DE LA GUERRA COMERCIAL A LA PANDEMIA

La América de Trump, vista por un granjero de Iowa

“Hay mucha, mucha gente que piensa que la comida crece en el supermercado”, dice Schlichting, que asegura no entender el desprecio de los urbanitas, que nunca han visto una granja de cerca

Foto: Casey Schlichting, granjero de Iowa de 41 años. (Guillermo Cervera)
Casey Schlichting, granjero de Iowa de 41 años. (Guillermo Cervera)

La última glaciación, que terminó hace unos 12.000 años, fue misericordiosa con el territorio de Iowa. El manto de hielo que venía de Canadá rompió vastas extensiones de bosque, y los troncos de las píceas y los alerces formaron una rica masa de materia en descomposición. Una capa de humus lustroso que actuaba como un frigorífico natural para los nutrientes y que atrajo todo tipo de formas de vida. Los mamuts y los mastodontes se alimentaban de este vergel. Y los paleoindios, que habían venido de Asia por el estrecho de Bering, de los mamuts y los mastodontes.

“Iowa es muy afortunada. Tenemos un suelo muy negro, muy rico. No tenemos que irrigar”, dice Casey Schlichting, granjero de Iowa de 41 años. “Tengo algunos colegas en Georgia y en las Dakotas y me preguntan que cómo lo hago. Yo les digo: pongo la semilla en la tierra, el estiércol y crece”.

El agricultor desciende de la última ola de europeos que, desde finales del siglo XVII, se han ido afianzando sobre el antiguo hábitat de los ioway y otras tribus nativas norteamericanas. Igual que Schlichting, uno de cada tres habitantes de Iowa es de origen alemán. En 1918, cuando los estadounidenses se batían con los 'hunos' en las embarradas trincheras de Francia, hubo en Iowa un brote de sentimiento antigermano. El gobernador del estado prohibió hablar otro idioma que no fuera el inglés. Una manera disimulada de atacar a esas gentes discretas que por aquel entonces aún montaban festivales de cerveza y 'sauerkraut'.

La memoria, sin embargo, aguanta pocas generaciones, y aquellos alemanes han seguido el mismo destino que los ingleses, los franceses y los suecos antes que ellos: se han diluido, a secas, en 'blancos'. Uno de ellos, el nieto de un humilde barbero de Kallstadt, es hoy presidente de Estados Unidos.

“Soy terrible, realmente debería conocer mi linaje, pero no lo conozco. Llego hasta mi bisabuelo”, reconoce Schlichting, que mide metro noventa y pesa 130 kilos. En realidad, la desmemoria es propia de Estados Unidos, un país joven al que se viene a empezar de cero y que todavía está en construcción. Aquí se hablan más de 400 idiomas y ninguno es oficial, ni siquiera el inglés, pese a aquel brote de sentimiento antialemán en Iowa. Los estadounidenses se mantienen unidos por una dieta básica de libertad, bandera, emprendimiento y guerra. O se mantenían.

Casey Schlichting, granjero de soja y maíz en Iowa, junto a sus graneros, hace unos meses. (G. Cervera)
Casey Schlichting, granjero de soja y maíz en Iowa, junto a sus graneros, hace unos meses. (G. Cervera)

A principios del siglo XXI, esta sociedad que proyectaba su fortaleza al mundo empezó a fragmentarse. Estados Unidos ya no tenía un gran enemigo hacia el que canalizar sus instintos guerreros. Las fuentes de información se multiplicaron hasta el infinito, de manera que cualquier persona podía encontrar su nicho cultural e ideológico, que podía no tener nada que ver con el nicho cultural e ideológico del vecino. La globalización puso bajo asedio las identidades, trajo la deslocalización y dos bloques se perfilaron en la bruma: las grandes ciudades multiétnicas y progresistas, por un lado, y las regiones rurales, blancas y conservadoras, por otro.

Los urbanitas y el nido de víboras

“Hay mucha, mucha gente que piensa que la comida crece directamente en el supermercado”, dice Schlichting, quien asegura no entender el desprecio de los urbanitas, que nunca han visto una granja de cerca, por la ganadería industrial. “Aquí teníamos una casita con las mamás cerdo y sus crías, unos 80 ejemplares. Salían a pastar, les dábamos maíz, pero luego llovía y hacía mucho frío y las mamás, intentando calentar a sus crías, las asfixiaban. Pero luego vas a unas instalaciones modernas y todo está limpio, no huelen, los cerdos están felices, están sanos... Y lo de los pollos criados en libertad y cosas de ese estilo me ponen de los nervios. Mejor tener un techo, agua y comida, que dormir al raso. Es todo 'marketing”.

A veces, Schlichting se asoma a las redes sociales y es como si levantara un bidón oxidado y descubriera debajo un nido de víboras. “Es gracioso cuando haces un comentario en Twitter, sin tener muchos seguidores, pero un día tu comentario es controvertido y se vuelve...”, se calla, como quien recuerda algo doloroso y prefiere no entrar en detalle. “Estaba defendiendo mi profesión. Sobre todo porque la gente no lo entiende. Y lo que ven en la Fox, la CNN o Netflix lo toman como un hecho”.

