Por qué seguimos soñando con Marte y los marcianos
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Aún falta el último capítulo

Por qué seguimos soñando con Marte y los marcianos

Mucho antes de que las sondas descubrieran la verdad sobre Marte, las historias sobre sus habitantes nos ayudaron a entender lo mejor y lo peor de la humanidad

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El rover Perseverance de la NASA aterrizó en Marte, lo que lo convirtió en el quinto vehículo en un planeta con la mitad de diámetro que la Tierra. Pero en comparación con los eones de absoluto vacío hasta 1997, cuando la NASA aterrizó su primer vehículo en Marte, el Soujorner, parece que se está volviendo un destino bastante concurrido. De hecho, el Perseverance es la tercera nave espacial que llega a Marte solo en este mes. El 9 de febrero, Hope Probe, de los Emiratos Árabes Unidos, entró en la órbita de Marte, donde el Tianwen-1 de China lo alcanzó al día siguiente. En mayo o junio, Tianwen intentará aterrizar su propio explorador en la superficie de Marte, convirtiendo a China en el segundo país en conseguir esa proeza.

El objetivo de estas misiones es estudiar la composición del suelo y la atmósfera del planeta rojo. Lo único que tienen claro que no van a encontrar es con lo que la humanidad ha soñado siempre encontrar allí: una especie inteligente con una civilización y una tecnología equiparables a las nuestras. Durante al menos un siglo, desde 1880 hasta 1960, los marcianos fueron el tipo de vida extraterrestre favorito de la humanidad. La ciencia ficción como género literario creció con los marcianos desde la novela de H.G. Wells de 1898 ‘La guerra de los mundos’ sobre invasores del planeta rojo. También lo hicieron las películas, que han utilizado Marte como escaparate de los efectos especiales desde la de Thomas Edison de 1910, ‘A Trip to Mars’. Los marcianos eran tan populares a principios del siglo XX que el mundo siente ahora nostalgia, invocando el sueño pasado de un futuro que nunca llegó.

Que la humanidad se centrase en los marcianos en vez de en los ‘venusianos’ o los ‘saturnianos’ fue evitable. Antes del auge de la astronomía moderna, los escritores que se imaginaban viajes al espacio exterior normalmente elegían la Luna como destino –naturalmente, ya que es mucho más visible a simple vista que Marte–. El primer cuento de este tipo del que se tiene constancia es la obra griega del siglo II ‘Historia verdadera’, en la que el barco del narrador queda atrapado en un torbellino y es transportado por el aire durante siete días y noches hasta que aterriza en la Luna.

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El equipo de la Nasa detrás de la llegada del Rover a Marte celebrando el éxito del aterrizaje (Reuters)

La etapa de Marte como destino más popular para la fantasía espacial comenzó en 1877 cuando el astrónomo italiano Giovanni Schiaparelli publicó un mapa del planeta que incluía elementos que llamó ‘canali’ o canales. Schiaparelli no creía que fueran artificiales o que transportasen agua, pero cuando ‘canali’ se tradujo al inglés como ‘conductos’ fue fácil que los lectores asumieran que debían ser proyectos de ingeniería de gran escala –lo que implicó que debía de haber marcianos capaces de construirlos–.

Nadie hizo más por divulgar esa idea que el astrónomo estadounidense Percival Lowell, que reivindicaba haber observado redes de conductos incluso más minuciosos. En su libro de 1906, ‘Mars and Its Canals’, argumentaba que habían sido construidos por los habitantes de Marte para transportar agua desde las cápsulas de hielo polar. El hecho de que los conductos abarcaran todo el planeta demostró que los marcianos no estaban divididos en naciones enfrentadas, como nosotros, sino que sabían cómo cooperar para conseguir el bien común: "No podemos saber si fue un mayor sentido común o una necesidad mayor lo que condujo a los marcianos hasta este estado sumamente sagaz, pero está claro que lo han alcanzado", escribió Lowell.

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El gran dilema de la NASA: o Marte o muerte
The Wall Street Journal David W. Brown

Los astrónomos que contaban con mejores telescopios y menos prejuicios pronto concluyeron que los conductos marcianos eran una ilusión óptica. Pero en ausencia de un conocimiento real sobre las condiciones de Marte, la idea de que el vecino más cercano de la Tierra podía ser el hogar de una civilización avanzada era demasiado irresistible como para dejarla pasar. Escritores y productores crearon historias sobre los marcianos por la misma razón que Percival Lowell: eran un vehículo perfecto para reflexionar sobre y criticar a la humanidad.

