Burbuja turística, inmunidad y banqueros presos: Islandia, diez años tras el derrumbe
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"algo se ha roto en nuestra sociedad"

Burbuja turística, inmunidad y banqueros presos: Islandia, diez años tras el derrumbe

Que Islandia haya conseguido salir airosa de tales dificultades se debe al crecimiento del turismo, la buena gestión del Gobierno y la intervención del FMI. No obstante, hay secuelas

placeholder Foto: Manifestación contra el ex primer ministro Sigmundur David Gunnlaugsson en Reykjavik, en abril de 2016. (Reuters)
Manifestación contra el ex primer ministro Sigmundur David Gunnlaugsson en Reykjavik, en abril de 2016. (Reuters)

El fallido World Trade Center de Reikiavik empezó a construirse hace poco más de diez años. Era la última fase del 'boom', cuando la fiebre por el crédito fácil llegaba a su punto más álgido y también más peligroso. Los llamados "vikingos financieros" se habían paseado por medio mundo vendiendo sus arriesgados productos y embaucando a miles de ahorradores. Pero, de pronto, en septiembre de 2008, todo se derrumbó. Y en el solar donde debería haberse erigido la nueva sede de uno de los bancos quebrados, quedó sólo un gran agujero, la herida visible que, con el paso del tiempo, acabaría convirtiéndose en uno de los símbolos más emblemáticos de la locura de aquellos años. Por eso, que ahora, justo en ese mismo lugar, se esté edificando un Marriott hotel dice mucho de la rápida transformación que ha vivido desde entonces la economía de Islandia.

Tras la caída de Lehman Brothers, el mundo entero se hundió. Las turbulencias financieras se expandieron vertiginosamente por todo el globo, siendo la pequeña Islandia, con sus escasos 340.000 habitantes, uno de los países más afectados. Allí, la burbuja se había hecho enorme. Las tres principales entidades bancarias -Kaupthing, Landsbanki y Glitnir- habían crecido hasta superar en 10 veces el PIB, lo que hizo que la caída fuera especialmente aparatosa: los bancos quebraron, la corona perdió la mitad de su valor y el paro se disparó. Se calcula que, desde entonces, unas 10.000 personas han perdido sus casas.

"Algo se ha roto en nuestra sociedad, la gente ya no confía en el sistema y tampoco en los demás ciudadanos"

Tras unos primeros años muy duros, de ajustes y recortes, control de capitales e intervención del FMI, Islandia empezó a ver poco a poco la luz. De hecho, se recuperó antes que los demás. En 2011 salía de la recesión y, en 2016, el crecimiento ascendía hasta el 7,2%. Un milagro que, en gran medida se debe al turismo.

En los últimos ocho años, la cifra de visitantes se ha quintuplicado. Y a este sector se debe el 45% del crecimiento del país. El año pasado, pasaron por Islandia casi 2,2 millones de turistas, una cifra inusitada para una de las naciones más aisladas del mundo, a la que antaño sólo viajaban los más aventureros.

"Todo esto ha generado muchos puestos de trabajo en la industria turística y en otros sectores, como, por ejemplo, el de la construcción, e ingresos tributarios. También ha implicado una considerable apreciación de la corona que, a su vez, ha incrementado la capacidad de compra de los islandeses. Los salarios son ahora más altos, incluso, que en los tiempos anteriores a la crisis", destaca el economista y ex ministro Gylfi Magnússon en una entrevista con El Confidencial.

Foto: El primer ministro Bjarni Benediktsson, líder del Partido de la Independencia, junto a Sigmundur David Gunnlaugsson, en Reikiavik. (Reuters)

Actualmente profesor asociado de la Universidad de Islandia, Magnússon asumió la cartera de Economía en la época más delicada. El Gobierno de centro derecha, que en los años previos a la crisis había impulsado la desregulación financiera que acabaría provocando el caos, acababa de caer y la nueva primera ministra, la socialdemócrata Jóhanna Sigurðardóttir, le pidió que le ayudara a reconstruir las descalabradas finanzas del país.

"Fueron tiempos muy extraños. Islandia trataba de navegar por aguas inexploradas bajo un estrés tremendo. Personalmente, fue todo un reto, una experiencia única con la que aprendí muchas cosas pero que espero no tener que repetir nunca más", admite, señalando que, "afortunadamente" las probabilidades de que algo así le vuelva a ocurrir "son muy bajas".

Sus días ahora como profesor de universidad son mucho más tranquilos y sosegados. Nada que ver con la grave situación que tuvo que afrontar diez años atrás. "Los desafíos eran muchos. Tuvimos que solucionar un enorme lío financiero con los balances insolventes no sólo de los bancos sino también de una buena proporción de empresas y familias".

Mucho turismo pero también buen gobierno

Que Islandia haya conseguido salir airosa de tales dificultades se debe, en parte, al crecimiento del turismo, sí, que llegó en el momento más adecuado, y también a la buena marcha del sector pesquero, que con una moneda devaluada, ganó en competitividad. Pero, otra de las razones está en la buena gestión del Gobierno y la intervención del FMI. Magnússon no es el único que lo afirma. El consenso sobre el acierto de las medidas tomadas es amplio.

Para evitar la bancarrota, las autoridades prohibieron todo movimiento de capitales hacia el exterior y tomaron el control de los tres bancos, pero sin asumir las pérdidas. Muchos dicen que no había alternativa, el país era demasiado pequeño y la deuda, demasiado grande para poderla nacionalizar.

