¿Puede el G7 ofrecer una alternativa real a la inversión china para el resto del mundo?
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ANÁLISIS DE GZERO MEDIA

¿Puede el G7 ofrecer una alternativa real a la inversión china para el resto del mundo?

El nuevo programa del G7, conocido como "B3W" (Build Back Better for the World), busca plantar cara a los megaproyectos chinos de infraestructura en el resto del mundo

placeholder Foto: Fotografía de los líderes políticos tomada durante la cumbre del G7 en Carbis Bay, Reino Unido. (EFE)
Fotografía de los líderes políticos tomada durante la cumbre del G7 en Carbis Bay, Reino Unido. (EFE)

Esta semana la administración Biden anunció un plan respaldado por el G7 para la construcción de proyectos de infraestructura sostenibles en países en vías de desarrollo a lo largo y ancho del planeta. En un contexto de creciente competencia entre Estados Unidos y China, el plan ha sido ampliamente percibido como un desafío directo al megaproyecto ‘Belt and Road Initiative’ (BRI) de China, que también tiene como objetivo construir carreteras, puertos y vías férreas en el Sur Global.

Pero, ¿qué hay realmente en el nuevo programa del G7, conocido como "B3W" (Build Back Better for the World), y qué se pretende lograr? Aquí van algunas preguntas para reflexionar al respecto.

¿En qué se diferenciará el B3W del BRI? En bastantes aspectos. B3W ha sido planteado como la antítesis del BRI, el cual ha movilizado fondos para proyectos de infraestructura en partes del mundo con un alto nivel de riesgo que durante mucho tiempo habían sido olvidadas por los prestamistas tradicionales. Sin embargo, también ha sido criticado por financiar plantas de carbón contaminantes, ignorar los procesos justos de licitación, desplazar a personas vulnerables y cargar a los países donde se realizan los proyectos con una enorme deuda con Pekín. Por el contrario, los impulsores del B3W aseguran que financiará proyectos de infraestructura "impulsados ​​por valores" que se alineen con el Acuerdo Climático de París, se otorguen de manera transparente, brinden beneficios a largo plazo a las comunidades y ofrezcan condiciones que las naciones en desarrollo puedan pagar.

Foto: Charles Michel, Joe Biden, Yosihide Suga, Boris Johnson y Mario Draghi. (EFE)

Dejando de lado los ambiciosos objetivos, el modelo de financiación también es muy diferente. A diferencia del BRI, que distribuye fondos proporcionados directamente por China o por empresas del país asiático respaldadas por el estado, el B3W está depositando sus esperanzas en los mercados de capital y las instituciones financieras de desarrollo de EEUU, como el Export-Import Bank. Los países del G7 no contribuirían directamente, sino que facilitarían y garantizarían acuerdos para los inversores del sector privado, quienes finalmente pagarían la factura.

¿De cuánto dinero estamos hablando aquí? No queda claro. Los responsables del B3W dicen, por ahora, que tienen la intención de recaudar "cientos de miles de millones de dólares". Pero eso es una mera gota en el océano, considerando que el propio G7 estima que los países en vías de desarrollo necesitan invertir 40 billones de dólares en infraestructura para 2035. La cifra también está muy por detrás de los 3.7 billones que el BRI, lanzado en 2013, había asegurado para sus cerca de 2.600 proyectos en más de 100 países a mediados de 2020.

¿Habrá ataduras políticas? Técnicamente no, pero el plan se dio a conocer como parte de un impulso más amplio del G7 para unir a las democracias "de ideas afines" como contrapeso al autoritarismo de China. Por lo tanto, es justo asumir que, al menos inicialmente, el B3W dará prioridad a otras democracias, incluidas las débiles que solo se han dirigido a Beijing porque tienen dificultades para acceder a préstamos del FMI y otras instituciones financieras internacionales. Esto podría atraer a países como Zambia, que sabe que los acreedores estadounidenses querrán ver su dinero de vuelta, pero no exigirán para ello el acceso a minas de cobre, como China.

Foto: El presidente de EEUU, Joe Biden, durante la cumbre del G-7. (Reuters)

La consecuencia no deseada de favorecer a las naciones democráticas es que los regímenes autoritarios podrían empezar a depender todavía más de China para construir sus plantas de energía, puertos y carreteras. Algunos ejemplos de esto podrían ser el Myanmar posterior al golpe de Estado y algunos países centroamericanos hambrientos de dinero en efectivo que no desean preguntas sobre el estado de derecho en sus territorios.

¿Podría la política interna de Estados Unidos ser una interferencia? Posiblemente. Hacer frente a China es casi lo único en lo que demócratas y republicanos pueden estar de acuerdo hoy en día. Pero la administración Biden aún tiene que aclarar qué hará para ayudar a recaudar dinero para el B3W en los mercados de capital de EEUU y qué incentivos fiscales, si los hay, se ofrecerán para las inversiones fuera del país. Los legisladores republicanos, por su parte, prefieren dar (algo) de dinero para que las empresas estadounidenses arreglen la propia infraestructura decadente de su país que para construir un nuevo puerto en Asia o un ferrocarril en África.

Aunque Joe Biden les sigue diciendo a sus amigos del G7 que "Estados Unidos ha vuelto", estos no lo compran... todavía. Saben que el destino del B3W depende en gran medida de los dos próximos ciclos electorales en Estados Unidos. Dado que el proyecto es una iniciativa liderada por Washington, por muy multilaterales que sean sus intenciones, el proyecto puede perder fuerza si los republicanos recuperan la Cámara Baja y el Senado en las elecciones intermedias del próximo año. Y el B3W podría estar condenado al fracaso si un candidato republicano apegado al "Estados Unidos primero" de Donald Trump —o tal vez el propio Trump— gana la presidencia en 2024.

* Este artículo fue publicado originalmente en inglés en GZERO Media. Si te interesa la política internacional, pero quieres que alguien te la explique, suscríbete a la 'newsletter' Signal aquí.

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