LA crisis de identidad Del partido demócrata

¿Tiene Bernie Sanders la culpa de la victoria de Donald Trump?

Varios estados donde Sanders venció en las primarias demócratas han acabado en manos de Trump. Muchos especulan con lo que podría haber sucedido si hubiese sido el candidato

Foto: Hillary Clinton y Bernie Sanders se abrazan en un acto de campaña en Raleigh, Carolina del Norte, el 3 de noviembre de 2016 (Reuters)
Hillary Clinton y Bernie Sanders se abrazan en un acto de campaña en Raleigh, Carolina del Norte, el 3 de noviembre de 2016 (Reuters)

Aún no estaba terminado el recuento cuando ya muchos tertulianos y analistas apuntaban a que en los dos estados en los que las elecciones han terminado por decidirse, Michigan y Wisconsin, Bernie Sanders había sido el candidato preferido de las bases demócratas. ¿Se equivocaron los votantes azules apostando por Clinton frente a Sanders en las primarias? ¿Hubiera podido el candidato más radical y menos "del aparato" disputárselos a Trump? Para algunos, una batalla entre los extremos (por la izquierda y por la derecha), con dos candidatos igualmente alejados del aparato de sus partidos y más radicales, habría sido más reñida e, hipotéticamente, podría haber terminado en victoria para los demócratas. Para otros, que Sanders venciera en las primarias frente a Hillary en estos estado no significa nada más que estos estados eran ya territorio Trump.

La sospecha de haberse equivocado de candidato se cimenta en una coincidencia interesante: Michigan, Wisconsin, en pleno cinturón industrial, y Virginia Occidental (el "país del carbón", con mayor índice de paro que la media y decenas de miles de trabajos perdidos solo desde 2014) son estados donde Sanders ganó las primarias demócratas, donde Obama ganó las últimas presidenciales frente a Mitt Romney, que las encuestas preveían demócratas, y donde, para sorpresa de todos, Hillary ha perdido. En total, suman 31 votos electorales, que habrían acercado a Hillary a los 270 imprescindibles para ganar la presidencia.

El mensaje de Sanders, muy cercano al de Trump en lo estrictamente comercial (opuesto a los recientes tratados de libre comercio y enemigo del liberalismo radical), resonó con especial fuerza en estos estados perjudicados por la desindustrialización, donde se han perdido decenas de miles de puestos de trabajo en la última década. La hipótesis sería que algunos de estos votantes, incluso sintiéndose más cerca en lo ideológico de los demócratas, o siendo más de izquierdas que de derechas en otros terrenos (tal y como cabía deducirse de otros resultados en elecciones anteriores, donde ganaron los demócratas), han visto en Hillary un continuismo de la política de Obama que no aporta nada a su situación particular y han preferido darle una oportunidad al candidato que les ofrece, por muy imposible que parezca, devolverles sus trabajos.

Que Sanders ganara las primarias en ellos no quiere decir, claro está, que hubiera ganado las elecciones frente a Trump, incluso en esos mismos estados. Pero sí da legitimidad a las dudas sobre cuántos de esos seguidores de Sanders, a pesar de que su derrotado candidato les pidiera apoyar a Hillary frente a Trump, encontraban que el segundo tenía mucho más que ofrecerles que la primera. Al igual que el republicano, Sanders criticó durante las primarias a Hillary por su apoyo a los acuerdos de libre comercio (TTP, NAFTA) que se consideran responsables de la penosa situación económica de estos estados, y también prometió recuperar puestos de trabajo. Defensor de la universidad gratuita, de la condonación de la deuda estudiantil, de un servicio nacional de salud y de acabar con las concomitancias entre la clase política y los poderes económicos, su mensaje podría incluso haber arrastrado a votantes conservadores que han optado por Trump a pesar de no comulgar con su estilo o algunas de sus posturas más polémicas.

Para mayor remordimiento, Sanders iba mejor en las encuestas del pasado mes de mayo (a un mes de finalizar las primarias) frente a Trump: RealClearPolitics, por ejemplo, le daba vencedor en unas hipotéticas presidenciales con un 49,7% de los votos frente al 39,3% de apoyo al magnate. Aunque lo único que realmente ha dejado claro el resultado de este martes es que las encuestas no hay que tomárselas al pie de la letra.

Bernie Sanders habla durante una manifestación en contra de la construcción de un oleoducto en tierras consideradas sagradas para los indios en Dakota del Norte (EFE)
Bernie Sanders habla durante una manifestación en contra de la construcción de un oleoducto en tierras consideradas sagradas para los indios en Dakota del Norte (EFE)


¿Un candidato para todo el país?

Mientras que las primarias republicanas las ganó el candidato más improbable y díscolo, las demócratas las ganó la candidata del aparato. Hace décadas (más o menos desde la presidencia de Bill Clinton) que el partido demócrata aparece aquejado de cierta crisis de identidad, que lo ha hecho perder contacto con bases de clase trabajadora que los ven como elitistas y alejados de la dura realidad de todos aquellos que no son profesionales liberales con una educación universitaria o minorías. Y Clinton no ha logrado cambiar esa imagen con su campaña más centrada en ser la alternativa a una opción "deplorable", como a ella misma se le escapó en una cena de recaudación de fondos en septiembre, que en ofrecer cosas concretas a los trabajadores desencantados de los estados del medio este.

Sanders habría contado igualmente (y quizá con más entusiasmo) con el apoyo de Obama y cabe suponer que en los estados donde Hillary ha mantenido el triunfo demócrata (la costa oeste, la costa atlántica norte, y Colorado y Nuevo Mexico), Sanders habría ganado también.

Sin embargo, por mucho que hayan sido la gran sorpresa, Wisconsin y Michigan no son los únicos estados que han dado la victoria a Donald Trump. ¿Cómo le habría ido a Bernie Sanders en Florida, con 29 votos electorales, imprescindible para ganar la presidencia? Es igualmente muy dudoso que hubiera tenido más posibilidades que Clinton de ganar Arizona, que se ha mantenido republicano, o que hubiera podido retener Iowa y Ohio, donde en las pasadas presidenciales ganó Obama y donde Hillary ganó las primarias.

Si algo demuestra el resultado electoral es que por encima de la tradicional diferencia ideológica entre demócratas y republicanos (progresistas los primeros, conservadores los segundos) empieza a abrirse paso una división más profunda de arriba a abajo en el seno de cada uno de ellos: entre élite dominante y bases. Entre los educados en la universidad y la clase trabajadora. Entre las costas y el interior del país. A partir de estas elecciones, los habrá que argumenten que Bernie Sanders estaba mejor situado para canalizar el descontento de esas bases más desposeídas que, progresistas en lo ideológico, también están cansados del "más de lo mismo" y ven a Hillary como la máxima representante de la corrupta clase política.

Por del contrario, estas son las elecciones que han congraciado al Partido Republicano con sus bases, gracias a Trump. Con firmes convicciones religiosas, pero menos afortunados económicamente que la clase empresarial que forma la élite del partido, las bases llevan años aumentando las filas de un "movimiento", como lo llamó Donald Trump en su discurso tras la victoria electoral, profundamente rebelde con el aparato del partido y los políticos en general. Una especie de revuelta "anti casta" que Trump ha sabido atraer como ningún otro candidato antes. 

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