el nuevo presidente toma posesión

Nueva era en México: la gran incógnita de López Obrador

Presidente a la tercera, el líder izquierdista asume hoy el cargo en medio de grandes expectativas. Su programa progresista es tan amplio que casi todo el mundo puede verse identificado

Foto: Andrés Manuel López Obrador se dirige al ejército mexicano durante un acto militar en Ciudad de México, el 25 de noviembre de 2018. (Reuters)
Andrés Manuel López Obrador se dirige al ejército mexicano durante un acto militar en Ciudad de México, el 25 de noviembre de 2018. (Reuters)

El próximo lunes, el avión que ha servido para los viajes del presidente de México será puesto a la venta. La aeronave, que tiene un valor de unos 370 millones de dólares, fue utilizada ampliamente durante la presidencia de Enrique Peña Nieto que hoy termina. Su sucesor, Andrés Manuel López Obrador, lo calificó de “ofensa para el pueblo” y ha anunciado que viajará siempre en aerolíneas comerciales.

Aunque en la práctica es discutible el ahorro que eso supondrá para las arcas del Estado mexicano –garantizar la seguridad de un presidente que viaja en un avión convencional tampoco es exactamente barato-, el simbolismo no podría ser mayor: empieza una nueva era en México, gobernada por alguien que ha cultivado cuidadosamente su imagen de hombre del pueblo y no quiere verla mancillada por lujos de ese tipo. No es, en suma, Peña Nieto, pero tampoco Nicolás Maduro.

López Obrador toma hoy posesión del Gobierno mexicano, y su fama de honestidad personal le precede: nadie ha podido encontrarle puntos oscuros de corrupción, pese a los vastos intereses casi desesperados por hallar formas de desacreditarle. A lo único que se ha podido recurrir es a asegurar que el suyo será un nuevo Gobierno bolivariano en la frontera sur de EEUU. Una consigna repetida a bombo y platillo por sus enemigos políticos y enarbolada como espantajo a medida que el proyecto chavista se deshilacha en Venezuela, y con él el país.

Su fama de honestidad le precede: nadie ha podido encontrarle puntos de corrupción, pese a los vastos intereses casi desesperados por desacreditarle

Pero nada de eso ha bastado para impedir que AMLO, como se le conoce en México, haya sido elegido por un histórico 53% de sus conciudadanos, hastiados de la corrupción del Partido Revolucionario Institucional (PRI) e insatisfechos con su única alternancia en el poder hasta ahora, el Partido de Acción Nacional (PAN) de Vicente Fox. Tal vez los votantes de López Obrador no se creen lo de la nueva Venezuela al sur del Río Grande, o tal vez el hartazgo con la clase política actual es tal que están dispuestos a probar cualquier otra cosa, a ver si resulta.

Peña Nieto deja el poder con mínimos históricos de popularidad. No es de extrañar en un presidente cuyo último acto de gobierno ha sido firmar una renegociación del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (TLCAN) en términos impuestos por Washington, es decir, todavía más beneficiosos para EEUU. Un acuerdo que estimuló la macroeconomía de México pero empobreció a millones de sus ciudadanos, y al que AMLO y su entorno se han opuesto por principio. Ahora será el nuevo Gobierno de izquierdas quien, a su pesar, tendrá que lidiar con las aristas del tratado y su implementación. No lo tendrá fácil.

El entorno de Peña Nieto defiende que esta renegociación era necesaria para mantener la estabilidad económica de México, y puede que tengan razón. Pero quizá sería más fácil de tragar para los ciudadanos mexicanos si no se hubiese visto acompañada de una serie de humillaciones por parte de la Administración Trump, desde la construcción del muro fronterizo y la insistencia en que será México quien lo pague a las groseras y despectivas llamadas de Trump a Peña Nieto, por no hablar de las menciones a los mexicanos como “violadores” y “criminales”.

Andrés Manuel López Obrador (2i) juramenta como nuevo jefe de Estado de México. (EFE)
Andrés Manuel López Obrador (2i) juramenta como nuevo jefe de Estado de México. (EFE)

Pero este, como un enajenado político, ha insistido en echar gasolina al fuego mostrando una actitud de total vasallaje hacia EEUU. En Los Pinos, la residencia oficial del presidente mexicano, tal vez no puedan evitar recibir una llamada intempestiva desde la Casa Blanca. Pero otorgarle a Jared Kushner, el yerno de Trump, la Orden Mexicana del Águila Azteca –la máxima condecoración del país- por sus “significativas contribuciones” a la renegociación del TLCAN, como hizo ayer en la cumbre del G-20, resulta excesivo.

Por cosas como esta, no es de extrañar que la ciudadanía mexicana quiera un cambio. El gran problema es determinar qué tipo de cambio, y en qué grado. La “Cuarta Transformación” que ha prometido llevar a cabo (las otras tres fueron la independencia de España, la reforma secular de Benito Juárez para separar Iglesia y Estado, y la Revolución Mexicana) es lo suficientemente inconcreta como para que casi todo el mundo pueda sentirse vinculado. El problema es que el riesgo de decepción –y de deserción- es muy alto.

Su programa incluye la lucha contra la pobreza, la corrupción y la inseguridad ciudadana, una nebulosa reforma energética y la austeridad en la política, lo que incluye reducir su propio sueldo a la mitad que el de Peña Nieto. Baraja, además, propuestas radicales como la legalización de las drogas o una posible negociación con el narco que incluya una amnistía parcial, como forma de atajar una violencia que ha alcanzado máximos históricos.

La "Cuarta Transformación" que ha prometido llevar a cabo es lo suficientemente inconcreta como para que casi todo el mundo pueda sentirse vinculado

Presidente a la tercera, muchos observadores creen que las derrotas anteriores le han enseñado pragmatismo, y ante aquellos que le acusan de ser un marxista radical incapacitado para gobernar ponen el ejemplo de sus años al frente del Distrito Federal, la capital mexicana, marcados por la transparencia y la eficacia gestora. Pero otros señalan que su propia cruzada anticorrupción se ve erosionada por la inclusión en su plataforma de representantes políticos notoriamente corruptos. Desde el entorno de López Obrador se limitan a señalar que probablemente no es posible castigar los delitos de este tipo cometidos en el pasado, pero que el nuevo presidente será implacable con lo que suceda a partir de ahora.

El peor enemigo de AMLO parece, por ahora, su propio carácter errático: ha cambiado de postura varias veces en cuestiones como la renacionalización del sector petrolífero del país, ampliamente privatizado por su antecesor, lo que ha destrozado la confianza de los inversores. Además, en una concesión a sus bases, ha optado finalmente por cancelar el proyecto del nuevo aeropuerto de México tras conocerse los resultados de un referéndum informal sobre dicha cuestión, pese a que muchos expertos consideraban que no podía hacerse puesto que las indemnizaciones serían astronómicas, lo que ha sacudido su supuesta imagen de pragmático.

¿Qué le espera a México a partir de ahora? ¿Una gestión impulsiva que debilite la economía y asuste al capital extranjero, o una ‘nueva política’ que logre resultados donde todos se han estrellado hasta ahora con fórmulas más convencionales? La realidad es que, hoy por hoy, López Obrador es una gran incógnita.

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