obama, molesto por que se lleve el crédito

¿Son reales los éxitos económicos de los que alardea Donald Trump?

Año y medio después de la toma de posesión del presidente, los peores vaticinios no sólo no se han cumplido, sino que los indicadores son positivos. ¿Cuánto se debe a políticas previas y cuánto a él?

Foto: El presidente Donald Trump saluda a sus partidarios durante un encuentro en Billings, Montana, el 6 de septiembre de 2018. (Reuters)
El presidente Donald Trump saluda a sus partidarios durante un encuentro en Billings, Montana, el 6 de septiembre de 2018. (Reuters)

El 20 de junio de 2016, la agencia Moody’s advirtió sobre las terribles consecuencias económicas para Estados Unidos si Donald Trump ganaba las elecciones. Su política fiscal conservadora, el mayor gasto militar y la tendencia aislacionista, decía la firma de calificación financiera, provocarían una “recesión prolongada”. El crecimiento económico se tornaría negativo en 2019 y casi 3,5 millones de empleos se irían por el sumidero. El sol se apagaría, los muertos saldrían de sus tumbas, los océanos se teñirían de sangre.

La noche electoral, cuando los últimos estados clave votaban republicano, los muchos auspicios del hundimiento del dólar y de la Bolsa no se cumplieron. Al contrario. La divisa zozobró durante unos minutos para luego salir impulsada, igual que los mercados en Estados Unidos y Europa. Un año después de aquella larga madrugada, el índice S&P 500 había crecido un 21,1% y el Dow Jones un 28,5%, la mayor subida desde 1944.

A medida que Donald Trump se aproxima al ecuador de su primer mandato, la racha continúa en prácticamente todos los medidores macroeconómicos. El PIB del último trimestre creció por encima del 4% interanual, el paro bajó hasta el 3,8%, una cifra que no se veía desde la era Clinton, e incluso la bestia negra de la recuperación económica, los sueldos, parecen remontar: el salario por hora subió un 2,9% en agosto, la mejor marca en casi una década. La expansión del mercado laboral va incluso demasiado rápido. En el sector manufacturero, Santo Grial de la retórica trumpiana, hay más empleos que gente capaz de ocuparlos. Según la Asociación Nacional de Manufactureros, ahora mismo hay medio millón de trabajos disponibles en el tejido industrial, una cantidad que podría llegar a los dos millones en 2025.

Estas cifras son maná del cielo para un presidente acorralado por diferentes escándalos, con un gabinete crispado y un Congreso inoperante. No pasa un día sin que Donald Trump se jacte de la marcha económica, en Twitter, en los mítines o en los eventos oficiales, donde no duda en sacarse del bolsillo de la chaqueta artículos de la prensa conservadora que lo elogian y que lee en voz alta. Pero, ¿hasta qué punto tiene derecho a colgarse las medallas del crecimiento y de la robusta confianza empresarial?

“Cuando oyes hablar sobre lo bien que le va a la economía ahora mismo, simplemente recordemos cuándo empezó esta recuperación”, declaró el expresidente Barack Obama, visiblemente molesto por los éxitos que acapara su sucesor. “Tengo que recordarles [a los republicanos], de hecho, que esas cifras de empleo son las mismas que en 2015 y 2016”. Luego Trump acusó a Obama de lo mismo: de intentar llevarse los laureles económicos, y recordó que la recuperación, iniciada en 2009, había sido la más lenta en 70 años.

Aunque el desempeño económico es uno de esos casos en los que la máquina es más poderosa que el maquinista, las elecciones muchas veces se ganan o pierden en base a ello y los presidentes tienden a ser recordados, en parte, por cómo estaba la economía durante su mandato. De ahí la dura batalla por esos laureles, sobre todo de cara a las legislativas del próximo noviembre.

Un 'broker' habla por teléfono en la Bolsa de Nueva York mientras Donald Trump habla en la televisión, el 27 de julio de 2018. (Reuters)
Un 'broker' habla por teléfono en la Bolsa de Nueva York mientras Donald Trump habla en la televisión, el 27 de julio de 2018. (Reuters)

¿'Boom económico' o 'chute de azúcar'?

The Wall Street Journal pidió el pasado enero la opinión de 68 economistas, que llegaron a esta conclusión: Obama, con sus programas de compra de activos y la regulación del sector financiero, se merece el crédito de haber estabilizado una economía que recibió cuando estaba al borde del abismo. Sin embargo, se lleva un aprobado raspado en lo que respecta al crecimiento. Aquí es donde el actual presidente puede sacar pecho: más del 90% de los economistas consultados achacan la actual expansión a la desregulación financiera y al recorte fiscal de la administración republicana.

“El presidente Donald Trump lleva más de 19 meses de una administración sepultada en tanta controversia que puede eclipsar un logro tremendo: a saber, un 'boom' económico exclusivamente suyo”, escribe el editor financiero de CNBC, Jeff Cox. “El programa económico de Trump era muy sencillo: un ataque a los impuestos y a las regulaciones con una dosis extra de gasto en las infraestructuras y en el ejército” para reanimar “una economía moribunda”.

Podríamos ver la economía como si fuera un cuerpo humano: un organismo extremadamente complejo donde la psicología juega un rol borroso pero importante y cuyas dolencias diagnosticamos, a veces, sin estar del todo seguros. De ahí que, para describir las agresivas medidas pro-cíclicas de Trump, se haya usado la metáfora del “chute de azúcar”. Un remedio rápido para espabilarnos pero que, a la larga, si se abusa de él, nos puede dejar secuelas.

La desregulación de diferentes sectores y el recorte fiscal aprobado por el Congreso el pasado diciembre ha puesto la economía a funcionar a plena cilindrada: los beneficios de las corporaciones han aumentado un 15%, de manera que los ejecutivos pueden inflar sus dividendos, invertir y contratar a más gente; las familias ahorran y gastan, el consumo se dispara, y se genera un círculo virtuoso que eleva a los cielos la confianza en el futuro. De hecho, muchos de esos beneficios están siendo canalizados a las zonas rurales, por ejemplo gracias a la desregulación de la pequeña banca y de las pequeñas empresas, que han crecido en Bolsa un 23% en el último año. Por primera vez desde 2010, la población rural en Estados Unidos ha vuelto a crecer.

Este sería el chute de azúcar. Respecto a las secuelas, el déficit federal ha crecido un 20% en lo que va de año, y es posible que, dentro de tres décadas, los norteamericanos tengan que dedicar más dinero a pagar el interés de la deuda que a defensa y seguridad social. También están los efectos secundarios de la desregulación: la merma del poder sindical y de los derechos laborales, la mayor holgura para contaminar, una falta de vigilancia que puede generar otra crisis, y el sempiterno aumento de la desigualdad.

De momento el chute de azúcar funciona, se ve y se respira en las calles. Siete de cada diez estadounidenses consideran “buena” o “excelente” la situación económica, según una encuesta de Quinnipac University. El máximo jamás registrado. Pero eso no se traduce en simpatía hacia el presidente. La misma encuesta refleja que sólo el 38% de la población apoya la gestión de Trump, frente al 54% que la desaprueba. Es decir: política y economía no siempre van de la mano, como quizás compruebe el presidente en las elecciones del otoño.

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