¿cómo será una presidencia del magnate?

Donald Trump en la Casa Blanca: ¿Qué va a pasar ahora?

Algunos aspectos de su programa son irrealizables, y hay otros que resultan inquietantes, por no hablar de los efectos colaterales. Así será una Administración Trump

Foto: Obama recibe en la Casa Blanca a Trump para iniciar el proceso de transición. (EFE)
Obama recibe en la Casa Blanca a Trump para iniciar el proceso de transición. (EFE)

“Trump puede ser un buen presidente. Sólo tiene que olvidarse de la mayor parte de las cosas que prometió durante su campaña”, bromeaba anoche Richard Painter, uno de los analistas conservadores que acabó votando a Hillary Clinton por considerar que el programa de Donald Trump conduciría al país a la ruina o a algo peor. Y aunque se formule como un chiste, es la pregunta que toca hacerse ahora. ¿Cumplirá Trump sus promesas? ¿Hasta dónde puede llegar teniendo en cuenta que el Partido Republicano domina ambas cámaras del Capitolio? ¿Y qué consecuencias cabe esperar de su mandato?

Empecemos por lo más llamativo: ¿construirá el famoso muro con México?

De entre quienes conocen la frontera con México, prácticamente nadie lo considera una buena idea. En primer lugar porque ya existe un costosísimo sistema de control, con más de 1.000 kilómetros de vallas y muros para los accesos más transitados, y con más de 20.000 agentes desplegados por los más de 3.000 kilómetros de frontera.

Es posible que Trump decida reforzar los controles sobre la frontera más transitada del mundo (60 millones de personas la cruzan en una u otra dirección cada año), ampliando las capacidades de la Patrulla Fronteriza y endureciendo las normativas de Homeland Security para agilizar las expulsiones ‘en caliente’. Pero levantar un muro de cemento supondría un gigantesco derroche de dinero que probablemente ni siquiera contribuyese a disminuir la entrada de inmigrantes centroamericanos (la mayoría ya no vienen de México, sino de Centroamérica). Y la pretensión de Trump de que México pague por ello está por ahora fuera de todo debate. Ningún partido político mexicano podría sobrevivir a tal humillación.

Pero su campaña se ha basado en endurecer el control de la inmigración. Algo tendrá que hacer...

Lo cierto es que emigrar de manera legal a EEUU es ya desde hace tiempo uno de los procesos burocráticos y administrativos más difíciles del mundo. Por eso, en parte, se explica que haya ya doce millones de “irregulares”, de los cuales la mayoría trabajan, pagan impuestos e incluso han comprado una casa en el país pero siguen viviendo en los márgenes del sistema, sin un permiso de residencia o de trabajo.

Evitar que sigan entrando es una tarea muy complicada, pero Trump ha prometido complicarles más la vida, incrementando la presión sobre las empresas que los contratan y revocando todos los decretos administrativos firmados por Obama para limitar las deportaciones. Ha dicho que empezará expulsando a todos aquellos que hayan cometido algún delito (incluidas las faltas leves -como sanciones de tráfico, que ya era uno de los detonantes más comunes de deportación durante la era Obama-).

Partidarios de Trump se manifiestan contra la inmigración en Brentwood, Los Angeles, en julio de 2015
Partidarios de Trump se manifiestan contra la inmigración en Brentwood, Los Angeles, en julio de 2015

Estas son medidas que puede empezar a poner en marcha incluso sin el apoyo mayoritario del Capitolio, y lo cierto es que tendrá que darse prisa en hacerlo si no quiere defraudar las expectativas generadas entre sus votantes. En este sentido, es previsible que se intensifiquen las deportaciones en los próximos meses. Para ello se tendrá que enfrentar no sólo a los movimientos latinos, sino también a los poderosos gobernadores de lugares como California y a algunos de los lobbies empresariales más potentes del país, como el de la restauración, que mantienen su competitividad gracias a la mano de obra inmigrante.

¿Y aquello que decía de no dejar entrar en el país a los musulmanes?

La medida es inconstitucional. Y aunque Trump consiguiera convencer de ello a dos tercios del Congreso para enmendar la Constitución y meter a alguien de su cuerda en la vacante que se ha abierto en la Corte Suprema, resulta inimaginable que los Estados Unidos de América acaben discriminando la entrada al país por motivos de religión. Más sencillo le resultaría limitar la entrada de ciudadanos de determinadas nacionalidades (Pakistán, Irak, Siria…) a golpe de decreto, vistiéndolo de política antiterrorista, o aplicar criterios más expeditivos en los controles de entrada, pudiendo tender hacia un modelo parecido al israelí.

Ha prometido meter a Hillary Clinton en la cárcel. ¿Lo hará?

En teoría, en un sistema como el estadounidense donde existe separación de poderes, si Hillary no ha cometido ningún delito no podría ser condenada. Sin embargo, Trump ha prometido que ordenará una investigación a fondo de los presuntos “crímenes” cometidos por el matrimonio Clinton, y, en general, que utilizará todos los medios a su alcance -como los inspectores fiscales- para perseguir a sus críticos, entre los que destacan numerosos periodistas de prestigio. Esto, en la práctica, supone que judicial y administrativamente se tratará de forma diferente a los aliados que a los adversarios.

El uso de los recursos del estado para encarcelar por delitos comunes a los enemigos del gobierno es una táctica cada vez más utilizada de forma exitosa en “democracias iliberales” como Hungría, Turquía o Rusia: tiene la ventaja de que permiter reprimir a la disidencia mientras se mantiene una fachada democrática. Aunque en mucha menor medida, a lo largo de su historia EEUU tampoco ha sido ajeno al abuso del sistema de justicia desde el poder político -ejemplos como el de J. Edgar Hoover y Richard Nixon hablan por sí mismos-, y la reciente actuación del FBI durante la campaña electoral habla muy pobremente sobre la independencia de esta institución. Utilizar al IRS ('Internal Revenue Service', la agencia fiscal de Estados Unidos) sería una manera sencilla de acosar a individuos designados, tal y como hace China, por ejemplo, con disidentes como Ai Wei Wei. Tal vez Clinton sea una captura demasiado grande para caer así, pero no cabe descartar que algunos enemigos de Trump acaben en la cárcel.

¿Arrastrará al país a la guerra? ¿Qué hay de su plan para aplastar al ISIS?

Paradójicamente, a pesar del temor de muchos a un Trump envalentonado capaz de arrastrar a EEUU a desastrosas intervenciones militares, el republicano no parece demasiado interesado en el aventurerismo bélico. La mayoría de los observadores cree que su “plan secreto” para acabar con el Estado Islámico en realidad no existe: enviar tropas terrestres a Siria e Irak, además de redundante -los aliados de Washington marchan ya hacia Raqqa y Mosul- e inefectivo, sería tremendamente costoso. Y, en líneas generales, Trump se ha mostrado a favor de reducir el déficit, en parte controlando la carga económica que supone el enorme ejército de EEUU.

Combatientes de las Fuerzas Democráticas de Siria (SDF) durante una batalla al norte de Raqqa, Siria, el 7 de noviembre de 2016 (Reuters)
Combatientes de las Fuerzas Democráticas de Siria (SDF) durante una batalla al norte de Raqqa, Siria, el 7 de noviembre de 2016 (Reuters)

Por eso, más que “querer destruir la OTAN”, como han escrito algunos comentaristas, Trump ha exigido que el resto de países miembros aumenten su contribución al presupuesto general de la Alianza Atlántica para aliviar las arcas estadounidenses. El problema puede venir, de hecho, por lo contrario: Trump ha amenazado con abandonar a su suerte a varios de sus socios europeos ante una potencial agresión rusa. Y dada su sintonía personal con Vladímir Putin y su declarada intención de “llevarse bien con Rusia”, no es de extrañar que el Kremlin haya mimado y promovido su candidatura, tanto en los medios de comunicación rusos como, según el FBI, mediante el hackeo y el sabotaje informático a los demócratas. Hillary Clinton habría sido una presidenta mucho más dispuesta a la confrontación con Moscú. Y Putin lo sabe.

¿Y qué ocurrirá con las guerras comerciales? ¿Desmembrará los tratados de libre comercio con México y Canadá? ¿Pondrá contra las cuerdas a China y a otros exportadores asiáticos?

Su promesa de traer de vuelta los trabajos a América, frenando e incluso revirtiendo el proceso de globalización de la economía americana, es uno de los puntos más atractivos de su programa para los votantes de Trump… y de los más temidos por empresas y multinacionales. Las dos relaciones bilaterales más importantes del planeta son precisamente las protagonizadas por Estados Unidos con México y China. Se trata de un ecosistema muy sólido del que dependen millones de puestos de trabajo. Y no sólo en los estados fronterizos, sino que también traería la ruina de miles de familias en estados tan al norte como Michigan. Además, la posición de fuerza de EEUU no es tan evidente como la plantea Trump. Si, por ejemplo, declara a China “país manipulador de divisa” o castiga las exportaciones japonesas podría provocar una escalada difícil de gestionar con países que, recordemos, son tenedores de un porcentaje altísimo de la deuda pública americana.

Aunque haga gestos de cara a la galería, la mayoría de los analistas no esperan cambios drásticos. Y llegado el caso, podría enfrentarse con la oposición de sus propios congresistas en ambas cámaras. Recordemos que Trump no puede revisar los tratados de libre comercio sin el apoyo del Capitolio y es inimaginable que congresistas republicanos como el senador John McCain voten a favor de destruir lo que se han pasado la vida defendiendo y promocionando.

