'Sin justicia no hay culo': huelga de 'strippers' en el epicentro de las protestas de EEUU
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'Sin justicia no hay culo': huelga de 'strippers' en el epicentro de las protestas de EEUU

Portland es la ciudad con mayor número de clubes de 'striptease' per cápita de EEUU, y se ha enfrentado a una huelga de bailarinas. "Una huelga sexual acabó con la Guerra del Peloponeso"

Foto: 'Sin justicia no hay culo': huelga de 'strippers' en el epicentro de las protestas de EEUU
'Sin justicia no hay culo': huelga de 'strippers' en el epicentro de las protestas de EEUU

Hace poco más de un siglo y medio, la ciudad de Portland, en Oregón, constaba exactamente de una cabaña. Tras la conquista del sur y el oeste por los colonos blancos, Oregón se convirtió en la última frontera. El último territorio agreste al que venían trabajadores rudos y voluntariosos a buscar fortuna, con una ley endeble y una población indígena que terminó siendo masacrada o doblegada. La 'cultura de frontera' de Portland aún sobrevive. Por ejemplo, en sus clubes de 'striptease'. Portland es la ciudad con mayor número de clubes de 'striptease' per cápita de EEUU. Una reminiscencia de cuando aquí solo había hombres solitarios y necesitados.

“Las trabajadoras del sexo son una parte importante de la industria del turismo de Portland”, dice Cat Hollis, bailarina de 'striptease' y fundadora de Haymarket Pole Collective, una organización que defiende los derechos del gremio. “Dicen que, si te has hecho una paja en el último año, nos lo debes a nosotras. Y creo que es verdad”.

Ahora mismo, en Portland hay una cincuentena de clubes de 'striptease'. De todo tipo. Clubes góticos y lujuriantes como Spice Gentleman’s Club, tipos bar de carretera como Club 205, clubes veganos, clubes de rocanrol, clubes de 'heavy metal', clubes que se precian de ofrecer una diversidad de tallas, razas y estilos, y por supuesto agujeros de perdición a los que se entra por una estrecha puerta disimulada. Como escribe Anne Frane: “Hay un club de 'striptease' literalmente para todo el mundo”.

Pero la cultura de frontera de Portland estaba quedándose un poco anticuada y necesitaba que la agitasen un poco. Al menos, así lo sintió la afroamericana Hollis. “Tengo la experiencia de haber padecido, una y otra vez, insultos racistas”, declara. “O de trabajar durante dos años en un club y recibir solo el turno de los martes, y ver luego que contrataban a una chica blanca y la colocaban directamente los sábados por la noche. Mientras, yo solo tenía dos sábados al año”.

Bailarinas exóticas reparten comida durante las restricciones por el covid en Portland. (Reuters)
Bailarinas exóticas reparten comida durante las restricciones por el covid en Portland. (Reuters)

Los martes, al haber menos clientela, aportan menos dinero. Una agravante especial, dice Hollis, en el caso de las bailarinas negras y latinas, de las que se espera que se alisen el pelo o se pongan una peluca. “Hay tantas cosas que tenemos que hacer para encajar en los estándares de belleza occidentales... Es caro. Y hacerlo solo para los martes por la mañana lo vuelve inasequible”. A la hora de buscar empleo, además, Hollis ha escuchado muchas veces las mismas frases: “El puesto ya ha sido ocupado. No eres lo suficientemente rocanrol. No te veo encima de una Harley”.

La bailarina afirma que cada club tiene su personalidad y sus métodos, y que naturalmente hay maneras de gestionar muy distintas. Pero faltan unas reglas claras, y sobre todo una conversación, acerca de la cuestión racial. Especialmente en una ciudad, Portland, sacudida por las protestas que estallaron en verano y que han causado tensiones e incidentes violentos relacionados con el racismo.

Foto: El verano de las protestas contra la violencia policial recrudece la brecha social en EEUU

A pesar de su contemporánea fama de ciudad progresista, en la que abundan las cafeterías veganas, los centros de acupuntura y las iniciativas artísticas, y en la que Donald Trump recibió apenas un 17% de los votos en 2016, Portland esconde un pasado de racismo duro. Hasta 1929, estaba prohibido, por ley, permitir a los negros vivir en el estado de Oregón. Los pocos que residían allí estaban oficialmente amenazados: la policía tenía que darles, cada seis meses, entre 30 y 99 latigazos hasta que se marcharan. El Ku Klux Klan tenía en Portland una de sus ramas más poderosas, lo mismo que los simpatizantes de Adolf Hitler en los años treinta.

Algunas de estas prácticas aún atenazan a los clubes de 'striptease'. La policía y las agencias reguladoras de Oregón han sido históricamente duras con los bares y clubes negros. Han arrasado sus barrios de ocio para construir una autopista o un hospital, han limitado el uso del rap o han prohibido a músicos y cantantes beber después de sus propios espectáculos. En 2017, el comediante Sam Thompson, que había sido contratado para hacer un monólogo de cumpleaños en un club de 'striptease', no pudo llegar a la cita. El portero simplemente no le dejó entrar.

