CRÓNICA DE UN VIAJE A SIRIA

Un turista en la maldita Damasco tras 'el problema' de medio millón de muertos

Quedan sólo 40 guías turísticos en la urbe, antes de 2011 eran casi 1.000. Apenas nadie va allí desde 2011 cuando comenzó el horror. Ahora los locales esperan ansiosos a que reflote el turismo

Foto: Un unicornio en una calle de Siria. (J. B.)
Un unicornio en una calle de Siria. (J. B.)

Hemos pagado cuatro dólares de mordida al oficial que nos da el último permiso para salir del Líbano. Él sonríe, amigable, con el descaro impune de los guardas de frontera. Hace un calor del demonio a las once de la mañana. Por delante una carretera de buen asfalto se pierde entre colinas ocres. No sabemos si entramos a un país o una escombrera, Siria es 'terra incognita' para nosotros.

Unos cientos de metros después hay un cartel de publicidad que anuncia la Beauty Clinic. ¿Quién querrá publicitar una clínica de estética en Siria?, pienso. Es el primer cartel que veo que publicita algo. Los anteriores estaban abandonados, esqueletos de hierro que asemejan espantapájaros en un campo yermo. Un poco más allá veo otra publicidad de cruceros por el Mediterráneo con fecha de 2018. Parece irónico que en este país se publiciten viajes en barco por el Mare Nostrum. Hay demasiados cadáveres de sirios que se tragaron esas aguas subidos en barcazas -no cruceros- por huir del infierno.

Llegamos al Duty Free de antes de pasar la frontera. Un edificio nuevo de hormigón junto a un restaurante de comida italiano llamado Bella Luna. Hay dos chinos que se bajan de un coche. Nadie más. Hoy es viernes, día festivo para los musulmanes, y la frontera está casi vacía. “Aquí se encuentran productos que no hay en ningún lugar en Damasco”, señala Kamal, nuestro chófer que habla un inglés aprendido en las calles. Las vitrinas están efectivamente llenas de productos textiles, electrónicos, dulces y un amplio catálogo de buenos alcoholes.

Solventamos finalmente los distintos controles aduaneros -el visado lo solicitamos antes a través de una agencia- con pagos disimulados de mordidas que realiza nuestro guía Kamal. Baja la ventanilla, le da la mano al oficial y este se guarda el billete que se han pasado de una palma a otra. “Este ha sido el más caro, ocho dólares ha pedido el tipo que revisa las maletas”, señala el conductor, quien hasta 2009 trabajaba de artesano, “Era imposible competir con los productos chinos y tuve que cerrar”, recuerda.

Los primeros turistas en ocho años

“Entonces me pasé al turismo. Trabajaba ocho meses al año haciendo rutas para turistas. Este camino entre Beirut y Damasco antes de 2011 lo hice muchas veces, hasta que comenzó 'el problema'. Ustedes son mi primera ruta desde hace ocho años”, afirma con cierto entusiasmo. Él le llama "problema" a la guerra. La guerra no se menciona, se sobrevive y se intenta olvidar, algo que aprendí en otros conflictos. “Hace dos años regresé a la que era mi casa. La bombardearon, no sé qué bando, y no quedaba nada. Estos años hemos pasado hambre y sobrevivimos con ayudas y haciendo todo tipo de trabajos. Ojalá vengan más turistas como ustedes”, implora.

En uno de los tres 'check-point' militares hasta Damasco nos bajamos del coche y caminamos 50 metros en paralelo al vehículo que pasa por un escáner para comprobar que no lleva bombas. “Este subió de precio. Me conozco la tarifa de estos tres controles porque algún sábado vengo aquí con mi familia a un lago cercano a comer. Es un sitio bellísimo con albaricoques y cerezos”, asegura nuestro chófer. La posibilidad de hacer un 'picnic' en las montañas no encaja bien en el marco preconcebido que tenemos de Siria.

La carretera no tiene un solo rastro de la guerra que aún se libra en alguna parte de este país. No hay coches calcinados, ni restos de morteros, ni casas derrumbadas por la orgía de bombas que aquí padecieron y padecen. ¿Dónde? Al norte, parece -supongo- por las crónicas de mis compañeros periodistas que sí conocen el terreno. El único rastro del horror que yo veo son los esqueletos de hormigón que se ven a los lados de la carretera. Vemos una urbanización de chalets de colores de aspecto lustroso hoy envuelta entre una vegetación seca.

“La mayoría de edificios que se estaban construyendo cuando empezaron los problemas en 2011 fueron abandonados”, dice Kamal. Muchos de esos edificios a medio terminar son hoy las viviendas de los soldados del ese sí rastro perenne del paisaje, el presidente sirio, Bashar Al-Ásad, cuya imagen está tatuada por todas partes. En ocasiones su imagen comparte espacio, como una estrella de rock, con su hermano menor Maher, comandante de la Guardia Republicana, o el líder de Hezbollah, Hasan Nasrallah.

"¿Y a quién vendes? A nadie"

Llegamos a Damasco, a la Bab Touma Square. Tres soldados descansan bajo una lona con la bandera siria. En la vieja muralla hay fotos de los mártires caídos del ejército de al Assad. Es el inicio del casco histórico. Nos alojamos en el Beit al Mamlouka, la primera vieja casa árabe convertida en hotel en la ciudad. El edificio tiene tres siglos. Nos recibe con alegría su dueño, Tony Mezannar: “Bienvenidos y gracias por visitar Damasco y visitar nuestra casa. Muchísimas gracias”, repite compulsivamente.

Nos mejoran la reserva y nos dan la suite del hotel, un inmenso cuarto con pinturas del siglo XVII y una fuente en el medio que cuesta en torno a 80 dólares la noche. “Yo me dedico como mi familia al comercio de telas de seda, somos los más antiguos de Damasco, y el mes que viene espero poder abrir unos baños turcos que estoy reformando”, señala. Tony es un entusiasta de la Liga, el verdadero pasaporte hoy de los españoles, y rápido saca el tema: “Yo soy del Barcelona, pero el Real Madrid cometió el error de vender a Ronaldo. No hay dos Ronaldos”. ¿Se sigue mucho aquí la Liga? “Aquí todo el mundo es del Madrid o del Barcelona”.

Salimos a dar una vuelta por las calles. Junto a una juguetería hay un coche que porta en la baca un hinchable de unicornio. Tampoco esperaba ver unicornios en Damasco. Varias personas en la calle nos dicen 'welcome' al reconocernos como turistas, algunos nos ofrecen tomar un café en sus tiendas y otros quieren hablar de fútbol al sabernos españoles. En un bar hay una pegatina enorme con los escudos del Real Madrid y el Barcelona que pone El Clásico.

Yo estudiaba en el Cervantes hasta que cerró. Ahora ya no puedo aprender su lengua, queda una academia pero es muy mala

En la Straight Street, o vieja calzada romana, entramos en una tienda que vende restos del mundo. Hay desde un tocadiscos y un gramófono antiguo, hasta teteras, discos de vinilo, abrecartas o laudes. El dependiente habla un aceptable español. “Yo estudiaba en el Instituto Cervantes hasta que cerró. Ahora ya no puedo aprender su lengua, queda una academia pero es muy mala”. ¿Viene alguien aquí? “No, aquí hace años que no pasan turistas. ¿Y a quién vendes? “A nadie. No vendemos nada”.

Unos pocos metros después hay una tienda de artesanía de cajas de maderas decoradas con nácar. “Todo lo que ve usted aquí son piezas de 2010 y 2011”, dice en perfecto inglés el artesano que pide entre 200 y 800 dólares por sus trabajos. No hace rebajas. Las cajas se amontonan por todos lados. El mundo se quedó aquí congelado aquel 15 de marzo de 2011 que comenzaron las protestas.

En otra tienda, en la zona laberíntica de esta ciudad sacada de 'Las mil y una noches', cuelgan en la puerta dos carteles ya muy decolorados donde se lee 'vellkommen' (noruego y danés) y 'bienvenue' (francés). Un hombre mayor con bata y bigote blancos es el dependiente. Solo habla árabe. Nos entendemos con la calculadora. Sus cerámicas se amontonan en los estantes cubiertos de varios dedos de polvo. Tanto, que cada pieza debe lavarla en un grifo y pasarle un paño para distinguir ciertos detalles. Llama por teléfono y nos pasa a una persona que habla inglés para cerrar precios. Toda la tienda parece que puede desintegrarse si cerramos de un portazo. Comemos en un restaurante cercano dos platos principales y unas cervezas que al cambio son seis dólares.

"A ella le gusta la gasolina..."

