se producen unos 100 ataques anuales

El regreso de los grandes tiburones blancos

La población de escualos es similar a la de hace décadas, pero cada vez se producen más ataques. Los investigadores tienen diferentes teorías al respecto

Foto: Un gran tiburón blanco, fotografiado en el Pacífico nororiental, al que pertenece la región de California. (Reuters)
Un gran tiburón blanco, fotografiado en el Pacífico nororiental, al que pertenece la región de California. (Reuters)

Un 'escalofrío' por todo el cuerpo. Una sensación de malestar, de incomodidad, algo así como un presagio. Nervios, preocupación, algo no está bien. Así describen muchos de los supervivientes de ataques recientes de tiburones blancos lo que sintieron justo antes de recibir el mordisco. En los últimos años han aumentado los avistamientos de tiburón blanco en las costas de California, donde esta especie está protegida. Y aunque los ataques se mantienen estadísticamente escasos (entre cuatro y seis al año), es imposible evitarlos completamente.

"No sabemos cuál es esa conjunción de circunstancias que hacen que ocurra un ataque", explica a El Confidencial Ralph Coullier, uno de los más veteranos estudiosos de los tiburones blancos en California, fundador del Consejo de Investigaciones de Tiburones en los años sesenta, para quien los ataques de tiburones son poquísimos. "Tengo docenas de fotos, de vídeos hechos desde un helicóptero, en los que se ve a los tiburones nadando entre los humanos. No están interesados. Siempre se quitan de en medio, se dan la vuelta. Cuáles son las circunstancias que hacen que, una vez de entre miles, decidan atacar, es algo que todavía no hemos resuelto", confiesa.

Sería maravilloso saberlo, pero viene a ser tan difícil como prevenir que te caiga un rayo encima. Si no quieres que te pase, no salgas a la calle cuando hay tormenta. La única garantía de que no te ataque un tiburón blanco en California es no meterte en el mar. Como eso es poco menos que absurdo estando en el Pacífico, abundan las recomendaciones 'acientíficas' que los locales dispensan con amabilidad y cierta sorna. No meterse muy adentro. No nadar solo. No meterse con una herida sangrante o que pueda sangrar. En caso de ver un tiburón, moverse frenéticamente y salpicar lo más posible para ahuyentarle...

"Lo cierto es que hay pocas cosas que puedas hacer para garantizar que no te vaya a pasar. Aunque la estadística está de tu parte. Hay muchas más probabilidades de que mueras por que te caiga un coco en la cabeza, o incluso, en el océano, es mucho más probable que pises una raya o una botella rota de cerveza. Hay que evitar llevar bañadores de colores brillantes y que contrasten, hay que evitar llevar joyas que puedan brillar y reflejar el sol; hay que nadar siempre en un grupo. Y, sencillamente, estar atento a lo que te rodea. Es lo mismo que si vas de excursión a la montaña. Te estás metiendo en el hábitat de los pumas, de los osos. Y tienes que estar pendiente. Lo mismo en el océano. Es el hogar del tiburón blanco y muchas otras criaturas. Así que si ves un montón de peces o un par de focas que nadan muy deprisa hacia la costa, hay muchas probabilidades de que les esté persiguiendo un tiburón. Tranquilamente, sin armar mucho alboroto, sal del agua".

Estar más o menos dentro no es garantía, sin embargo. Hay decenas de avistamientos de tiburones documentados en la línea donde rompen las olas, a pocos metros de la orilla. Chapotear tampoco es buena idea. Nada que les llame la atención o les haga confundir con algo interesante para comer. No está demostrado, tampoco, que la sangre humana les atraiga especialmente.

Un agente de policía pasa frente a una maqueta de tiburón en Oak Bluffs, el lugar donde se filmó la película 'Tiburón'. (Reuters)
Un agente de policía pasa frente a una maqueta de tiburón en Oak Bluffs, el lugar donde se filmó la película 'Tiburón'. (Reuters)

La película 'Tiburón', una tragedia para estos depredadores

Ralph Coullier adora los tiburones y los ha convertido en su vida desde el día en que, con 10 años, presenció en el muelle de Malibú a un pescador sacando del agua una hembra de tiburón. "Era un tiburón gato, más pequeño. Empezó a parir allí mismo -es lo que hacen cuando son capturados- y mis hermanos y yo intentamos devolver corriendo a las crías al mar. El pescador nos dijo que no iban a sobrevivir. Pero no nos supo explicar por qué había pasado eso". Cuando el joven Ralph quiso aprender más sobre aquellos animales, la biblioteca local tuvo que pedir libros especializados, que no tenían, a la central de Los Ángeles. Coullier se convirtió en un incansable investigador de esta especie, colaborando en proyectos con el Instituto Smithsonian, y actualmente participa en la creación de una base de datos mundial sobre ataques de tiburones dirigida por la universidad de Princeton y un estudio de ADN a escala mundial.

