Más allá de la explosión

"Macron, no des dinero a nuestro gobierno corrupto": 3 plagas tras la explosión de Beirut

Tras la explosión, el Líbano se enfrenta ahora a un triple desastre: desbordamiento de hospitales, exacerbación de una crisis económica y un verano caliente lleno de protestas

Foto: Zona de la explosión en el puerto de Beirut. (EFE)
Zona de la explosión en el puerto de Beirut. (EFE)

Un presidente camina entre los llorosos ciudadanos de Beirut. Los abraza, mira a los supervivientes, a las familias de las víctimas. Ofrece unas palabras de consuelo. No es un presidente ni primer ministro libanés, a quienes ni se les ve ni se les espera. Es Emmanuel Macron, presidente de Francia. El primer mandatario extranjero que visita Beirut tras la tremenda explosión en el puerto de la ciudad, que se ha cobrado las vidas de al menos 145 personas, según el último recuento, y ha dejado más de 5.000 heridos y cientos de miles sin hogar. "Por favor, no le dé nada de dinero a nuestro gobierno corrupto. No podemos aguantar más", le dice una mujer. "Lo sé. No se preocupe. Eso es lo que voy a hacer. Ayudar a la gente, no al Gobierno", responde Macron, mientras los guardaespaldas intentan hacer un hueco entre la enfervorecida multitud que grita "¡Abajo Aoun!". Michel Aoun es el presidente del Líbano.

El emotivo recibimiento a Macron puede verse como un abrazo al neocolonialismo francés (40 mil libaneses han firmado una petición online en menos de 24 horas para la vuelta de la ocupación francesa sobre el Líbano, según la BBC Árabe) o como un síntoma más del hartazgo total de los libaneses. Si el martes por la tarde, tras la explosión que destrozó Beirut, la sensación era de pánico y desconcierto, en los días siguientes se ha ido tornando en rabia, alimentada tras conocerse que las autoridades sabían que el peligroso material artífice de la gigantesca explosión, 2.750 toneladas de nitrato de amonio, llevaba seis años abandonado en un almacén del puerto de Beirut, a apenas unos metros de barrios habitados en la capital libanesa.

Tras la explosión, el Líbano se enfrenta ahora, casi sin medios, a un triple desastre: el desbordamiento de los hospitales con una pandemia de coronavirus que no entiende de traumatismos y heridas de cascotes, la exacerbación de una crisis económica que ha devaluado la lira un 80% en diez meses y dejado a uno de cada tres libaneses sin trabajo, y un verano caliente lleno de renovadas protestas de una sociedad que hace meses ya estaba hasta el límite de la corrupción endémica del sistema político libanés y un sectarismo que ha favorecido a las élites, paralizando todo tipo de reformas. "No de dinero a nuestro gobierno corrupto", insiste la mujer a Macron.

Pacientes en el párking

En el hospital Saint George, en barrio de Geitawi a un kilómetro de la explosión, tuvieron que atender a los pacientes que llegaban en la calle. Si ya estaban desbordados por el coronavirus, la llegada de miles de víctimas de la explosión, que destrozó viviendas, calles y cristales, fue la gota que colmó el vaso. Tuvieron que atender a los heridos en el párking del hospital, en medio de la noche y con apenas luces (las de sus propios móviles) para iluminar una pierna rota o una brecha en la cabeza. Su historia es espejo de la del puñado de hospitales en el centro de Beirut. Al menos cuatro centros hospitalarios han quedado destruidos.

En medio de este panorama, el país se enfrenta ahora a una subida "peligrosa" en los casos de coronavirus, ha advertido el Ministerio de Sanidad libanés. Este jueves, el Líbano anunció 255 nuevos contagios de covid-19, un récord en una población de 7,9 millones de habitantes. Los contagios podrían ser muchos más, ya que el gobierno ha tenido que suspender, por segundo día consecutivo, la realización de pruebas de diagnóstico tras la explosión. "No somos capaces de movilizar a los equipos de campo para realizar pruebas en estos momentos. Tenemos que analizar nuestras pérdidas", ha dicho la jefa de la Unidad de Epidemiología y Vigilancia del Ministerio de Sanidad, Nada Ghosn.

Un hospital de Beirut, afectado por la explosión. (Reuters)
Un hospital de Beirut, afectado por la explosión. (Reuters)

Sin casas (más de 250.000 personas habrían quedado sin hogar tras la explosión, según el gobernador de Beirut) y con una oleada de solidaridad y voluntarios para rescatar cuerpos y supervivientes entre los escombros, el confinamiento que pesaba sobre el Líbano -con más de 5.600 casos hasta el momento, más de 3.000 solo en el último mes- ha quedado totalmente olvidado. Las autoridades temen una terrible segunda ola para la que los hospitales no están preparados. Ya días antes de la explosión, el director médico del Hospital Universitario Rafic, el principal complejo hospitalario destinado al tratamiento del coronavirus en el Líbano, había tuiteado que estaban al borde del colapso. Al desabastecimiento crónico que ya se enfrentaba el país se añade que varios de los almacenes nacionales de materiales médicos, localizados en el puerto, han quedado destrozados tras la explosión.

No queda pan

Paralelamente, la crisis puede ser incluso alimentaria. La explosión del Almacén 12, en el puerto de Beirut, dañó gravemente la estructura de los silos de granos, donde se almacenaba el 85% del trigo del país, necesario para elaborar el pan que sustenta a los libaneses. El ministerio de Economía ha admitido los daños al silo, que han dejado al país con reservas de grano para algo menos de un mes, pero lo suficiente para evitar una crisis, si se redirige la llegada de nuevos cargamentos de emergencia grano y harina al puerto de Trípoli, la única otra opción que tiene el país una vez prácticamente inutilizado el puerto de Beirut.

"Se espera que los daños en el puerto exacerben de forma significativa la crisis económica y alimentaria del Líbano, que importa entre el 80 y 85% de sus alimentos", ha declarado un portavoz de la Secretaría General de la ONU, Farhan Haq.

Imágenes de satélite, antes y después de la explosión. (Reuters)
Imágenes de satélite, antes y después de la explosión. (Reuters)

La escasez de pan en el Líbano era ya un problema antes de la explosión. El país del cedro es altamente dependiente de sus importaciones, especialmente de alimentos, y la desaceleración de la producción mundial debido a la pandemia del coronavirus ha encarecido los precios. El precio del pan subió como la espuma, y algunos mercados se encontraron con desabastecimiento. Incluso el pan subsidiado subió un 33% entre octubre y finales de junio.

El pan es solo un reflejo de la terrible crisis económica que asola el país, la peor desde la guerra civil (1975-1990) que terminó con un acuerdo de "sectarismo equilibrado" para repartir el poder entre las distintas confesiones del Líbano, pero que, según denuncian los libaneses, ha terminado alimentando el poder y beneficios de las mismas élites y enquistando las reformas necesarias -tanto económicas como sociales- durante décadas.

Líbano arrastra una deuda pública de casi 90.000 millones de dólares, el 170% del PIB, y el gobierno tuvo que pedir un préstamo al Fondo Monetario Internacional de 10.000 millones el pasado abril. El 45% de los libaneses viven por debajo del umbral de pobreza, según las últimas estadísticas del Banco Mundial. Esa cifra era del 30% hace apenas un año.

Un año de revoluciones y rabia

En medio de esta crisis económica, en octubre el golpe fue especialmente duro. Ese mes, el valor de la libra libanesa cayó en picado por primera vez en décadas, y entonces las protestas estallaron. En aquel momento nació lo que se conoció como la 'revolución del WhatsApp': el llamado impuesto al WhatsApp, que cargaría (no llegó a aplicarse) las llamadas de esta red social y aprobado en una reunión del Consejo de Ministros para discutir los presupuestos de 2020, fue tan solo el detonante. En realidad el motivo fue la falta de oportunidades para los libaneses en medio de la aplastante crisis económica y de deuda. Uno de cada tres libaneses está en el paro, y el pueblo dijo "basta" ante lo que entendieron como un "robo más" de la élite política a los libaneses. Hoy, la devaluación de la libra es del 80%.

En octubre de 2019, Saad Hariri, el entonces primer ministro, tuvo que dimitir forzado por las protestas, sacudiendo en difícil tablero de equilibrios entre confesiones y políticas, entre suníes, chiíes y cristianos que ha organizado el Líbano desde la guerra civil. En diciembre lo sustituyó el independiente Hassan Diab.

Pero después de la 'revolución del WhatsApp' vinieron otras. El incremento de las tensiones llevó al presidente, Michel Aoun, a alertar a finales de junio de la "atmósfera de guerra civil", al tiempo que criticó los "tintes sectarios y confesionales" de la situación. La gente en las calles, en cambio, tiene otra sentencia: "La corrupción ha matado al Líbano".

Manifestantes durante una protesta cerca del Parlamento libanés. (Reuters)
Manifestantes durante una protesta cerca del Parlamento libanés. (Reuters)

La explosión de este martes, cuyos daños se cifran en entre 3 y 5 mil millones de dólares (y eso solo los daños a las infraestructuras, sin contar las 250.000 personas que han quedado sin hogar y los otros tantos que se habrán quedado sin empleo tras la destrucción de barrios enteros) será un nuevo detonante para más protestas.

La visita de Macron, abrazado como no lo es ningún político libanés, es el primer ejemplo. Ningún alto cargo libanés ha pisado los barrios más afectados por la explosión. Si lo han hecho, ha sido detrás de los cristales tintados de sus coches oficiales. En una petición online, 40.000 personas han firmado para que regrese el 'protectorado francés' durante 10 años. "Los oficiales [de gobierno] del Líbano han claramente demostrado su incapacidad de asegurar y dirigir un país. Con un sistema en declive, corrupción, terrorismo y milicias, el país ha llegado ya a su último aliento. Creemos que Líbano debería volver al mandado francés para establecer una gobernanza limpia y duradera". Puede ser casi una broma, pero está por ver si el ya denostado gobierno libanés podrá soportar una nueva oleada de protestas, enrarecidas ahora por las negligencias que permitieron la explosión de 2.750 toneladas de nitrato de amonio.

Las protestas, de hecho, ya han comenzado. La noche del jueves, fuerzas de seguridad libanesas dispararon gas lacrimógeno contra los manifestantes que protestaban frente al edificio del Parlamento, también afectado por la explosión. "¿Qué están protegiendo? ¿Un edificio vacío y destruido, que solía estar ocupado por políticos que han perdido toda credibilidad? Es posible que [los políticos] no quieran reconstruir [el Líbano], pero al menos dejadnos a nosotros hacerlo", dice Aya Majzoub, investigadora para el Líbano de Human Rights Watch.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
7 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios