UN MUSEO DESCONOCIDO

Bienvenidos al parque de atracciones de Hezbolá, la verdadera casa del terror

"Donde la tierra habla al paraíso", se lee al entrar al recinto. Un tobogán para niños sostenido en un cañón girado se ve al final. En el medio, un museo al sur del Líbano que rinde culto a la muerte

Foto: El museo de Hezbolá. (J. B)
El museo de Hezbolá. (J. B)

"Donde la tierra habla al paraíso", se lee encima del arco de entrada. A la derecha está la taquilla. Son 4.000 liras por persona (2,3 euros). Hay una rampa adoquinada con un cuidado jardín a los lados. Todo está limpio. Hay hasta contenedores diferenciados de reciclaje de basura. A la izquierda está la tienda de 'souvenires' y a la derecha, una pequeña cafetería con algunas mesas de patio. En la rotonda central se contempla una sala de rezos, unos baños públicos y una especie de salón de exposiciones.

Para no perderse, unas señales escultóricas con forma de bala van indicando el trayecto a seguir. Siguiendo ese metafórico "disparo" se llega a una plaza, tras una espiral que va descendiendo, en la que se acumulan restos de armamento del Ejército de Israel. Estamos en el museo de Hezbolá, una especie de parque de atracciones de un grupo considerado terrorista por Estados Unidos y la Unión Europea.

En Líbano son una milicia y un partido político, con presencia en el propio Gobierno, temida por una parte de la población y admirada por otros muchos que rememoran su papel clave durante la ocupación israelí de una parte del país.

Unas fotos mandadas por WhatsApp del recinto a Habib, nuestro guía en esta tierra, nos dan la pista. Él, libanés, no conocía este lugar. Desde Tiro subimos con el coche por una escarpada montaña. Como todo el sur del país, esta es una zona dominada por Hezbolá. Sus banderas jalonan la autovía desde Sidón y en las pendientes de estas montañas se suceden las fotos de su santoral de mártires caídos en su guerra santa.

Algunos, muy jóvenes, parecen colegiales sonriendo el día de su graduación. Por todos lados, también, el retrato de su sacrosanto líder, Hassan Nasrallah, un hombre considerado inteligente y capaz hasta por sus adversarios. "Cuando él habla en la televisión le escuchamos todos en el Líbano. Reconozco que es un hombre muy sabio", comenta Khose, un cristiano que vive en Beirut.

El museo de la muerte

La casa museo de "El Partido de Dios" (significado de Hezbolá), acusado de tener un reguero de secuestros, atentados y muertes a sus espaldas, es un espacio desconcertantemente tranquilo. Un museo perfectamente diseñado entre una vegetación bien arreglada con una detallada propuesta museográfica.

En el centro de esa plaza central, donde se escucha el viento y el piar de algunas aves, hay carros de combate estallados, cascos, ropa y botas de soldados abatidos, vehículos calcinados, misiles, munición de mortero, restos de radares, restos de helicópteros. Destacando sobre todos ellos, un tanque con el cañón retorcido como el lazo de un zapato junto a un cartel en el que se puede leer: Merkava, el orgullo de la industria militar del enemigo.

Tobogán construido con un cañón. (J. Brandoli)
Tobogán construido con un cañón. (J. Brandoli)

La referencia a Israel y su invasión es constante. Algunas parejas pasean entre la exposición. Varias de las mujeres no llevan velo, no son musulmanas. "Israel también practica el terrorismo y mata a miles de inocentes", justifica una de esas parejas no musulmanas que se ha acercado al Mleeta Resistance Tourist Landmark.

En el camino hay carteles que narran la guerra de Hezbolá, sus tácticas y la razón de su existencia. Israel es siempre su diana

Comienza entonces un largo sendero que serpentea por la montaña. En el camino hay carteles que van narrando la guerra de Hezbolá, sus tácticas y la razón de su existencia. Israel es siempre su diana. No hay referencias significativas a otros países. Durante la caminata hay maniquíes que simulan ser soldados o equipos médicos militares colocados entre la vegetación y las trincheras.

Se escucha el sonido de radios emitiendo consignas militares y se llega entonces a uno de los famosos túneles, de unos 200 metros aproximadamente, que usan los terroristas. Un miliciano barbado de Hezbolá controla la entrada, con educación nos indica que entremos. Hay una familia musulmana con niños correteando entre los pasadizos. En el túnel se escuchan rezos y se va pasando por celdas donde hay estatuas de milicianos orando, salas de inteligencia o simples escondites.

Al salir, desde un claro de la montaña, se intuye a lo lejos Israel y algunas ciudades que Hezbolá presume de haber liberado del dominio judío en 1985: Zahraani, Nabatiyeh y Sidón. Los paneles explican sus tácticas de guerrilla y la importancia de la guerra mental entre restos de vehículos y helicópteros calcinados. Alrededor de esas escenas, un grupo de mujeres con sus 'niqab' (velo que solo tiene una rendija para los ojos) juegan con sus hijos en un parque con bancos.

"Somos los vencedores"

Finalmente, está la sala principal. Ahí las consignas son claras y políticas. Se suceden paneles con supuestas declaraciones de los líderes de Israel de las últimas décadas reconociendo sus derrotas ante un Hezbolá que se muestra omnipotente y victorioso. La iluminación es perfecta, el juego de vídeos e imágenes de altísima calidad, el mensaje de una violencia psicológica perfectamente medida. Hay pantallas que enumeran la larga lista de ataques y víctimas producidas por el ejército judío. Sin victimismo, en esta sala se vende que ellos son los vencedores.

Habib le pregunta al encargado de la cafetería ya casi al irnos por qué no se conoce más este museo. "No podemos publicitarlo más por la situación política, pero vienen miles de personas", dice el camarero. Hay servicios de guías concertados que ofrecen la visita en inglés, francés, español, persa y alemán. El museo -que se planificó durante cinco años y se construyó en tres- dice asegurar el confort y seguridad de sus visitantes.

Salimos del recinto. Justo acaba de llegar una familia grande con varios hijos. En la puerta hay una urna de cristal para donaciones. Fuera, pegada al aparcamiento, hay un área de juegos para los pequeños. Tras una valla, hay dos castillos hinchables gigantes de Spiderman y Bob Esponja, junto a una zona de ejercicio infantil que simula las áreas de entrenamiento para soldados. Un detalle llama la atención: el tobogán para los críos se sostiene sobre un cañón girado. Ese es el parque donde juegan los niños en el lugar donde se hablan la tierra y el paraíso.

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