LA CÁMPORA, FUNDAMENTALISTAS DEL KIRCHNERISMO

“Ineficaces, soberbios y millonarios”: la historia de los pretorianos de los Kirchner

Con un respaldo político casi infinito, “La Cámpora” ha logrado institucionalizarse como una enorme masa militante, irrumpiendo en los enclaves de poder más influyentes de Argentina

Foto: Máximo Kirchner toca el ataúd que contiene el cadáver de su padre, Néstor Kirchner, durante su funeral en el palacio presidencial, en Buenos Aires. (Reuters)
Máximo Kirchner toca el ataúd que contiene el cadáver de su padre, Néstor Kirchner, durante su funeral en el palacio presidencial, en Buenos Aires. (Reuters)

Fue Néstor Kirchner quien ordenó a su hijo Máximo que liderara un movimiento juvenil con el fin de fortalecer su gestión. Con un respaldo político casi infinito, “La Cámpora” logró institucionalizarse como una inmensa masa militante del kirchnerismo, casi fundamentalista, que irrumpió en el Parlamento y en los enclaves de poder más influyentes. Esta es la historia de unos jóvenes hambrientos de protagonismo político y convertidos en fuerza de choque.   

Corría el año 2001 cuando Argentina se vio sumida en una de las crisis más profundas de las últimas décadas. Fernando de la Rúa había abandonado el Gobierno en medio de saqueos, muertes, estados de sitio y corralitos cuando aún le restaban dos años de mandato. En los últimos días de aquel mes de diciembre, en un hecho histórico y sin precedentes, el país pasó a ocupar las portadas de los principales medios del mundo. Fueron las tristemente célebres semanas de los 5 presidentes. Un verdadero caos institucional, con todas las consecuencias… y más.

La credibilidad de los políticos había descendido a los infiernos. No podían, siquiera, salir de sus casas. El escrache (palabra acuñada por los argentinos, que terminó cruzando el Charco) estaba a la orden del día. El grito social de entonces al son de las cacerolas era “Que se vayan todos”, una verdadera sentencia. El primer día de 2002, Eduardo Duhalde, el senador peronista que fuera derrotado por De la Rúa en los comicios presidenciales de 1999, fue elegido por amplia mayoría parlamentaria. Un año después, convocaba elecciones generales.

Néstor, el presidente que no ganó

Néstor Kirchner llegó a la presidencia  de Argentina en 2003 logrando apenas el 22% de los votos. En esos comicios, Carlos Menem, que ya había gobernado el país durante los años 90, ganó por apenas un par de puntos. No le alcanzó para volver a la Casa Rosada y descartó presentarse en una segunda vuelta, dejando libre el camino para aquel flaco, desgarbado y estrábico gobernador de la patagónica provincia de Santa Cruz. Casi un desconocido para la gran mayoría.

Kirchner asumió la presidencia argentina como perdedor en los números, consciente de su debilidad política, pero con los objetivos claros. Amasar el mismo poder, casi ilimitado, que había sabido conseguir en el Sur. Desde el ayuntamiento primero y la gobernación después para repetirlo, pero esta vez, en todo el país.

Paralelamente a su investidura como presidente, Néstor pidió a su hijo Máximo que liderara un movimiento juvenil con el fin de fortalecer su gestión. Kirchner supo desde un primer momento que existía un nicho de jóvenes hambrientos de protagonismo político que nadie había sabido aprovechar, hasta ese momento.

Los amigos del heredero comenzaron a convertirse en visitantes frecuentes de la residencia presidencial. Fútbol, asados y charlas. Muchas y doctrinarias conversaciones en las que el entonces presidente relataba las historias –su versión de esas historias– revolucionarias de los años 70 con Los Montoneros a la cabeza, incluso “su lucha” durante la Dictadura Militar. Tal vez fueron unos relatos un tanto maquillados, cargados de romanticismo de los que, en rigor a la verdad, no participó. “Quizá les haya contado lo que en realidad hubiese querido ser en su juventud”, señala a El Confidencial el exdiputado Rafael Flores, quien fuera compañero de estudios y militancia de Kirchner, y que Laura Di Marco relata en su libro La Cámpora, historia secreta de los herederos de Néstor y Cristina Kirchner. Pero los amigos de su hijo lo miraban y escuchaban casi con devoción.

Cristina Kirchner, ya presidenta, junto a su difunto marido y sus dos hijos, en diciembre de 2007 (Reuters).
Cristina Kirchner, ya presidenta, junto a su difunto marido y sus dos hijos, en diciembre de 2007 (Reuters).

Los soldados del “modelo K”

Liderados por Máximo K., sus incondicionales de toda la vida –Andrés el Cuervo Larroque, José María Ottavis, Eduardo Wado de Pedro, Juan Cabandié y Mariano Recalde–, serían el verdadero germen de una agrupación que fue creciendo exponencialmente en la sombra, bajo el ala kirchnerista y fortaleciéndose en las grandes confrontaciones generadas por el propio Gobierno. Sólo que no comenzaría a tomar forma hasta 2006, aunque, en realidad, La Cámpora como tal terminaría de constituirse en 2011, durante el segundo mandato de Cristina Fernández y tras la muerte de Néstor.

El fallecimiento de Néstor Kirchner cogió por sorpresa a todos. Fue un domingo. Ese día, el país al completo estaba en su casa para recibir a los encuestadores del primer censo nacional después de diez años. Los Kirchner se encontraban en El Calafate, junto al imponente Lago Argentino y muy cerca del glaciar Perito Moreno. El lugar de Cristina en el mundo.

