EN PATTAYA

Sin clientes europeos, la prostitución se apaga en la mayor 'ciudad-burdel' del mundo

La mayoría de los interesados en contratar los servicios son hombres indios, la última esperanza de la industria local ante la caída de visitantes europeos en los últimos años

Foto: Una mujer, sentada fuera de un bar en Pattaya, Tailandia. (Reuters)
Una mujer, sentada fuera de un bar en Pattaya, Tailandia. (Reuters)

Hay una noticia que se repite con frecuencia en la prensa tailandesa. “La policía ha investigado los bares de Walking Street en Pattaya y no ha encontrado rastro alguno de prostitución”. Dicho titular lo acompaña siempre una foto con una docena de agentes sonrientes frente a un decorado de neones de sugerentes nombres. Gatas salvajes, chicas sucias o 'show' de rusas puede leerse a veces en las fotos tras los uniformados que fuerzan esa sonrisa tan siamesa que suele usarse para decir que todo está bien.

Para muchos, lo sorprendente es que este año cada dos por tres se topen en la prensa con la noticia de que la policía ha certificado que no hay prostitución en el epicentro del sexo en Pattaya. Asunto curioso cuando se conoce a la ciudad como “el mayor burdel del mundo” y se estima que un millón de turistas sexuales recorren sus calles cada año, aunque se enfrenta a un lento declive. "Los europeos han desaparecido", asegura Damrongkiat Phinitkarn, el secretario de la Asociación de la Industria del Entretenimiento en Pattaya, que cifra en un 30% la caída de turistas en el último año.

“Eso es porque este año estamos jodidos”, grita con una voz muy rota Jimmy, inglés y propietario de un bar de chicas en el soi 6 de Pattaya. Apostado en el billar de su bar y sin quitarse el cigarrillo de la boca opina que “no hay occidentales este año y la policía echa de menos lo fácil que es estafarle multas a los blancos”. Algunos momentos antes, Jimmy casi le estrelló una botella de cerveza a un cliente en la cabeza por decir que las mujeres de su bar eran feas. “Con lo difícil que es hoy en día conseguir chicas que muevan el culo”, refunfuñó. El incauto al que le iba a caer un botellazo se salvó porque vestía una camiseta de Iron Maiden, la banda favorita del propietario británico.

El soi 6 donde está el bar de Jimmy es de las calles de chicas más populares de Pattaya, y para muchos la ubicación donde empezar una tarde canalla. De cara a la galería, no hay prostitución. Las chicas en paños menores se apostan en la entrada de los bares y, dicen, solo quieren que los clientes las inviten a copas.

Por supuesto, es todo un decorado. Cualquier chica de los bares del soi 6 se irá con un cliente si le ofrecen lo suficiente. Y en casos de calentones apresurados, algunos bares tienen cuartos con camastros. Aunque muchos se andan con ojo: en una redada que sí dio resultados la policía cerró un bar en el que, dijeron, habían descubierto prostitución. E incluso a una menor que vendía su cuerpo allí. Pero a Jimmy no le preocupa. “Fueron de listos y no quisieron pagar a la policía su mordida”, se burla antes de darle otro trago a otra cerveza.

“Inglés necesario y posibilidad de ganar mucho”

Al caer la noche, desde el soi 6 muchos toman el camino hacia Walking Street, el lado más canalla de Pattaya. Donde están las discotecas y los bares más importantes en los que las chicas bailan desnudas. Es una caminata más o menos apacible junto al paseo marítimo, aunque se deba sortear a vendedores callejeros de Viagra y las numerosas mujeres que se ofrecen al personal. La mayoría de los interesados en contratar sus servicios son hombres indios, quienes representan la gran esperanza de la industria local para seguir recaudando, ahora que los europeos escasean más que nunca.

Antes de llegar a Walking Street me llama Vicky y trata de convencerme para invitarme a una copa en su bar. Tiene a ocho chicas en plantilla y lleva poco tiempo al frente del local, muy cerca de esta calle.

—Oye, si te encuentras con alguna muchacha que quiera trabajo dile que busco personal —me comenta.

—¿Qué tipo de trabajo ofreces?

—Ya sabes, lo de siempre. De las siete de la tarde a las dos de la madrugada. El uniforme lo ponemos nosotros.

Con “lo de siempre” Vicky se refiere al oficio de chica de bar. El uniforme que ofrece suele ser parecido al de una colegiala pero con tacones de aguja afilada, y la principal tarea de las empleadas es captar a clientes para que beban copas. Por supuesto, el que le paga una bebida a alguna de ellas -a precios más caros- tiene derecho a hacerse el cariñoso y tocar hasta donde la joven permita.

El trabajo es voluntario, por supuesto. Y el sexo también. Si un cliente quiere pagar por ello, la chica antes ha de aceptar y fijar una tarifa, que fácilmente será de unos 60 euros por un rato en la habitación del cliente, que además tendrá que abonar unos 15 euros al bar por dejar al local sin una trabajadora. Ese es el truco para que en Pattaya -y en otras zonas rojas de Tailandia- se ejerza la prostitución cuando la actividad esté prohibida. Solo en esta ciudad costera se estima que puede haber unas 27.000 trabajadoras sexuales.