En 1963 fundó el Centro de Investigación de Tiburones Blancos en California cuando nadie hacía mucho caso a estos animales. "Llegó 1975 y la película 'Tiburón'. Había ataques de vez en cuando, pero a raíz de la película [curiosamente, ambientada en Massachussets, en la costa Este, donde no hay apenas tiburones blancos], los pescadores salían al mar en busca de tiburones, los capturaban y mataban, llegaron a matar hasta 35 tiburones blancos adultos (cuatro en un solo día), y la población empezó a diezmarse preocupantemente". La especie se declaró en peligro en extinción a mediados de los noventa. "La película alimentó esa imagen del tiburón como un asesino malvado. Muy lejos de la realidad. Lo cierto es que es un depredador imprescindible para el océano", indica Colliers.

Un depredador que, según los últimos estudios y gracias a los esfuerzos de las últimas décadas, goza de buena salud. Ahora se calcula que la población está entre 500 y 2.000 ejemplares. "La recuperación ecológica de la costa ha ido teniendo lugar a lo largo de los últimos 50 años", asegura en una entrevista para el departamento de guardacostas el científico Chris Lowe, de la universidad estatal de California. "Hemos limpiado las aguas, hemos limpiado el aire y, más recientemente, regulado cómo se pesca en California. Y una de las pruebas de que se ha recuperado el ecosistema es la aparición de los depredadores, porque son los indicadores de un ecosistema sano. Los blancos están volviendo, los hemos protegido durante los últimos 15 años. Vamos a ver cada vez más a lo largo de la costa". La página de los guardacostas reconoce también el aumento de los avistamientos y encuentros con tiburones de todas clases en los últimos años.

"El protocolo es: si el tiburón está a menos de 275 metros de la costa, si mide más de dos metros y medio (los que están por debajo se consideran juveniles y no suelen atacar) y si muestra signos de agresividad, salimos con las motos acuáticas o con un helicóptero, vigilamos la zona y alertamos a los bañistas", explica Lidia Barillas, de la oficina de información pública de los guardacostas de Los Ángeles. "Lo normal es que en un rato se marchen. No tienen ningún interés en estar cerca de los humanos". Las playas solo se cierran si el ataque se produce. "Por supuesto, estamos preparados y entrenados para enfrentarnos a ese tipo de situaciones. Todos los guardacostas tienen título médico de atención básica y saben qué hacer en caso de mordedura. Aunque esto rara vez pasa", añade Barillas, aunque reconoce que sí se están produciendo más avistamientos.

Inevitablemente, cuantos más tiburones hay más aumentan las probabilidades de ataque. Pero Coullier rechaza que el reciente aumento de la población de tiburón blanco sea la causa del aumento de los ataques: "En los años cincuenta y sesenta, había la misma cantidad de tiburones. Lo que ha cambiado drásticamente es la cantidad de gente que hay en el agua. Cuando empecé a trabajar con los tiburones, a principios de los sesenta, si me acercaba al muelle de Malibú un sábado, por ejemplo, podía encontrarme con unas 10 o 15 personas haciendo surf. Hoy ese número ha subido hasta 200, en una mañana determinada. A eso le sumamos los que salen en kayak, los que nadan y bucean... ".

El Consejo de Investigación de Tiburones que lidera Coullier documenta escrupulosamente cada avistamiento o encuentro con tiburones en las costas de California, aunque hace una distinción muy particular: solo ataques "no provocados". En su lista de recientes incidentes, por ejemplo, no está el último ataque grave que sucedió el pasado mes de julio en Manhattan Beach, al sur de Los Ángeles, donde un hombre recibió un mordisco en las costillas (aunque sobrevivió). El tiburón estaba atrapado en el cebo de un pescador del muelle, que durante media hora fue incapaz de soltarlo. Es decir, la intervención de ese pescador irresponsable, que no supo o no quiso cortar el hilo durante más de 30 minutos, provocó la ira del tiburón, que respondió lanzando bocados a todo lo que hubiera cerca.