Nuestra primera entrevista la hicimos en invierno, antes de que la pandemia se ensañara con Estados Unidos. El virus circulaba ya por la Costa Oeste, pero se creía controlado. Las pandemias en ese entonces eran cosa de la ciencia ficción y conferencias de Bill Gates. El tema de nuestro encuentro era la guerra comercial con China. Pekín, ante los aranceles americanos a sus productos, había respondido suspendiendo las importaciones de soja. Su intención era castigar a los estados productores, que a su vez eran estados favorables a Donald Trump. Los chinos querían golpear al presidente donde más le duele: en su base electoral. ¿Qué decían los granjeros?

“La única carta que teníamos para jugar con China eran las materias primas, porque no compran mucho más”, dice Schlichting. “Obviamente, no nos están comprando iPhones, no nos están comprando componentes de coches... Muy, muy poco acero, algo de chatarra, pero no mucho más. Y los aranceles estaban tan desequilibrados que había que hacer algo. Ahora, ¿me gusta estar en esta posición? No”.

La escalada arancelaria, iniciada por la Casa Blanca en 2018 para forzar una reducción del déficit comercial y el cambio de algunas políticas chinas consideradas abusivas, ha golpeado el músculo agrícola de Iowa. Las exportaciones de soja a China, reanudadas con el frágil acuerdo de fase 1 firmado el pasado enero, habían caído a la mitad y el Gobierno tuvo que entregar casi 1.000 millones de dólares en subvenciones a los granjeros de Iowa, quienes han visto cómo la soja se pudría en los almacenes o han tenido que enterrarla por falta de espacio.

La feria de maquinaria agrícola Iowa Power Farming Show en Des Moines. (G. Cervera)
La feria de maquinaria agrícola Iowa Power Farming Show en Des Moines. (G. Cervera)

Aun así, una encuesta de 'Farm Futures' reflejaba que el apoyo de los granjeros estadounidenses a Donald Trump no solo no desfalleció sino que subió del 60 al 67% entre 2018 y 2019. Una proporción mucho mayor al 40% de respaldo nacional y una cifra aparentemente paradójica, teniendo en cuenta que las subvenciones estatales solo cubrieron una parte de las pérdidas de las granjas.

¿Me puedes explicar el precio del maíz?

El Medio Oeste, un océano de tierra que separa las dos costas de Estados Unidos y que los norteamericanos llaman 'the heartland', el corazón del país, todavía guarda una pureza mítica, como si volviésemos al mundo antiguo: las vastas extensiones despobladas, el aire cristalino y la vida práctica e independiente de los pioneros.

En cierto modo, Schlichting es un hombre del neolítico. Las 450 hectáreas de terreno, donde cultiva soja y maíz junto a su padre y su tío, demandan un pacto de honor: los granjeros miman y exigen a la tierra, y esta les entrega su fruto. Aunque solo si los dioses quieren. Como en el neolítico, llevar una granja tiene sus ritos y supersticiones. “No trabajo los domingos”, dice Schlichting. “Una vez, mi abuelo Walt, en los años cincuenta, trabajó un domingo y la soja fue arrasada por el granizo. Así que descansamos y vamos a la iglesia. Es nuestro Shabbat”.

La esencia del trabajo sigue siendo prehistórica, pero los accesorios han cambiado. “Mi padre tiene 71 y mi tío 73. He aprendido mucho de ambos, pero, a medida que se hacen mayores, aprenden mucho de mí gracias a la tecnología. Hemos pasado de tener, a principios de los noventa, un monitor como una caja así de grande que todo lo que te decía era 'sí, hay maíz creciendo en la tierra'... A monitores que te dicen todo lo que alguna vez has querido saber sobre ese maíz o esas alubias”.

Le pregunto de qué depende el precio de la fanega de soja. El gigante mira su teléfono móvil y se ríe. “Hace 20 años, si había sequía, sabías cómo colocar el producto, o si teníamos mucha lluvia, o si la cosecha se retrasaba. Oferta y demanda. Muy, muy simple. Ahora, por ejemplo, ha salido un informe del Gobierno diciendo que estábamos cortos de maíz. Si estamos cortos de maíz, el precio sube, ¿no? Bueno, pues bajó 12 céntimos. ¿Por qué? Si me lo puedes explicar, sería genial”.

Puesto del proveedor de semillas Kruger. Iowa Power Farming Show, Des Moines. (G. Cervera)
Puesto del proveedor de semillas Kruger. Iowa Power Farming Show, Des Moines. (G. Cervera)

La feria de maquinaria agrícola de Des Moines, que se celebraba por esas fechas, era un buen indicador de los ánimos rurales. Las tenazas de la guerra comercial apretaban los ingresos de estos agricultores, pero aquí estaban ellos, mirando tractores grandes como edificios. Todos los granjeros de la feria vestían igual: pantalones vaqueros y camisa de franela, en la cabeza una gorra y en los pies unos zapatos gruesos como barcos para echar el día caminando por el terruño. Es como si fueran de uniforme. Su país libra una guerra comercial. Y ellos son los soldados.