—¿Qué salario ofreces? —le pregunto a Vicky, a quien no le importa que publique sus historias mientras no cite su bar.

—Solo por estar en el bar, 260 euros mensuales con un día libre. Pero tienen la posibilidad de ganar mucho dinero.

—Vale, ¿y cuánto es mucho dinero?

—Tienen comisión por cada copa que les paguen y, si se van con un cliente o dos casi cada día, pasan de los 2.000 sin problema. Y si son guapas pueden pedir el doble y ganarse un buen dinero. Pero ahora es incluso más difícil encontrar clientes que chicas.

Vicky se refiere a la falta de extranjeros occidentales. Según ella, la culpa la tienen los asiáticos y las chicas que empezaron a subir la tarifa. Pattaya históricamente fue el patio de recreo de hombres europeos, americanos y australianos en su mayoría que venían siempre en sus vacaciones, pero Tailandia es cada vez un país más caro y algunos ahora no vuelven. “Los asiáticos les pagaban 200 euros a cualquier chica como si nada, así que muchos europeos dejaron de venir cuando les subieron la tarifa”, explica Vicky. Ella se queja porque quienes más visitan los bares solían ser los europeos.

Chicas desnudas y hombres indios callejeando

Es cierto que Walking Street, el epicentro sexual de Pattaya, ya no exhibe la misma estampa que años atrás. Las caras occidentales son cada vez menos habituales y, además de los grupos de turistas chinos en viaje organizado que hacen fotos a las trabajadoras sexuales como si fueran atracciones turísticas, los nuevos visitantes son los hombres indios. La apertura de nuevas rutas de bajo coste entre su país y Tailandia ha modificado el paisaje de Pattaya.

La policía turística sigue en el mismo lugar, junto a las trabajadoras sexuales que pueblan las entradas de los bares, como si fueran ajenos al comercio del lugar. Aunque no lo son.

Lo saben muy bien en un popular bar del soi LK Metro que tiene nombre de realeza. Cada vez que los agentes van a hacer una redada reciben una llamada para que todas las jóvenes estén vestidas y ninguna empleada en algo que pueda considerarse ilegal. En dicho gogobar llegaron a tener trabajando a chicas menores de edad a las que les daban el día libre durante las redadas. Según los dueños, era decisión de ellas trabajar allí y les ocultaban la edad a los clientes. El turista sexual sabe que la prostitución está prohibida en Tailandia, pero no obvia que el asunto de las menores puede salirles muy caro.

En mitad de Walking Street, como siempre, el incombustible Windmill es anunciado a bombo y platillo, aunque se encuentre en un callejón. Lo cerraron unos días en primavera porque ahí sí encontraron indicios de prostitución este año. Como si no hubiera pasado nada, Windmill sigue abierto y su dueño occidental ha abierto otro local gemelo delante.

En Windmill, como cada noche, es fácil ver el esperpéntico espectáculo que popularizó al local. Todas las mujeres en el tugurio bailan desnudas encima de las barras y los clientes beben cerveza junto a ellas. O más bien, frente a sus vaginas. Algunos hombres, entre risas, optan por una de las excentricidades del bar: por unos tres euros lamen los genitales de alguna bailarina durante unos segundos. Otros, por eso del show, se sientan frente a una bañera que sirve de urinario para las chicas, que hacen lo suyo delante de todo el mundo. Todo está permitido en Windmill. Bueno, casi todo. Es imposible sacar una foto dentro del recinto. Incluso chatear puede violentar a los de seguridad.

La noche se alarga en las discotecas. Aunque la competencia ha aumentado, Insomnia sigue siendo la referencia. Su éxito radica en que, como muchos dicen, parece una discoteca normal. Se sirven copas, los pinchadiscos ponen música electrónica y la gente baila. Chico conoce a chica, lo de siempre. Solo que la mayoría de chicas son trabajadoras de la noche y, además de pasar un buen rato, les gustaría cobrar por ello.

Muchos dicen que ya no es lo mismo en Insomnia, que se ha profesionalizado y el juego es cada vez menos juego y el negocio más visible. Hay noches, entre semana, que en la discoteca casi todo el público a cierta hora es femenino. Porque Insomnia es -o era- territorio mayoritariamente de hombres occidentales y los indios no lo tienen como su favorito.

Entrada la madrugada y con los primeros rayos de sol, aún quedan algunos clubes abiertos y muchas mujeres deambulan buscando una última oportunidad. ¿El lugar más poblado? Sin duda, la nueva macrodiscoteca para hombres indios y mujeres tailandesas que ha abierto dentro de un hotel. Al encontrarse encerrada en ese edificio, las hasta 2.000 personas que caben dentro pueden estar hasta el mediodía bailando y bebiendo.

Cuando salen al exterior la ciudad ya está a pleno ritmo, aunque aún perduran los restos de la noche. Es posible ver a aquellos hombres que se enamoraron al calor de los neones y durante el día pasean en bañador junto a mujeres a las que doblan la edad, pero también a otros adultos tirados en la playa, como si estuvieran muertos de la resaca que se avecina.

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