En el día del funeral no pasó inadvertida la masiva presencia de jóvenes (y no tan jóvenes) que lloraron a Néstor como quien llora a un padre muerto, y arroparon a su esposa como a una madre hundida en el dolor. La Cámpora coordinó cada detalle. Desde los cientos de autobuses llegados de todos los rincones del país llenos de militantes de todas las edades, para dar el último adiós y desfilar ante un féretro cerrado, hasta la disposición de las cámaras de televisión, incluso dando las órdenes precisas sobre quién debía acercarse o no a la presidenta.  

Doce meses más tarde, Cristina Fernández, enfundada en un riguroso luto que no abandonaría durante los próximos tres años, ganaba, por segunda vez, con un histórico 54% de los votos. Este apoyo popular le permitiría gobernar a su antojo durante cuatro años más los destinos del país. Aunque esta vez sin la tutoría de su difunto marido, pero con la plena certeza que podía confiar en su hijo y sus incondicionales amigos para llevar adelante su propio proyecto político.

Un hombre pasa ante un cartel de La Campora en la barriada de La Carbonilla, Buenos Aires (Reuters).
Un hombre pasa ante un cartel de La Campora en la barriada de La Carbonilla, Buenos Aires (Reuters).

Ese fue el momento. El despegue definitivo de La Cámpora. A partir de ahí, Cristina no dejó de elogiarlos en público y se mostró dispuesta a cederles cada vez más protagonismo político. La Viuda comenzó a desplazar al peronismo tradicional, que había secundado a Kirchner desde siempre. Forjó entonces su propia tropa, liderada por Máximo, con aquellos que habían sido instruidos como soldados, escudos y fuerza de choque.

Con un respaldo político casi infinito, La Cámpora logró institucionalizarse como una enorme masa militante del kirchnerismo, casi fundamentalista, con irrupción parlamentaria y de poder en los enclaves más influyentes, incluidos ministerios, Seguridad Nacional, Inteligencia y hasta llegó a ocupar sitios de privilegio en los directorios de las principales empresas donde el Estado tiene, aunque sea, una mínima participación. Eso sí, abrazados a una caja multimillonaria de dinero público que manejaron sin rendir ningún tipo de cuentas, tan sólo a cambio de lealtad incondicional y obsesiva al “modelo K”.

Un grupo de “ineficaces, soberbios y millonarios”

El Gobierno kirchnerista en general, y el de Cristina Fernández en particular, se proveyó de una militancia juvenil con aires renovados que llena plazas, predica, vive el relato y trabaja incansablemente en nombre de sus padres políticos. Sin preguntar. Sin cuestionar. Sin ambages. Tan sólo con la consigna “amigo-enemigo” grabada a fuego para, desde allí, ejercer un cerco protector, con todo tipo de recursos, y enfrentarse a los “enemigos internos y externos de la patria que quieren desestabilizar a Cristina”.

Así han ido controlando con mano de hierro todas  las esclusas contra las “conspiraciones” internas y externas, los intentos de “golpes de Estado” mediáticos, judiciales, agropecuarios, financieros… Todo cuanto argumento populista y paranoico fuera lanzado con toda liviandad por la propia presidenta.

Para La Cámpora, si la realidad y la ideología chocan, la que está equivocada es la realidad. Su estructura es totalmente verticalista, llevando su “luchar a muerte y pelear hasta el final…” como estandarte, tal y como era la lucha setentista, según el relato –particular, claro– de Néstor Kirchner en aquellas charlas que se extendían hasta la madrugada en la Residencia de Olivos, tras los partidos de fútbol y el asado de los viernes por la noche.

Pero el misterio sobre este grupo de amigos, cuya obsecuencia y obediencia debida fue transmitida con especial dedicación a los más de 60.000 militantes que hoy controlan, los convirtió en una generación de “ineficaces, soberbios y millonarios”, según la definición de uno de los históricos dirigentes del peronismo y que, hasta hoy, se mantiene intacta.

Sin embargo, el enigma sobre La Cámpora se profundiza. Los principales integrantes de la Mesa Directiva, incluido su líder, Máximo Kirchner, jamás han dado una sola entrevista sin condiciones a medios que estén fuera de la órbita del oficialismo, con la garantía de no tener que responder, así, a preguntas incómodas. Y, sobre todo, que la verdadera información jamás salga a la luz. El secretismo, la desconfianza y la depuración entre dudosos o cobardes resulta su seña de identidad, algo que Máximo Kirchner se encarga de recalcar casi a diario, con la misma propensión a las teorías conspirativas que heredó de sus padres.

La situación es, para Marcos Novaro, director del Centro de Investigaciones Políticas, sumamente tóxica y preocupante. Los barones de La Cámpora creen ser el recambio generacional que les prometió Néstor Kirchner para continuar un proyecto Nacional y Popular, pero la realidad cuenta que no han logrado ganar, luego de varios intentos, ni siquiera un sólo centro de estudiantes universitarios. Generan rechazo e inspiran poco respeto. No obstante, siguen agitando las banderas. Gritan a viva voz aquello de Cristina corazón, acá tenés los pibes para la liberación’”, señala a este diario. Por su parte, el analista político Jorge Asís los define con una certeza quirúrgica: se trata tan sólo de “un grupo de muchachos de abajo que creen participar en una revolución que, en realidad, es imaginaria”.

Quedan pocos meses para las elecciones generales. La constitución impide un tercer mandato consecutivo. El apellido Kirchner dejará atrás más de una década de sectarismo, corrupción y una grieta social que ni los más viejos recuerdan. Se les prevé un futuro muy cercano a los juzgados…y todo apunta a que La Cámpora también los acompañará en ese lance.

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