ESCONDIDOS, COMULGAN BAJO LOS MORTEROS

Los últimos cristianos de Alepo

Como no hay sacerdote -huyó hace tiempo- Oberi oficia la misa. Lee el evangelio bajo las velas. No hay electricidad y fuera los morteros siguen cayendo

Foto: Una de las mujeres cristianas que vive en la Maison de Repos St. Elie, en la Ciudad Vieja de Alepo. (J.M. López)
Una de las mujeres cristianas que vive en la Maison de Repos St. Elie, en la Ciudad Vieja de Alepo. (J.M. López)

El lúgubre callejón Abdul Rahim, en la Ciudad Vieja de Alepo, es un oasis en el infierno. Ubicado en uno de los frentes de batalla más peligrosos, donde se libran combates día y noche, para llegar hasta él hay que atravesar varias calles corriendo, con la cabeza agachada, evitando los disparos de los temidos francotiradores.

En la entrada alzamos la vista: la estrecha vía está abarrotada de basura; al fondo, dos niños asoman la cabeza. Caminando por el suelo empedrado, nos topamos con un muro donde puede leerse en francés Maison de Repos St. Elie. Lentamente, Michael Oberi (53 años) abre una puerta negra de hierro. “Pasad, pasad”, invita, mientras muestra su hogar.

Como no hay sacerdote -huyó hace tiempo- Oberi oficia la misa. Ataviado con una túnica blanca, lee el evangelio bajo la luz de las velas rojas. No hay electricidad y los morteros siguen cayendo. Mientras reparte la eucaristía, una explosión cercana hace retumbar las paredes de la capilla. Sin embargo, los feligreses siguen cantando y comulgandoEl edificio, una antigua casa de reposo fundada en 1863 por la comunidad cristiana de Siria, se asienta sobre un patio central con tres pequeños jardines y dos fuentes. A su alrededor hay unas veinte estancias, donde siete ancianos hacen su vida diaria. Son los últimos cristianos que resisten en esta parte de la ciudad, tomada desde hace un año por los rebeldes que luchan contra el régimen de Bachar Al Asad, y donde la presencia de las facciones islamistas radicales tiene cada día más peso.

Sentados para tomar el té, se observan varios boquetes causados por obuses en las paredes colindantes, horadadas por disparos. Las explosiones no cesan, cada vez más intensas y cercanas. Pero Michael Oberi parece no inmutarse; incluso se ríe de los periodistas cuando estos tiemblan entre impacto e impacto.

“No abandonaré mi casa bajo ningún concepto. Si Al Qaeda viene a esta casa y me amenazan con asesinarme, espero que cumplan su palabra, porque solamente muerto saldré por esa puerta. No les tengo miedo”, sentencia este hombre de 53 años.

Asesinatos de católicos

A Oberi no le preocupan las últimas noticias. Hace unas semanas, combatientes que pertenecían al Frente al Nusra, vinculado a la red terrorista Al Qaeda, tomaron la ciudad de Malula, la única población de mayoría cristiana donde aún se habla y se reza en arameo, la lengua de Jesucristo, cuyos habitantes han transmitido de padres a hijos. Varios católicos fueron asesinados.

Incluso parece dudar de estas informaciones. “La tele sólo dice mentiras”, exclama, mientras ofrece compartir un whisky que tiene escondido debajo de la cama. Entre trago y trago la charla continúa, pero sin tocar temas escabrosos, como el brutal asesinato acontecido el pasado 23 de junio en el convento de la Custodia de Tierra Santa, en Gassanieh, al norte de Siria.

Aquel domingo, los rebeldes, cuchillo en mano, degollaron a tres personas ante la atenta y casi divertida mirada de una muchedumbre que grababa la escena con sus teléfonos móviles.  Uno de los ajusticiados fue el sacerdote sirio François Murad. La noticia puso en alerta al Vaticano, que rápidamente envió a un emisario con un mensaje del Papa Francisco para pedir a los cristianos que abandonasen el centenario refugio.

