800 muertos a manos de las fuerzas de seguridad

Radiografía de la masacre que cambió Egipto

Se cumplen cinco años del desmantelamiento de una protesta islamista en la que las fuerzas de seguridad egipcias mataron al menos a 800 personas

Foto: Cadáveres de miembros de la Hermandad Musulmana y simpatizantes de Mohamed Mursi en la mezquita de Rabaa Adawiya, en el Cairo, el 14 de agosto de 2013. (Reuters)
Cadáveres de miembros de la Hermandad Musulmana y simpatizantes de Mohamed Mursi en la mezquita de Rabaa Adawiya, en el Cairo, el 14 de agosto de 2013. (Reuters)

No es un tópico decir que esta es la crónica de una muerte anunciada. El 14 de agosto de 2013 las sirenas de los vehículos antidisturbios atronaban amortiguando el sonido de los disparos; el humo y el olor de los neumáticos quemados se mezclaban con los de las bombas de gas lacrimógeno. Apenas hacía media hora que se había levantado el sol. Eran las 6 de la madrugada. Muchos nos levantamos con un mensaje corto alertando: “Ya ha empezado”… Pero hacía semanas que Egipto esperaba el desmantelamiento de las protestas de Rabaa Al Adawiyya y la plaza de Ennahda.

Todos sabían que sería una masacre. Se desconocía la proporción final, pero en el tiempo que duró la protesta, desde el 28 de junio, las fuerzas de seguridad egipcias ya habían dejado claro que no ahorrarían esfuerzo, ni munición, en acallar a los islamistas. En aquellos días los más optimistas pensaban que no se atreverían, que una disolución por la fuerza de una sentada donde familias enteras vivían desde hacía más de un mes tendría consecuencias terribles. Cinco años después nadie ha sido imputado por lo que la ONG Human Rights Watch ha considerado un crimen contra la humanidad, un ataque premeditado por las fuerzas de seguridad egipcias, igual o peor que la de la plaza de Tiananmen en China, en 1987. Una masacre en la que “Policía y Ejército, sistemática y deliberadamente, asesinaron a un número ingente de manifestantes desarmados por razones políticas”.

Aquellos días de 2013 fueron la consecuencia y el colofón de dos años de lucha por la democracia en las calles. Después de que en 2011 los egipcios forzaran la caída del dictador Hosni Mubarak un matrimonio de conveniencia entre el Ejército y los Hermanos Musulmanes llevó a Mohamed Morsi, un islamista miembro de la hermandad, al poder. El primer presidente de la democracia salía de la cárcel para sentarse en el palacio presidencial. Morsi aprovechó las estructuras del régimen que había permanecido intacto, y en especial el Ministerio del Interior, para reprimir protestas, restringir libertades, arrogarse poderes y promulgar una Constitución a la medida de la Hermandad.

Miembros de la Hermandad Musulmana rodeados por efectivos de las fuerzas de seguridad cerca de la mezquita de Rabaa Adawiya, en Cairo. (Reuters)
Miembros de la Hermandad Musulmana rodeados por efectivos de las fuerzas de seguridad cerca de la mezquita de Rabaa Adawiya, en Cairo. (Reuters)

Durante su año de poder temblaron los cimientos de un país en el que nada se mueve sin el beneplácito de los generales: intento de prejubilar jueces y sustituirlos por afines a los islamistas; un movimiento parecido en las alcaldías… En junio de 2013, un año después de haber tomado el poder, ya se había ganado la enemistad de los jóvenes de la revolución que habían aceptado tapándose la nariz que el cambio podría venir de la mano de los islamistas. Aquel mes la sede de los Hermanos Musulmanes en Moqqatam, un barrio cairota, fue incendiada tras un ataque; en la calle los ciudadanos se enfrentaban en protestas a favor o en contra de Morsi. La sociedad egipcia estaba más polarizada que nunca. Y el movimiento 'Tamarod' , 'Rebelión', canalizó ese malestar recogiendo firmas para exigir la renuncia de Morsi.

El 30 de junio las calles se inundaron de nuevo pidiendo la caída del islamista. Fue ahí cuando, en bandeja de plata, Abdelfatah el Sisi, el entonces general que acaba de estrenar su segundo mandato como presidente, salió a la palestra para liberar a Egipto del yugo de los Hermanos Musulmanes. El 3 de julio Morsi era detenido y encarcelado y los militares volvían a tomar las riendas.

Una tarjeta verde o una tarjeta roja

El país había quedado dividido entre aquellos que protestaban en Tahrir y los que se refugiaron en las plazas de Rabaa Al Adawiyya, cerca del palacio presidencial y la de Ennahda, junto a la universidad, en Giza. Los primeros blandían una tarjeta roja en la que se leía “Fuera”. Eran los detractores de Morsi. En Rabaa, entre tiendas de campaña y un sol impenitente los islamistas agitaban la verde clamando por la legitimidad de Morsi.

Esas eran las señales más amables que se encontraban aquellos días. En otras, Morsi aparecía degollado como un cordero, mientras en la acampada islamista se mostraban las imágenes de aquellos que habían muerto en enfrentamientos con las fuerzas de seguridad. Aquel día había en la plaza 85.000 personas, un número superior al de la población de Toledo.