Huelga contra la violencia

Este es el contexto en el que Cat Hollis organizó la huelga de 'strippers'. Un parón que ha forzado o convencido, depende del caso, a una treintena de clubes a seguir cursos de sensibilización racial. “Soy originaria de Mineápolis, George Floyd murió en mi barrio. Ver a Mineápolis lidiar con los problemas que vienen de su departamento de policía es algo que ha estado muy presente en mi vida”, dice Hollis. Las protestas inspiraron a la bailarina. “Si miras la historia de la acción revolucionaria”, añade, “también hay un elemento, un motón de historias de las huelgas sexuales. La Guerra del Peloponeso acabó con una huelga de sexo”.

Portland, además, era el territorio idóneo. El hecho de que en Mineápolis solo haya tres clubes de 'striptease' permite a sus dueños tener la sartén por el mango. En Portland, sin embargo, las opciones para trabajar son casi ilimitadas, lo cual hace de las bailarinas un sindicato potencialmente letal. “Dado que somos contratistas independientes, tenemos que pagar para ir al trabajo [las bailarinas reservan un escenario en el que actuar y luego viven de las propinas de los clientes]. Si no acudimos, quién va a bailar, ¿el gerente? No. Nos necesitan para seguir operando”.

"Si miras la historia de la acción revolucionaria, hay huelgas sexuales. La Guerra del Peloponeso acabó con una huelga de sexo"

Los clubes que no querían comprometerse a estos cursos, impartidos por la asociación feminista y antirracista YWCA, se encontraron con una huelga de bailarinas, no solo las de color. Muchas trabajadoras blancas se unieron a las marchas, plagadas de carteles provocativos como 'Sin justicia no hay culo', una variación del ya clásico 'Sin justicia no hay paz' de las protestas raciales. También juega a su favor el hecho de que Oregón aprobó el año pasado la Ley de Justicia en el Espacio de Trabajo: una serie de recomendaciones y políticas enfocadas a airear y erradicar diferentes tipos de discriminación en el seno de las empresas.

Hollis dice que el plan es bueno tanto para las trabajadoras como para los dueños de los clubes, que aprenderían a evitar problemas innecesarios. “Tenemos que reducir el daño a nuestros negocios locales y a las bailarinas. Estamos dejando claro cómo lidiar con estas cosas. Cómo lidiar con una bailarina disgustada de manera que el club no sea objeto de una demanda. Y muchos negocios están dispuestos a ello”.

Bailarinas exóticas en Portland, durante la pandemia de coronavirus. (Reuters)
Bailarinas exóticas en Portland, durante la pandemia de coronavirus. (Reuters)

El éxito de la movilización ha inspirado a las bailarinas de otras ciudades a tomar medidas parecidas. Haymarket Pole Collective suma miembros en al menos 17 estados, como California, Illinois o Pensilvania, aupados por la ola de concienciación política y racial que lidera el movimiento Black Lives Matter. El hecho de que la pandemia haya limitado la actividad de los clubes, y por tanto el empleo, ha hecho que muchas bailarinas no tengan demasiado que perder a la hora de plantarse.

Una de las críticas al gremio ha venido, precisamente, de otros sectores del feminismo. Corrientes que consideran el trabajo sexual, incluyendo sus vertientes legales, como el 'striptease' o la pornografía, degradantes para la mujer. “Me parece muy interesante saber dónde se traza la línea: a partir de qué punto vendes tu cuerpo”, dice Hollis. “¿Cuando trabajas 18 horas al día en Walmart por 7,5 dólares la hora? ¿Estás vendiendo tu cuerpo cuando te pones pintalabios para las entrevistas o cuando sonríes a tu jefe cada vez que cuenta un chiste malo? Lo más importante es que el acceso a nuestros cuerpos se dé con responsabilidad y con consentimiento”.

Haymarket Pole Collective representa sobre todo a las bailarinas de 'striptease', pero no rechaza a quienes vienen de otras ramas del trabajo sexual. Hollis dice que esta es la única manera de construir un “paraguas” que resguarde a todo el mundo. “Es casi como la inmunidad de grupo. Si podemos vacunar a las suficientes personas contra el racismo, eso protege inherentemente a los más vulnerables de nuestra comunidad. Un paraguas de protección para quienes no tienen estatus legal”.

La movilización ha conseguido que unos 30 clubes de 'striptease' se comprometan oficialmente a que sus empleados reciban estos cursos de sensibilización y al menos cuatro clubes ya los han celebrado. Cat Hollis se alegra, aunque la aventura le haya costado su trabajo de bailarina. Para la mayoría de clubes, se ha convertido en 'persona non grata'. Ahora que ya no puede bailar, organiza un programa que realiza pruebas de covid-19 a las 'strippers'. “Soy una conocida agitadora”.

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