¿se retirará definitivamente de la política?

El amargo presente (y futuro) de Hillary Clinton tras la victoria de Trump

Tras la inesperada derrota del martes, la veterana política demócrata tiene pocas opciones. Su carrera de cinco décadas, tres de ellas como profesional, ha llegado forzosamente a su fin

Foto: Ilustración: Raúl Arias
Ilustración: Raúl Arias

“Sé que aún no hemos roto el más alto y duro techo de cristal, pero, algún día, alguien lo hará”, declaró Hillary Clinton. Era su epitafio con el asentir suave, las facciones en su sitio, los ojos brillantes. Clinton pidió perdón y se enjugó una lágrima. “Donald Trump va a ser nuestro presidente. Le debemos una mente abierta y la oportunidad de liderar”.

El amargo presente (y futuro) de Hillary Clinton tras la victoria de Trump

Terminan así 50 años de trabajo, truncados en el plazo de unas horas. Detrás del poder, la experiencia y los millones: nada. Una carrera política frenada bajo un techo de cristal, o ni siquiera. Porque Hillary Clinton no llegó a salir del hotel en el que repasaba, junto a su marido y sus colaboradores cercanos, el discurso. Nunca llegó a pisar el Javits Center lleno de banderas y carteles azules con su nombre y el de su número 2, Tim Kaine.

La pérdida es doblemente amarga por la naturaleza de su rival: un empresario rebozado en la prensa amarilla, con serios problemas de decencia y sin experiencia política alguna. Miembros de la campaña demócrata han dicho sentir una presión especial: la necesidad de ganar para preservar no ya el poder, sino la democracia y la estabilidad del país. La propia Hillary reconoció: “La frase que más oigo es: no la pifies”.

Así han salido las cosas y atrás queda una vida dedicada al servicio público. Esta hija de un tendero de Chicago lo ha sido todo en política: Primera Dama, senadora y secretaria de Estado. Su popularidad es baja cuando se presenta y alta cuando ejerce; queda atrás el esfuerzo por abrirse camino como mujer, la lucha contra la segregación racial en el Sur, la defensa de corporaciones y décadas a la sombra de su marido Bill.

La relación de ambos tiene un momento bisagra: 1999. Bill estaba a punto de acabar su segundo mandato cuando Hillary decidió presentarse como senadora en Nueva York después de consultarlo con sus compañeros de instituto. En realidad, lo había pactado con Bill: ella le dedicaría los primeros 25 años de vida juntos y él los 25 restantes.

Un grupo de personas asiste a una vigilia tras la derrota de Hillary Clinton a las afueras de la Casa Blanca en Washington, el 9 de noviembre de 2016 (EFE)
Un grupo de personas asiste a una vigilia tras la derrota de Hillary Clinton a las afueras de la Casa Blanca en Washington, el 9 de noviembre de 2016 (EFE)

La candidata del 'status quo'

Una temporada lo suficientemente larga como para acabar fundida con el sistema. Cualquier cualidad de Hillary, el trabajo duro, la afabilidad personal, la extrema competencia, no es si no una manchita en un bloque de hormigón: 'status quo' y Hillary son sinónimos. A ojos del país, se necesitan como el aire y los pulmones.

Este pecado original, regado con escándalos y una desconfianza feral hacia la opinión pública, no ha podido ser lavado ni con los más de 550 millones de dólares gastados en campaña. Ni con las banderas, las chapas y las miles de horas de militancia y mítines durante 19 meses. Clinton ha gastado más del doble que su rival por cada voto electoral conseguido y ha sumado ligeramente más apoyo popular. Ha sido insuficiente.

Siempre se ha dicho que Trump y Clinton estaban igualados muy a la baja. Si uno de los dos hubiera sido un candidato diferente, un rostro fresco, más o menos articulado, habría vencido fácilmente. En esta riña en el barro, ha ganado Trump.

El país, sin embargo, despertaba hoy como en un limbo, silencioso, incluso relajado. A la rudeza extrema de esta campaña han seguido unas horas de buenas palabras, elegancia democrática y planes de transición. Donald Trump prepara su aterrizaje en la Casa Blanca y Barack Obama su despegue; ocho años de desvelos cuyo fruto puede ser deshecho en el plazo de meses. Y de fondo, a un lado, Hillary Clinton.

Quizás sea un alivio. Puede que la atención pública se difumine y que los Clinton puedan jubilarse en paz: echar tiempo con su nieta o dedicarse a la fundación. Pero no es seguro. Su imagen ha sido seriamente dañada esta campaña y el carácter de Trump como presidente es una incógnita. Hay quienes dicen que se reformará, que aprenderá a medirse. Otros que su personalidad es un volcán. En el segundo debate presidencial, Trump prometió nombrar a un fiscal especial para investigar a Clinton.

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