humilla a sus rivales en las elecciones

Realismo mágico y bonanza económica: Evo Morales vuelve a arrasar en Bolivia

Un socialismo que no es socialista, un indigenismo que no es indígena, un antiimperialismo cada vez más imperial y una economía cada vez más próspera.

Foto: Ciudadanos esperan para depositar su voto en un colegio electoral en Achacachi, en La Paz (Reuters).
Ciudadanos esperan para depositar su voto en un colegio electoral en Achacachi, en La Paz (Reuters).

Evo Morales Ayma es una contradicción andante. Una exitosa contradicción política y electoral que acaba de arrasar, por tercera vez, en las elecciones presidenciales de Bolivia este domingo con un socialismo que no es socialista, un indigenismo que no es indígena y un antiimperialismo cada vez más imperial. Una antifórmula del éxito que solo funciona en Bolivia, el país de las paradojas.

El mandatario ganó con más del 60% de los votos y, según los sondeos a pie de urna, revalidó su aplastante mayoría en la Asamblea Plurinacional y humilló a la oposición al imponerse en ocho de nueve departamentos, incluido Santa Cruz, el bastión opositor donde hasta no hace tanto ni siquiera podía aterrizar con su avión.

Los analistas citan una bonanza económica sin precedentes (con la que redujo la pobreza a mínimos históricos pero sin tener que endeudarse hasta el cuello) que el Gobierno ha sabido filtrar hasta los más pobres mediante bonos y ayudas, después de nacionalizar empresas en sectores estratégicos de la economía, como el gas, las minas y las telecomunicaciones. Por supuesto, todos señalan el desastroso elenco que conforman sus adversarios, que ni siquiera pudieron ponerse de acuerdo para enfrentar unidos el poderío financiero y electoral del Movimiento Al Socialismo (MAS).

Y, como no, el magnetismo incontestable del “primer presidente indígena” de Sudamérica. Una auténtica rara avis en la política contemporánea.

Evo masa

Sus discursos, aplaudidos a rabiar por la concurrencia, poco tienen que ver con la elocuencia florida de los populistas clásicos, como su fallecido amigo Hugo Chávez. Los discursos “del Evo” pueden sonar enrevesados al oído occidental y su contrucción gramatical incomprensible por momentos. Pero los que votan no son occidentales, sino bolivianos. Y le entienden. Vaya si le entienden.

Los discursos “del Evo” pueden sonar enrevesados al oído occidental y su contrucción gramatical incomprensible por momentos. Pero los que votan no son occidentales, sino bolivianos. Y le entienden

“Antes decidían los gringos, ahora decidimos los indios”, resumió en su campaña el ex sindicalista cocalero de 54 años, cuya popularidad se ha mostrado resitente al desgaste a una década de tensiones políticas y territoriales en el país más pobre de Sudamérica. Pero, ¿cómo dominar a las masas sin tener carisma de masas? Muy sencillo. Siendo masa. Y “el Evo” tiene un poquito de todos y un mucho de ninguno.

Hay muchos líderes políticos que dominan el camaleónico arte de ponerse el traje que requiera la ocasión (sobre todo si la ocasión es electoral). Pero el sincretismo del presidente Morales es caso de estudio. Una figura caleidoscópica, poliédrica y flexible que encaja en muchos moldes. Indígena, pobre, campesino, obrero, migrante, cocalero, sindicalista, socialista, ecologista, antisistema. ¿Quién da más?

El cuento del niño Evo

Es difícil no dejarse seducir con el cuento del niño Evo, pobre de solemnidad, que pastoreaba descalzo un rebaño de llamas en Orinoca, un perdido rincón aimara de la perdida Bolivia de mitad del siglo pasado. Apostado al lado de la carretera, repelaba las cáscaras de naranja que le lanzaban los viajeros desde los buses que cruzaban el frío páramo andino. A veces, si las sobras eran suculentas, su padre tenía que pelearse con los perros por el botín. El niño Evo soñaba con irse, lejos, en uno de esos autobuses que escupían comida. Como todos los pobres.

Y se fue. Primero de adolescente a la ciudad, a Oruro, donde fue ladrillero, panadero, heladero y trompetista en la Banda Imperial para pagarse el bachillerato, que nunca terminó. Probó en el fútbol profesional, pero tampoco lo logró. Por glotón, se justifica. Hizo la mili en La Paz. Se hizo urbano y olvidó sus idiomas ancestrales. Se mezcló. Las heladas del altiplano lo llevaron al trópico cochabambino y en El Chapare se convirtió en cocalero.

Dice que el día que vio cómo unos militares borrachos quemaban vivo a un campesino durante la dictadura algo cambió en él.  “Hasta ese momento yo entendía que el presidente era el padre de todos los bolivianos. ¿Por qué el presidente tiene que quemar vivo a alguien?”, fue su reflexión. Él sería un buen padre para los bolivianos. Y empezaría con sus hermanos campesinos.