¿Qué ocurre con las protestas de los afroamericanos? Si la cosa estaba caliente con Obama, ¿qué pasará ahora?

Gran parte de los afroamericanos se sintieron defraudados por los dos mandatos de Obama y no salieron a votar el martes. Son, sin lugar a dudas, la minoría más frustrada del país e incluso muchos se dejaron seducir por el mensaje que les mandó Trump en los últimos compases de su campaña. “La verdad es que ya no tenéis nada que perder”, les dijo, recordando un pasado industrial en el que, rememoró, las fábricas del hoy “cinturón oxidado” se llenaron de trabajadores negros del sur y contribuyeron a las mejoras de su condición de vida más que cualquier organización pro-derechos civiles.

Trump, sin embargo, ha sido el candidato del supremacismo blanco, respaldado incluso por el diario oficial del Ku Klux Klan. Muchos temen que los conflictos raciales que estallaron durante la presidencia de Obama se recrudezcan bajo su mandato, con la diferencia de que en la Casa Blanca la minoría afroamericana no tendrá a alguien tan dispuesto a escuchar sus problemas como lo estuvo Obama. La Southern Poverty Law Center, la organización más seria de cuantas combaten los crímenes de odio, pronostican una legislatura negra. En los últimos meses han presentado estudios, como este, en el que reflejan que el clima racial en las escuelas del sur ha retrocedido medio siglo.

Miembros del movimiento Black Lives Matter frente a soldados de la Guardia Nacional en Charlotte, Carolina del Norte, en septiembre de 2016 (Reuters)
Miembros del movimiento Black Lives Matter frente a soldados de la Guardia Nacional en Charlotte, Carolina del Norte, en septiembre de 2016 (Reuters)

Muchos activistas están preocupados con que Trump imponga su criterio en la Corte Suprema. ¿Por qué es tan importante?

Los demócratas esperaban colocar a alguien de su cuerda (Obama lo intentó con el juez Merrick Garland) para tener una mayoría progresista en la institución por primera vez en medio siglo con la que apuntalar los avances de los últimos años en temas como los matrimonios entre homosexuales.

La situación se ha dado la vuelta completamente con la victoria de Trump. No sólo por la plaza vacante, sino por la edad y salud de otros dos jueces progresistas (Ruth Bader Ginsburg y Stephen G. Breyer), así como del moderado Anthony M.Kennedy. Si su reemplazo se produce en los próximos cuatro años, Trump podría disponer de una Corte a favor con la que vencer la resistencia del Capitolio en muchas batallas sociales (aborto, derechos homosexuales...), aún incluso en escenarios de filibusterismo.

Durante la campaña, Trump dijo que tumbaría todas las medidas de Obama. ¿Por cuál va a empezar?

Una de las más evidentes es la reforma sanitaria, el famoso Obamacare. La ventaja con la que cuenta el nuevo presidente de EEUU es que en este caso sí que tiene a favor a la mayoría de los republicanos en el Congreso. Trump quiere desmantelar la “chapuza” con la que Obama trató de mejorar uno de los sistemas sanitarios más caros e ineficaces del mundo, una reforma muy criticada por millones de estadounidenses que encareció muchas pólizas de clase media y tampoco supuso la gratuidad ni la universalidad del seguro.

La retirada de Obamacare, y de otros programas de sanitarios criticados por Trump, podría dejar sin cobertura a 50 millones de personas. Lo que el magnate no ha dejado claro durante su campaña es la alternativa que piensa poner en marcha. Es decir, no está claro cuál es su modelo, aunque todo parece apuntar hacia una solución que rebaje los subsidios a quienes no pueden pagar un seguro médico con su salario. En los estados más progresistas, se espera que los respectivos gobernadores asuman parte de estas carencias sanitarias, algo que ya ocurre en muchos lugares de EEUU como Maryland o la propia Nueva York.

¿Y qué pasará con los acuerdos climáticos? Dicen que Trump no es precisamente sensible con el Medio Ambiente

No, no lo es. Se muestra escéptico con el cambio climático y dispuesto a apostar por los combustibles fósiles de nuevo. Es probable que se niegue a ratificar los Acuerdos de París, dando un enorme revés al consenso alcanzado en materia en los últimos años. De hecho, en su programa anunció que cancelaría la contribución a los programas de cambio climático de la ONU y dedicaría ese dinero a mejorar las infraestructuras de agua y medioambientales de EEUU. Se trata de una promesa perfectamente factible y un botón de muestra de la nueva manera de entender el mundo desde la Casa Blanca, sin vocación de liderar los proceso internacionales y más preocupada por los asuntos domésticos. Una idea que se resume en una de las frases de su campaña: “Hemos estado demasiado tiempo pensando en lo que le conviene al mundo. Es hora de que nos centremos en lo que le conviene a América”.

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