paga extra a jubilados y congelación del iva

Tsipras vuelve a ser Tsipras: sus medidas alarman de nuevo a los acreedores

A ojos de la CE, Tsipras estaba más manso que nunca, tras una remodelación de su gabinete vista entre militantes de Syriza como su “derechización” definitiva. Pero el griego ha dado la sorpresa

Foto: Vagena felicita a Tsipras antes de una sesión parlamentaria de Syriza, en Atenas, en mayo de 2016 (Reuters).
Vagena felicita a Tsipras antes de una sesión parlamentaria de Syriza, en Atenas, en mayo de 2016 (Reuters).

Los sismólogos vuelven a detectar roces entre las placas tectónicas de Grecia y sus acreedores que pueden provocar una nueva brecha en la Unión Europea y, tal vez, nuevas elecciones. En un gesto inesperado y casi temerario, que pilló a pie cambiado al Gobierno, a la oposición y desde luego a toda la UE, el primer ministro, Alexis Tsipras, anunciaba esta semana que daría una paga extra -salida del superávit del presupuesto de 2016, mayor del esperado- a los jubilados con una pensión de menos de 850 euros al mes, más de un millón y medio de personas, lo que costará un total aproximado de 670 millones de euros.

En el mismo plumazo paralizó la subida del IVA en algunas islas del Egeo -pactada hace meses con los acreedores- y decidió contratar a 5.000 miembros de personal médico para hospitales públicos. Muchos vieron un claro movimiento preelectoral.

La Comisión Europea, escandalizada, declaró poco después que Grecia debe consultar ese tipo de medidas con sus acreedores antes de decretarlas, nada de diseñar “medidas unilaterales”, algo que terminó con la suspensión de las medidas de alivio a corto plazo de la deuda aprobadas en el último Eurogrupo, para regocijo de Wolfgang Schäuble, que siempre desconfía de Grecia. Tsipras no tardará en ver al fantasma de las negociaciones pasadas en su despacho de la residencia oficial, Megaro Maximu.

¿Problemas en el paraíso?

Algo se ha roto entre las dos partes y nadie sabe exactamente qué ha sido y ni cuándo. De hecho, hacía unas semanas el Gobierno de Syriza estaba más manso que nunca. Había llevado a cabo una última remodelación del gabinete, que fue vista entre muchos militantes como su “derechización” definitiva, que había purgado a los últimos miembros sólidamente de izquierdas y que lo había dejado irreconocible desde el lejano principio de 2015, cuando empezó su aventura.

El Ministerio de Trabajo fue legado a la joven y preparada ministra Efi Ajchíoglu, lo que significaba un continuismo -había sido la viceministra encargada de las negociaciones con la troika- sin la tradición y carga ideológica dura de su predecesor y exjefe, Yorgos Katrúgalos; es decir, quitar piedras en el camino de las evaluaciones del tercer rescate.

Este ministerio es clave en este momento de las negociaciones con los acreedores, ahora que el foco está de nuevo en el castigado mercado laboral. La troika pide más flexibilidad (si cabe), y nadie lo hace con más ímpetu que el Fondo Monetario Internacional (FMI). Desde que domesticaron al Gobierno griego, sus demandas no ya se adornan, ni siquiera se visten, vienen crudas de la cocina: despidos colectivos sin apenas limitaciones, salario mínimo sin negociación de actores sociales... y una larga lista.

El Gobierno, como ya es una tradición casi tan instaurada como el sirtaki, respondió a esto marcando sus líneas rojas -busquen “Grecia líneas rojas” para ver cómo esta expresión ha perdido su valor-, entre ellas la recuperación de los convenios colectivos, una figura perdida, quizás ya para una o dos generaciones, allá en 2012, con el Gobierno de Samarás, y una larga negativa al resto de demanda.

Expertos, afines gubernamentales y oposición esperaban sin emoción la misma narrativa: el Gobierno forcejea, hace un par de declaraciones incendiarias y al final acaba cediendo como en ocasiones anteriores. Además con un Tsipras a la deriva en las encuestas -la última le da la mitad de votos que a los conservadores de Nueva Democracia-, había quedado claro que se esfumaba su única baza, el respaldo del poder popular, el mandato democrático, que tantas veces le sirvió de telón para su habitual esgrima retórica. Tocaba aceptar y recibir la transferencia.

El mismo Tsipras parecía haberse contagiado del soporífero ritmo bruselense en las negociaciones, mientras recibía continuas invitaciones a los encuentros socialdemócratas, como si éstos buscaran un fichaje con 'pedigrí izquierdista' entre los escasos gobiernos de centroizquierda que sobreviven en Europa.

Manifestantes durante una huelga general contra las reformas en el mercado laboral, en Atenas, el 8 de diciembre de 2016 (Reuters).
Manifestantes durante una huelga general contra las reformas en el mercado laboral, en Atenas, el 8 de diciembre de 2016 (Reuters).

Un diciembre de forcejeo con la troika

Si este es un desafío a la troika, una técnica de negociación, no podría llegar en peor momento. Con la segunda evaluación del tercer rescate en el aire, tras las malas sensaciones del último Eurogrupo, en el que se suponía iba a cerrar el desembolso del dinero que tanto necesita Grecia y que terminó con más diferencias de las esperadas, se espera un diciembre de alta tensión.

El desacuerdo entre los que tienen el dinero sitúa la negociación en un punto incluso más frágil: ni los acreedores europeos (BCE, MEDE y Comisión Europea) ni el FMI consiguen llegar a un acuerdo sobre qué debe hacer Grecia, qué le deben exigir; de hecho este último ni siquiera tiene claro si entrará en el ya tercer rescate, si pondrá siquiera dinero.

Mientras los europeos quieren que Atenas alcance el 3,5% de superávit primario (antes de abonar deuda) en 2018... y que siga durante muchos años más -lo que implicaría contracción del gasto durante décadas-, el FMI lo ve poco menos que una locura, como recetar dieta a un náufrago, y pide menos esfuerzo presupuestario o ve el desastre a largo plazo de una deuda impagable. Grecia no sabe si quiere más a papá o a mamá, y estas medidas, si bien son fruslerías a nivel presupuestario, solamente refuerzan a los más duros: Grecia no es de fiar.

¿Qué hará el primer ministro?

La gran cuestión es si con estas nuevas medidas, Tsipras está preparando una llamada a las urnas. Sería poco menos que un movimiento suicida, ya que el líder de los conservadores, Kyriakos Mitsotakis -que tampoco despierta demasiado entusiasmo entre los griegos- está dispuesto a hacerse con las riendas del Gobierno con unos sondeos que le auguran una cómoda mayoría absoluta.

Si, por el contrario, Tsipras quiere mantenerse en el poder y no llamar a las urnas se acaba de poner la segunda mitad de diciembre más cuesta arriba (todavía), porque tendrá que acabar cediendo a las condiciones de los acreedores. Su crédito político está agotado, sus tácticas para darle la vuelta a los argumentos y caer de pie ya no son efectivas y ni siquiera el buen hacer del ministro actual de Finanzas, el apocado Euclides Tsakalotos, consigue apaciguar a la troika. Su mejor baza sería concluir la negociación antes de que países del ala dura como Holanda o Alemania entren en la dinámica electoral de 2017 si no quiere que todo vuelva a estar fuera de control. Él mismo se acaba de poner una trampa.

Si Tsipras ve aparecer al fantasma de las negociaciones pasadas en su despacho de Megaro Maximu, a buen seguro que tendrá el rostro del caído Yanis Varufakis.

Mundo

El redactor recomienda

Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
2 comentarios
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios