomm. También está el caso de Xcerra, la empresa que descartó que la comprase un inversor chino con respaldo de Pekín porque dio por sentado que la administración echaría atrás el acuerdo.

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