En ‘La guerra de los mundos’ H. G. Wells imaginó a unos marcianos que eran aterradoramente diferentes a nosotros en términos físicos: "las criaturas más sobrenaturales que se pueden concebir, con enormes cuerpos redondos –o, más bien, cabezas– de más de un metro de diámetro y dieciséis tentáculos finos, casi como látigos, organizados en dos haces de ocho". Pero en la visión darwiniana de Wells, los marcianos son muy parecidos a nosotros en cuanto a su indiferencia respecto al sufrimiento de otras especies. A medida que arrasan Londres en trípodes metálicos gigantes equipados con rayos térmicos, le dan a probar a los humanos cómo es ser desplazado como superdepredador. Afortunadamente, al final la selección natural viene a nuestro rescate cuando se descubre que los marcianos son muy vulnerables a los gérmenes a los que nosotros nos hemos vuelto resistentes.

Foto: El lugar en el que aterrizó el 'rover' Perseverance en el cráter Jezero (NASA)

Cincuenta años después, en su clásico de 1950 ‘Crónicas Marcianas’, Ray Bradbury cambió las tornas imaginando a los humanos como los invasores. En cuentos inspirados por las viñetas del Medio Oeste de ‘Winesburg, Ohio’, de Sherwood Anderson, el libro traza el arco de encuentros humanos con marcianos empezando por nuestro primer aterrizaje, el cual imagina que sucede en 1999. En la versión de Bradbury traemos nuestros gérmenes con nosotros a Marte, casi exterminando a los habitantes nativos, que tienen cerebros telepáticos y cuerpos transparentes como "la fina membrana fosforescente de un pez gelatinoso". Los pocos marcianos que sobreviven son maltratados y hostilmente convertidos por las colonias humanas; en el libro solo unos pocos humanos son comprensivos o tienen curiosidad por la especie a la que han reemplazado.

Por supuesto, se trata de una comparación con la conquista europea de América, y Bradbury utiliza Marte y a los marcianos para enmarcar una dura crítica del personaje norteamericano: "Los cohetes eran estadounidenses y los hombres eran estadounidenses y así se mantuvo", escribió. Finalmente, las mismas cualidades humanas que llevaron a la caída de los marcianos firmaron la sentencia de muerte de la propia humanidad. En la última parte de ‘Crónicas marcianas’, la Tierra es destruida por una guerra nuclear, lo que lleva a los colonos en Marte a intentar empezar una nueva y mejor civilización.

Observar el planeta rojo con un telescopio hizo que empezáramos a fantasear sobre Marte; observarlo más de cerca terminó con dichas fantasías. En julio de 1965, la sonda Mariner 4 protagonizó el primer sobrevuelo del planeta, mostrando que su atmósfera era demasiado fina para preservar agua líquida o vida desarrollada. Las sondas actuales esperan encontrar pruebas de microbios primitivos en el mejor de los casos.

placeholder Elon Musk hablando del proyecto para colonizar marte con SpaceX (Reuters)
Elon Musk hablando del proyecto para colonizar marte con SpaceX (Reuters)

Pero que los marcianos no existan no significa que nunca los vaya a haber. El objetivo final de la exploración de Marte es determinar si es viable un asentamiento humano permanente. Elon Musk, por ejemplo, cree que sí. Su plan maestro para SpaceX incluye construir una flota de cohetes interestelares que puedan transportar a decenas de miles de colonos. Esa misma idea ha inspirado una nueva generación de ficción marciana, que aborda de forma más realista las dificultades de mantener la vida humana en un planeta sin aire.

La trilogía de Kim Stanley Robinson –‘Marte rojo’, ‘Marte verde’ y ‘Marte azul’, publicados entre 1992 y 1996– imagina la modificación del terreno de Marte, haciendo su clima más parecido al de la Tierra. Y en ‘El marciano’, la novela de 2011 de Andy Weir –adaptada más tarde a la gran pantalla con Matt Damon como protagonista–, el título se refiere a un astronauta humano que debe luchar para sobrevivir cuando se queda varado en Marte. Esta historia a lo Robinson Crusoe muestra lo mucho que se han reducido nuestros sueños marcianos –de una enorme civilización alienígena a un simple 'Homo sapiens' aferrándose a la vida–. Pero también es indicio de que aún falta por escribir el último capítulo de la historia de Marte.

El rover Perseverance de la NASA aterrizó en Marte, lo que lo convirtió en el quinto vehículo en un planeta con la mitad de diámetro que la Tierra. Pero en comparación con los eones de absoluto vacío hasta 1997, cuando la NASA aterrizó su primer vehículo en Marte, el Soujorner, parece que se está volviendo un destino bastante concurrido. De hecho, el Perseverance es la tercera nave espacial que llega a Marte solo en este mes. El 9 de febrero, Hope Probe, de los Emiratos Árabes Unidos, entró en la órbita de Marte, donde el Tianwen-1 de China lo alcanzó al día siguiente. En mayo o junio, Tianwen intentará aterrizar su propio explorador en la superficie de Marte, convirtiendo a China en el segundo país en conseguir esa proeza.

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