La tarde-noche es más movida. El zoco musulmán se llena de gente pese a ser su día festivo. Pasan mujeres portando su hiyab junto a mujeres sin cubrirse el pelo y vestidas de fiesta. En la parte cristiana, hay discopubs abiertos. Me fijo en un sitio que se llama Esco y tiene toda la fachada con caras de Pablo Escobar de la serie Narcos. Enfrente hay un local que se llama Loca. Suena reggaetón. Pasa un coche con la música a todo volumen y un sonido inconfundible: “A ella le gusta la gasolina, dale más gasolina”. Esa noche cenamos en el que nos dicen mejor restaurante de Damasco, el Naranj Restaurant. Pagamos al cambio 33 dólares por un entrante, dos platos principales interminables, postres, fruta y vino libanés.

A la mañana siguiente quedamos con Bassam. Es un viejo guía sirio que aprendió español en Cuba. Es una especia en extinción. “Hasta 2011, éramos casi mil guías en Damasco, hoy solo quedamos unos 40. La mayoría se marcharon con la guerra. Los guías españoles éramos los más cotizados porque España era el principal país de turistas. Tanto, que muchos nos tenían envidia a los que hablábamos español y comenzaron a aprenderlo. Yo trabajaba los 365 días del año. De pronto empezó 'el problema' y en una semana me cancelaron todos los viajes. El último fue en mayo de 2011. Luego, hasta finales de 2017, nadie regresó. Desde entonces, ustedes son mis quintos clientes”.

Lo dice todo frente a una de las pocas estatuas que se han recuperado de las ruinas de Palmyra en el museo de Damasco. “Un grupo de arqueólogos polacos reconstruyó este vieja pieza. Los locos barbudos lo destruyeron todo. Son unos hijos de…”, dice con rabia. ¿Cómo llegasteis a esto? “Fue rápido. Comenzaron a hablar en las mezquitas y prendió la mecha. Yo me preocupaba porque no salían de centros culturales los manifestantes, salían de mezquitas, gente radical, sin cultura”, explica a la vez que vamos viendo salas del museo y él, también, veo que paga “propinas” para que los guardas abran estancias presuntamente cerradas al público.

Bassam vivió dos años en una zona controlada por un grupo islamista. “Ellos no eran tan radicales como Daesh o Nusra, pero me pasé dos años disimulando, sin decir lo que pensaba, callado siempre. Mi hijo mayor quedó traumatizado. Era un niño de siete años cuando empezó todo y los bombardeos le dejaban paralizado. Lo he mandado a vivir al extranjero con un tío y empieza a recuperarse, pero apenas habla aún”. Narra todo mientras paseamos por el zoco, entramos en la vieja mezquita Omeya, algunas iglesias o accedemos a la mezquita chiita de Sayyidah Ruqayya. Mezcla en sus relatos el horror con el humor de forma natural.

El humor negro de la guerra

“Cuando empezaban las bombas nos encerrábamos en el baño mi mujer, mis dos hijos y yo. Una vez que todo explotaba cerca, el pequeño estaba con diarrea y se hizo todo encima en la bañera. No se iba la mierda por el desagüe. El olor era insoportable y yo les dije que prefería bajar y que me mataran a seguir ahí”. Se ríe al recordarlo. Nos reímos. Un niño de pocos años con diarrea bajo un bombardeo puede ser una broma.

Vamos también a recorrer otras partes modernas de la ciudad. Mercados callejeros, la única calle peatonal llena de tiendas de zapatos y ropa de mujer, la antigua zona de las hoy cerradas embajadas, peluquerías donde los adolescentes pagan por mirarse en los espejos, estudiantes que charlan en la puerta de una universidad llamada La Sagesse y gente que corre antes de que se abran los semáforos. ¿Volverá la vida de antes? “Con tiempo, pero la gente está triste, las familias se han roto”, responde Bassam.

Nunca le robé nada a nadie. Poco a poco la situación cambiará, vendrá más gente como ustedes. La gente quiere vivir

Es tarde, debemos volver al Líbano. Regresan en la carretera las mordidas, los abusos de los soldados, hoy más descarados que ayer. ¿Qué piensas de estos pagos, Kamal? “Me dan asco, pero no podemos hacer nada. Los soldados ganan 50 dólares al mes. La vida ha subido un 1.000% sin mejorar los sueldos. Lo que antes valía 50 liras, ahora vale 500. Yo estuve un año con mi familia sin apenas comer. Comíamos lo que nos daban algunos familiares y lo poco que yo conseguía. Nunca le robé nada a nadie. Poco a poco la situación cambiará, vendrá más gente como ustedes. La gente quiere vivir”.

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