Llámese como se llame

Al grito de "kausachun cocha, huanuchun yanqui" (viva la coca, muera el yanqui), Morales se convirtió en símbolo de resistencia contra las políticas de "Coca Cero" impuestas por Washington. En esos años forjó su imagen de indio rebelde, insobornable y altivo, liderando cientos de marchas campesinas y bloqueos de carreteras que no pocas veces terminaban a palos con la policía.

Cuando el sistema de partidos implosionó en Bolivia, el niño pobre de Orinoca estaba ahí para surgir de los restos del naufragio y decirle a la mayoría pobre, indígena, mestiza y humillada que había otro camino. Lo llamó “proceso de cambio”, lo llamó “revolución democrática cultural”, lo llamó “suma qamaña” (el vivir bien aimara), lo llamó “estado plurinacional”, lo llamó “socialismo del siglo XXI”. A su gente no le habría importado como lo llamara, mientras el que le pusiera el nombre fuera él.

El niño Evo soñaba con irse, lejos, en uno de esos autobuses que escupían comida. Como todos los pobres

Morales ha conservado la imagen de líder humilde y honesto entre sus votantes, a los que les pirra que “uno de los suyos”, un pobre campesino que no terminó el bachillerato y que confiesa abiertamente que no le gusta leer, es uno de los hombres con más doctorados honoris causa en la historia del país. Su espontáneidad doblega en las urnas con facilidad inusitada los currículums más voluminosos, firmados por estrellas empresariales, genios de las finanzas y todo tipo de cráneos privilegiados. Y el domingo, Bolivia se rindió de nuevo a sus pies y le entregó todo el poder. 

Un mejunje especial

Para sus enemigos, Morales no es más que un autócrata y megalómano que sigue la estela de su malogrado “hermano” Chávez para eternizarse en la presidencia. Y el milagro, dicen, no tiene nada de milagro, se reduce a una bonanza por el auge de las materias primas, desperdiciado en construir un liderazgo monolítico, personalista y caudillesco. 

Y, sobre todo, sus enemigos no soportan sus contradicciones.

Evo Morales saluda a simpatizantes en una visita a Cochacamba (Reuters).
Evo Morales saluda a simpatizantes en una visita a Cochacamba (Reuters).

El “líder ancestral” masca coca y es un apasionado del fútbol, deporte de los invasores. Ensalza al indígena, pero no habla su lengua. Se apunta a la liturgia católica y a la Pacha Mama, según convenga. Su socialismo, en vez de crear el “hombre nuevo” se ha limitado en transformar a los pobres, los campesinos y los desheredados en consumidores. En su discurso conviven Túpac Katari, Fidel Castro y Simón Bolívar sin orden ni concerto. La revolución no fue más que un recambio de elites y su partido no hace sino replicar los vicios y corruptelas del pasado. Pero no hacen mella y apenas un 20 por ciento votó por la oposición el domingo.

El gran secreto es que Morales ha mostrado ser todo lo necesariamente radical para digerir las demandas de un cambio, pero lo suficientemente conservador como para que lo pueda soportar el país. Y en Bolivia, funciona, quizás por que, de algún modo, el país es tan contradictorio como él.

Una metáfora de relojería

El reloj que corona el frontispicio de la Asamblea Plurinacional de Bolivia, en La Paz, marcha al revés. Desafiando la convención universal, sus manecillas caen hacia la izquierda desde el pasado 21 de junio, solsticio de invierno, cuando da comienzo el nuevo año aimara. “Nuestro norte es el sur” corean los defensores del inusual invento.

Para muchos, la inusual pieza es símbolo de descolonización. “Tenemos que sacudirnos esa lógica. Estamos formateados por el norte”, denunció el canciller David Choquehuanca, padrino de la iniciativa. Pero para otros, el tiempo al revés es la mejor metáfora de un país contradictorio que se quiere asomar a la modernidad sin renunciar a su pasado.

Tras ser saqueada por los españoles, la “hija predilecta” del Libertador Simón Bolívar fue ultrajada por sus sus “hermanos” latinoamericanos. En menos de 200 años de vida independiente perdió la mitad de los dos millones de kilómetros cuadrados con los que nació, tal es la magnitud de su tragedia. Perder su cordón umbilical con el Pacífico fue el trauma que más hondo caló en la joven república. Prisionera desde hace un siglo en el continente, Bolivia sueña todas las noches con el mar.

Lo que quedó fue una nación pegada con saliva, candidata a sentarse en el diván antropolítico y que no termina de entender si es indígena o si es mestiza. Un país en el que cuanto más alto vives geográficamente, más abajo estás en la pirámide socio-económica. Una duda permanente entre lo que es y lo que quiere ser a la que, por el momento, solo Evo Morales ha encontrado respuesta

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