“En los años treinta, se cometió el error de no parar a Hitler a tiempo. El mundo permitió que se rearmara y cuando le quiso parar los pies, ya era demasiado tarde”, explica un granjero de Michigan que prefiere no ser identificado. Le acabo de preguntar por China. Dice que no tiene nada ni contra los chinos ni contra su milenaria cultura, pero que si hay que luchar, se lucha. Y cuanto antes. “Mejor perder una granja ahora que ser destruido militarmente en el futuro”.

Donald Trump ha calado en una parte de la clase obrera blanca, por muchas razones: el declive de las regiones rurales, la nostalgia, el miedo a la inmigración, el uso de la mentira y la demagogia o el rechazo a lo que perciben como la arrogancia demócrata. Uno de los motivos, que engloba a todos los demás, es la sencillez. El hablar directo, como si fuera un obrero del metal. Unir el punto A con el punto B y llamar a las cosas por su nombre. Mientras las ciudades se alejaban del 'heartland', con sus películas subtituladas y sus ataques de narcisismo, Trump hablaba de dinero y de empleo, y trabó conversación con la mitad del país que sabía cambiar una rueda o distinguir un martillo de uña de uno de bola. La convirtió en un equipo. Y él es el capitán.

“Necesitábamos un cambio”, dice Casey Schlichting. “Necesitábamos a alguien que intentase gestionar el país como si fuese un negocio. Yo mismo, como pequeño empresario, creo que un presidente republicano es mejor para los pequeños negocios. Los entienden mejor. ¿Era Trump el cambio correcto? No puedo responder a eso, no lo sé”.

El agricultor es políticamente flexible, como también lo es Iowa. En 2008 y 2012, el estado se pronunció a favor del bando urbanita, capitaneado por un político mestizo, Barack Obama. En 2016, en cambio, dio la victoria al anti Obama, Donald Trump. La oscilación se dio en un tercio de los condados de Iowa. En Howard County, por ejemplo, el salto de demócrata a republicano fue de 41 puntos.

Dejad a Trump hacer su trabajo

La polarización, según Schlichting, es un palo en las ruedas del país y de la presidencia. “Me gustaría mucho, mucho, que nuestros senadores le dejasen hacer su trabajo durante un mes”, dice el granjero sobre Donald Trump. “Simplemente, que lo dejen en paz. Que haga su trabajo durante 30 días, a ver qué pasa. Como presidente. Sin ninguna otra mierda sucediendo al mismo tiempo. Ha sido una caza de brujas porque no lo pueden aguantar desde el día en que fue investido”.

A principios de febrero, cuando Iowa era un paisaje polar, de tierra blanca y horizontes azules, el granjero se preparaba para el periodo de la siembra. Cursillos, actualizaciones, licencias, compra de maquinaria y de productos. La época de la siembra, de hecho, es su “tiempo de relax”. Schlichting hunde las botas en la tierra, respira el aire frío de la mañana, se sube a su tractor favorito y recorre los cultivos a paso lento, escuchando 'podcasts' de levantamiento de pesas.

Asistente a la feria de maquinaria agrícola en Des Moines. (G. Cervera)
Asistente a la feria de maquinaria agrícola en Des Moines. (G. Cervera)

Han pasado varios meses desde la entrevista. El mundo es un lugar diferente. La pandemia ha detenido las ruedas de la maquinaria social y económica, también de la cadena alimenticia. El coronavirus ha paralizado temporalmente la producción en diferentes plantas cárnicas en Estados Unidos y esto ha hecho que muchos ganaderos, incapaces de dar salida a sus piaras, las sacrificasen. Uno de los principales alimentos de los cerdos es el maíz. A menos cerdos, menos ventas por parte de granjeros como Schlichting. Aun así, la rutina del gigante conserva su pureza neolítica: el antiguo pacto de honor con la tierra.

“Pasé tres semanas trabajando en mis máquinas. Es mi propia versión de distanciamiento social”, dice ahora por teléfono. “En Iowa hay 3,2 millones de habitantes y ha habido unos 500 fallecidos [a principios de junio], la mayoría personas mayores. La gripe mata más gente cada año. En nuestro condado hay 23 contagiados. Así que no estoy tan preocupado”.

¿Y la situación con China? “Mi bola de cristal está un poco empañada”, se ríe. “China es un gran interrogante, el tiempo es un gran interrogante, la demanda general es un interrogante, porque hay mucha ganadería que no ha sido procesada”, añade. “Empecé a trabajar en la granja, con mi padre, en el año 2000. Y no he tenido dos años seguidos de mercado consistente en 20 años. Pero este es, con mucha diferencia, el año más confuso que hemos tenido”.

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