“EL MIEDO AL ENVENENAMIENTO HACÍA DE CADA BOCADO UNA TORTURA”

La valiente que cataba la comida de Hitler

Margot Wölk pasó dos años y medio de su vida catando la comida que Hitler y sus secuaces se llevaban a la boca. Ella y otras

Foto: La valiente que cataba la comida de Hitler
La valiente que cataba la comida de Hitler

Margot Wölk pasó dos años y medio de su vida catando la comida que Hitler y sus secuaces se llevaban a la boca. Ella y otras 14 mujeres eran las encargadas de velar por la seguridad del Führer: si alguno de los deliciosos platos que se servían a la cúpula nazi estaba envenenado, serían ellas quienes morirían.

Ahora, con 95 años, Margot ha echado la vista atrás y se ha armado de fuerzas para revivir la aterradora experiencia. “Cada bocado era una tortura”, recuerda. Cada mañana a las ocho en punto, los esbirros de Hitler la trasladaban  a las barracas donde los cocineros preparaban la comida para la plana mayor del Ejército nazi.                                                              

Como en un lujoso buffet, el personal de servicio traía las bandejas repletas de verduras, salsas, fruta, sopas… “Nunca hubo carne porque Hitler era vegetariano”, explica Wölk, que recuerda el tiempo que pasó en aquellos barracones como un infierno. "Nos tenían encerradas como animales y nos vigilaban”.

A medida que avanzaba la II Guerra Mundial el hambre se extendía por Alemania, pero en los cuarteles de las  Waffen-SS el nivel gastronómico no bajaba. Por el paladar de Wölk pasaron espárragos acompañados de salsa de mantequilla natural, platos de pasta y frutas exóticas. “La comida era buena, muy buena. Pero nunca pudimos disfrutar de ella”, confiesa.

De la ‘guarida del lobo’ a Berlín

La historia de Margot es la historia de una huída, que empezó con 24 años cuando las bombas destrozaron el apartamento de su familia al oeste de Berlín. Las consecuencias de la guerra le llevaron a refugiarse en casa de su suegra, en la idílica localidad de Gross-Partsch. "El alcalde del pueblecito era un viejo nazi. Nada más llegar allí, ya tenía a las SS delante de la puerta gritándome: ¡Tú vienes con nosotros!”, recuerda Wölk. 

El nuevo emplazamiento le dejaba, literalmente, a dos pasos de la guarida del lobo. Así se conocía al cuartel general de Hitler durante la II Guerra Mundial. El complejo, levantado en un tupido bosque, contaba con 80 edificios camuflados, 50 de ellos búnkeres, y estaba rodeado de campos minados y alambres de espino. Un despliegue de seguridad al que había que sumarle el ejército de catadoras antiveneno.                                                                                                                                                                                                             

La pesadilla de Wölk terminó gracias a la sorprendente decisión de un teniente del Ejército nazi, que la subió a un tren rumbo a Berlín cuando las tropas enemigas acechaban los dominios de Hitler. De la inexplicable benevolencia de aquel militar no disfrutaron el resto de mujeres que arriesgaban sus vidas probando los menús, que fueron fusiladas por los aliados. Ella salvó la vida, aunque no esquivó la detención ni malas artes de los soldados soviéticos. Aguantó y logró reunirse con su marido, al que daba por muerto.

Años después, Margot vuelve a disfrutar de la comida. Ha superado el miedo de la incertidumbre, el que le hacía preferir pasar hambre a comer manjares, el que le provocaba saber que cualquier bocado podía ser el último.

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