En los medios de comunicación afines al régimen se acusaba a la hermandad de guardar armas en los jardines y los edificios donde se refugiaban. Esta corresponsal no vio armas en las ocasiones que visitó la protesta islamista. Sí se refugiaban allí algunos de los líderes de la hermandad como Mohamed el Beltegy, antiguo parlamentario, cuya hija de 17 años murió durante el desalojo de Rabaa, y que el pasado 28 de julio fue condenado a muerte.

Seguidores del expresidente Mohamed Mursi ayudan a un herido durante enfrentamientos en Rabaa Adawiya. (Reuters)
Seguidores del expresidente Mohamed Mursi ayudan a un herido durante enfrentamientos en Rabaa Adawiya. (Reuters)

La mezquita se había convertido en un hospital de campo. Aquel día fue una morgue. Las imágenes que aún se encuentran en las redes sociales dan sólo una idea de lo que los testigos presenciaron. Cadáveres con heridas en la cabeza y en el pecho, suelos encharcados de sangre, cuerpos amontonados al sol… “Dispararon gas lacrimógeno y bolas de goma durante los primeros 45 minutos, entonces empezaron a usar munición real al azar. Incluso disparaban a aquellos que intentaban ayudar a los heridos”, recuerda uno de los testigos en un informe de la ONG Amnistía Internacional.

De acuerdo con ese informe las fuerzas de seguridad aseguran haber sido capaces de discernir entre manifestantes pacíficos y armados. Pocos pueden corroborarlo. Al menos una periodista Habiba Abdel Aziz, perdió la vida aquel día. Otros, como Mahmud Abu Zeid, Shawkan, que debía cubrir el desalojo para la agencia francesa Demotix, fueron arrestados.

"Empezaron a usar munición real al azar. Incluso disparaban a aquellos que intentaban ayudar a los heridos"

Las instrucciones a los informadores eran permanecer junto a las fuerzas de Seguridad. Pero no se quería que hubiese testigos. Shawkan sigue en la cárcel 5 años después. La fiscalía ha pedido para él pena de muerte; su caso se ha vinculado al de los 739 acusados de terrorismo del caso conocido como de la protesta de Rabaa Al Adawiya, 75 de ellos, incluidos algunos líderes de los Hermanos Musulmanes acaban de ser condenados a muerte.

Son muchos los egipcios que protestaron en Tahrir durante la revolución y que salieron a la calle contra Morsi a los que les cuesta hablar de la masacre de Rabaa, un “crimen de enorme magnitud”, ante el que se sintieron “impotentes”. Aquella matanza les dejo, explican, "inmovilizados" durante mucho tiempo, “incapaces de luchar” contra lo que se gestaba en Egipto. Un retorno a la dictadura al mando de Sisi.

Desde su llegada al poder han sido encarcelados más de 60.000 opositores y al menos 60 periodistas, según la Red Árabe para la información de Derechos Humanos. La moneda ha sido devaluada y cotiza a 21 frente al euro; la inflación ha llegado hasta el 35% aunque se ha moderado durante 2018. La electricidad, gas y combustible se han incrementado hasta el 60% este verano. Los espacios para la crítica, por el contrario, se han reducido hasta desaparecer.

Un miembro de los Hermanos Musulmanes durante enfrentamientos con la policía en la protesta de Rabaa al-Adawiya. (Reuters)
Un miembro de los Hermanos Musulmanes durante enfrentamientos con la policía en la protesta de Rabaa al-Adawiya. (Reuters)

Se pasa muy cerca de la plaza de Raba al Adawiyya de camino al aeropuerto. Una ruta que han seguido muchos miembros de la Hermandad Musulmana, que han encontrado refugio en países como Turquía; pero también muchos de los que lucharon por Egipto y su democracia y se dan cuenta de que si se quedan, si siguen intentando plantar cara y cambiar las cosas acabarán fuera de juego, como las decenas de desaparecidos forzosos o en la cárcel, como activistas como Alaa Abdel Fatah, cómicos como Shady Abu Zaid, blogueros y periodistas como Wael Abbas s o fotógrafos como Shawkan.

Decidir emprender esa ruta no es fácil, pero a veces no hay otra opción, cada vez se puede hablar de menos cosas en el Egipto de Sisi, y este artículo y lo sucedido en Rabaa son una de ellas: cualquiera con más de 5.000 seguidores en Twitter es considerado informador y puede ser juzgado y acusado de diseminar información falsa para desestabilizar el país, o de terrorismo.

Los periodistas tienen prohibido usar versiones que difieran de la oficial. También consultar a fuente independientes. El miedo como política de disuasión funciona: los hay que justifican la represión, que se ha ensañado especialmente con los Hermanos Musulmanes y sus simpatizantes, que fueron mayoría en la matanza de Rabaa, pero también con la oposición liberal. Los hay que simplemente prefieren mirar hacia otro lado. Y los hay que aunque la realidad en que viven se empeñe en decirles lo contrario, siguen luchando. Como pueden. Donde pueden.

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