El surfista australiano Mick Fanning sufre el ataque de un tiburón blanco del que salió ileso durante una competición en Jeffrey's Bay, en Sudáfrica, el pasado 19 de julio. (Reuters)
El surfista australiano Mick Fanning sufre el ataque de un tiburón blanco del que salió ileso durante una competición en Jeffrey's Bay, en Sudáfrica, el pasado 19 de julio. (Reuters)

Octubre, el mes de los tiburones

Pero al margen de ese ataque provocado, el centro de investigación documenta casi una decena de incidentes o avistamientos al mes narrados en primera persona por sus protagonistas, con los que muy a menudo Coullier se reúne y entrevista. "La frecuencia de ataques de tiburones no provocados en California está entre cuatro y seis al año. Es increíble, si lo piensas, que sean tan pocos incidentes. Estamos hablando de millones de horas de contacto entre humanos y tiburones cada año", comenta.

En todo el mundo hay unos 100 ataques de tiburones blancos al año, de los cuales entre ocho y nueve son fatales. En EEUU ha habido 106 ataques no provocados de tiburones blancos entre 1916 y 2012. De entre todos los ataques, 78 fueron en California, según el archivo de tiburones del Museo de Historia Natural de Florida, y de esos 78, 13 fueron mortales, según el Consejo que dirige Coullier.

La última víctima, Francisco Javier Solorio, hacía surf en una playa de Santa Bárbara una mañana de octubre de 2012. Fue Coullier quien acudió a la llamada del forense a examinar el cuerpo de Solorio y determinó que el tiburón responsable de su muerte medía casi cinco metros. El anterior ataque mortal, en 2010, se produjo en la misma playa y en la misma época del año. Al parecer, el mes de octubre es especialmente activo para los blancos, hasta el punto de que los surfistas lo llaman 'shark-tober' (que podría traducirse como 'tiburón-tubre'). Tras el incidente, las playas de la zona estuvieron cerradas durante 72 horas. Después, 'business as usual'.

"Por más de media hora, el tiburón seguía acercándose a mi tabla desde detrás, así que me giré para verlo venir. Cada vez que pasaba por debajo de la tabla, se movía y me desestabilizaba. Intenté usar el remo de manera suave, sin salpicar, remando con movimientos lentos y hundiéndolo lo más profundamente posible. Ponía el remo delante de su morro cada vez que lo veía acercarse demasiado .[...] Me miró directamente a los ojos cuando pasó por el lado". Así describe en la web de Coullier su encuentro con un gran blanco la deportista de 'paddle surf' Catherina Gennaro el pasado 6 de septiembre en la playa de El Pescador, en Malibú.

"De pronto, una gran ola me empujó más cerca de la orilla, me puse de rodillas sobre la tabla y dirigí la tabla a la orilla. En ese momento, sentí un golpe fuerte bajo la tabla y salí despedida unos dos metros y perdí la tabla y el remo. Permanecí bajo el agua por unos segundos. Cuando emergí, busqué al tiburón, continué de espaldas a la orilla para poder verlo acercarse. Cuando llegué a la orilla me temblaban las piernas y me eché a llorar", relata Gennaro.

Otro ejemplo: Madeline Krakowiak y su hermana estaban haciendo surf en la playa de La Jolla una mañana del pasado julio. "Estaba a punto de coger una ola cuando vi a mi hermana que estaba a mi lado y un tiburón detrás de ella. Por lo menos de metro y medio. Grité "¡Tiburón!" y salimos del agua tan rápido como pudimos. Ese día no nos metimos más". Se deduce de su testimonio que ni Madeline ni su hermana han dejado de hacer surf por estas costas, a pesar del susto. El tiburón con que se encontraron era un tiburón cría, “muy pequeño", y probablemente inofensivo. Pero si piensan que semejante encuentro solo les va a pasar una vez en la vida, quizá deberían planteárselo de nuevo. Porque cada vez es más probable que se lo vuelvan a encontrar. Son los gajes de hacer surf en California.

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