Comulgar entre morteros

Oberi sobrevive en el infierno de la Ciudad Vieja de Alepo junto con su esposa, Sarbi Magarian, de 51 años. “Espero que Siria no se convierta en el nuevo Irak y que el odio entre etnias no se convierta en algo habitual”, comenta esta mujer de pelo castaño.

Este pequeño grupo de cristianos es sustentado por miembros de la brigada musulmana Liwad Tawid. “Todas las mañanas, los soldados de Abu Ammar (su líder) nos compran dos bolsas de pan; además, cada 15 días nos traen harina, sal, arroz, pasta… ellos se preocupan por nuestra seguridad”, cuenta Oberi. “Gracias a ellos podemos movernos libremente por la Ciudad Vieja sin temer a los islamistas radicales, que tienen una fuerte presencia en esta parte de Alepo”. Los ancianos reciben, además, 500 libras sirias mensuales (7,04 dólares).

Un cuadro del Sagrado Corazón protege el refugio. En el centro del claustro, una figura de la Virgen María con velo blanco y túnica azul acompaña a San Jorge, matando al dragón con su lanza. A las seis de la tarde, poco antes de que caiga el sol, suenan las campanas. Es la iglesia que, desde la parte de la ciudad controlada por el régimen, llama a misa.

Pero la realidad es que, en Siria, son los propios musulmanes los que ejercen como ‘ángeles de la guarda’ para los cristianos. A pocos kilómetros de la Maison de Repos St. Elie, el Ejército Libre de Siria (ELS) tiene uno de sus centros de mando. El sonido de las campanas parece despertar a los habitantes de la Maison de Repos St. Elie. Los que seguían recostados salen de sus habitaciones. Una anciana que apenas puede andar se ayuda con una mesita de ruedas y, poco a poco, avanza hacia la capilla. Otra señora, prácticamente ciega, se agarra del brazo de un hombre de pelo canoso.

Como no hay sacerdote -huyó hace tiempo- Oberi oficia la misa. Ataviado con una túnica blanca de bordados dorados, lee el evangelio bajo la luz de las velas rojas. No hay electricidad y los morteros siguen cayendo. De hecho, mientras reparte la eucaristía, una explosión cercana hace retumbar las paredes de la capilla. Sin embargo, los feligreses siguen cantando y comulgando, como si estuvieran bajo una especie de manto protector. 

Musulmanes que protegen a los cristianos

Pero la realidad es que, en Siria, son los propios musulmanes los que ejercen como ángeles de la guarda para los cristianos. A pocos kilómetros de la Maison de Repos St. Elie, el Ejército Libre de Siria (ELS) tiene uno de sus centros de mando.

Issa, de diez años, quien trabaja en una fábrica de armas del ELS en Alepo (Reuters).
Issa, de diez años, quien trabaja en una fábrica de armas del ELS en Alepo (Reuters).

En el despacho del comandante rebelde Moheda Faiche se palpa una extraña mezcla. Muebles dorados de estilo rococó procedentes de alguna casa abandonada, una televisión con pantalla plana a todo volumen, una alfombra roja y una bandera siria completan el mobiliario. El vestuario de Faiche también resulta curioso: uniforme militar con botines brillantes e impolutos.

“Los cristianos no son nuestros enemigos, pero tampoco lo son los miembros del ISIS (El Estado Islámico de Irak y el Levante) o el Frente Al Nusra, que luchan en Siria. Ellos son los únicos que nos ayudan, cualquier extranjero que venga a ayudarnos es bienvenido”, asegura el comandante.

Palabras salomónicas que dejan la puerta abierta a la tragedia. ¿Qué ocurrirá si los islamistas radicales toman el control de esta guerra? ¿Quién protegerá entonces a los últimos cristianos de Alepo?

Mundo
Escribe un comentario... Respondiendo al comentario #1
1comentario
Por FechaMejor Valorados
Mostrar más comentarios