Las autoridades prohibieron todo movimiento de capitales hacia el exterior y tomaron el control de los tres bancos, pero sin asumir las pérdidas

De las cenizas de los bancos, surgieron tres nuevas entidades: Islandsbanki, Arion Banki y New Landsbanki. Sus carteras se simplificaron y operan únicamente en el mercado nacional. "Un sistema que se ajusta mucho mejor a la economía local, más pequeño, menos caro y mucho menos arriesgado", asegura Magnússon.

En su opinión, otro aspecto a tener en cuenta es "la gran flexibilidad con que el mercado laboral islandés reaccionó a la crisis". Muchos de los que habían perdido el empleo, se reinventaron. Y hoy, una alta proporción de esas personas se dedica al turismo.

La capital se ha vuelto a llenar de grúas y también se ha multiplicado la oferta de hoteles, apartamentos y demás servicios para los turistas. Salen guías de debajo de las piedras y han surgido nuevos (y caros) restaurantes. Es lo que ocurre en una sociedad tan pequeña. Con los mismos habitantes que la provincia de Salamanca, para Islandia, la diversificación económica siempre ha sido una asignatura pendiente. Y cuando una determinada industria, como en este caso, la turística, empieza a funcionar, provoca una especie de contagio en la población que es difícil de parar.

placeholder Un manifestante durante una protesta contra el referéndum convocado por el Gobierno, en Reykjavik. (Reuters)
Un manifestante durante una protesta contra el referéndum convocado por el Gobierno, en Reykjavik. (Reuters)

La burbuja turística empieza a preocupar

Hace meses que el modo un tanto desorbitado en el que ha crecido este sector ha encendido las alarmas. Volar a Islandia es relativamente barato, sobre todo, en comparación con tiempos pasados. Pero, una vez en la isla, los turistas se están empezando a percatar de lo caro que es todo: la comida, los desplazamientos, las entradas para acceder a las principales atracciones...

Según las últimas cifras, las pernoctaciones ya han empezado a disminuir y algunas compañías, como algunos complejos hoteleros o las dos principales aerolíneas del país, empiezan a notar las consecuencias de su mala planificación. Han querido crecer demasiado rápido y mal y ya hay quien se pregunta si la nueva burbuja no podría derivar en una crisis similar a la de 10 años atrás. Los economistas, no obstante, coinciden en que la situación actual es muy distinta y que, si bien la desaceleración obligará a algunas compañías a reajustarse, nada presagia una caída tan descomunal como la acaecida en 2008.

A Ragnar Olafsson no le da miedo la situación actual. Tras la crisis, este especialista en educación impulsó junto al movimiento InDefense el referéndum con el que los islandeses se negaron a pagar las deudas contraídas por sus bancos en el extranjero. Ahora, le alegra ver que, diez años después, el país haya reflotado y vuelva a crecer. "En parte, esto se debe a no haber tenido que pagar ni a Holanda ni a Reino Unido" por la quiebra de las filiales que los bancos islandeses habían abierto en esos países, asegura.

Foto: Una imagen del volcán Eyjafjallajokull, en Islandia, al atardecer. (Reuters)

Puede que la economía haya mejorado. Sin embargo, "algo se ha roto en nuestra sociedad, la gente ya no confía en el sistema y tampoco en los demás ciudadanos", lamenta. El otro día, por ejemplo, estaba en el supermercado y se le cayó una bolsa. "Todo rodó por los suelos, las cebollas, la verdura. Sin embargo, nadie me ayudó a recogerlo. Había niños pequeños y ni siquiera ellos hicieron nada. Es algo que antes no pasaba antes. Los islandeses siempre nos hemos apoyado los unos a los otros", detalla.

Tras siglos de supervivencia en medio de una naturaleza hostil, cubierta de volcanes y glaciares, la sociedad islandesa siempre ha estado muy unida. Siendo una comunidad muy pequeña y homogénea, todo el mundo se conoce y ha cooperado durante siglos en su lucha contra los elementos.

36 banqueros condenados a 100 años en total

La crisis produjo una enorme fractura, llenando las calles de ira. Miles de ciudadanos se manifestaron durante semanas hasta provocar la caída del Gobierno y el procesamiento de los responsables. Desde entonces, un total de 36 banqueros, entre ellos los máximos dirigentes de los tres bancos fallidos, han sido condenados a casi 100 años de prisión entre todos. Sentenciados por fraude, malversación, manipulación del mercado y abuso de confianza, la mayoría ya ha salido de la cárcel.

Los políticos, en cambio, no han sufrido las mismas consecuencias. El primer ministro de la época, el conservador Geir H Haarde, fue el único que llegó a ser condenado y sólo por un delito menor. Sin embargo, su nombramiento, pocos años después, como embajador en Estados Unidos, cargo que todavía ostenta, deja un amargo sabor de boca. Conscientes de la inmunidad de que goza su clase política, los votantes han manifestado su descontento en las urnas. Con un panorama tremendamente fragmentado, lo cierto es que, desde que estalló la crisis, ningún Gobierno ha logrado terminar la legislatura. Todos han caído antes de tiempo.

Ragnar considera positivo que, poco a poco, "la vieja guardia esté siendo reemplazada por una generación de políticos más jóvenes, que aportan nuevas ideas". El último Ejecutivo, surgido de las elecciones celebradas hace alrededor de un año, está compuesto por una inédita coalición de rojiverdes, consevadores y centristas. Una muestra de que, hoy, en Islandia, se necesita más que nunca el consenso para gobernar.

Pero, como Ragnar, muchos islandeses han perdido el interés en la política. La confianza es un vínculo que tarda mucho tiempo en construirse. Y cuando se destruye, es algo que cuesta mucho recuperar.

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