El caramelo envenenado que Trump deja a Biden con la guerra comercial
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El caramelo envenenado que Trump deja a Biden con la guerra comercial

El presidente electo tendrá que lidiar con una compleja situación comercial que no está tan encarrilada como Trump pretendía

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A primera vista, parece que la Administración Trump ha dejado al presidente electo Joe Biden una gran influencia sobre los acuerdos comerciales con China. Pero conseguir una resolución efectiva será complicado en varios frentes.

A pesar de la llamada Fase 1 del acuerdo comercial lograda en enero de 2020, los aranceles entre las dos naciones siguen siendo elevados. Los impuestos de EEUU sobre los bienes chinos han pasado de una media del 3,1% en enero de 2018, antes de que las tensiones se intensificaran, a un 19,3% en la actualidad, según un análisis del Instituto Peterson (PIIE, por sus siglas en inglés). Eso es solo una leve caída desde el 21% antes del acuerdo. Los aranceles medios de China también han aumentado, desde el 8% antes de la guerra comercial hasta un 20,3% actualmente.

Al mismo tiempo, China seguramente incumpla su compromiso de adquirir una serie de bienes estadounidenses. De hecho, en noviembre, había comprado tan solo dos tercios del volumen de productos agrícolas que había prometido para todo el año, según el PIIE.

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En teoría, esto debería otorgar a Biden una postura negociadora sólida. Ya ha declarado que no levantará los aranceles de forma inmediata, lo que debería resultar más doloroso para China que para EEUU, ya que su economía generalmente depende más de las exportaciones. Sin embargo, la economía china está registrando un sólido crecimiento debido a que el país frenó la expansión del coronavirus antes y gracias a un aumento de la demanda global de sus exportaciones, desde mascarillas hasta consolas de videojuegos, impulsado por la pandemia. El superávit comercial chino registró un nuevo récord mensual en noviembre de 75.000 millones de dólares.

La forma más lógica para que EEUU aumentara la presión sería poner a grandes aliados como Japón y Europa de su lado. Biden se ha comprometido a hacerlo, pero aún no está claro para lo que tales aliados están preparados y qué serán capaces de hacer, dice Chad Bown, ejecutivo del PIIE. Por ejemplo, la UE no posee los sólidos poderes ejecutivos que utilizaba Trump para fijar los aranceles, afirma Bown. El acuerdo de inversión que acaban de cerrar China y la UE en principio siembra más dudas sobre la voluntad de los países europeos de enfrentarse a Pekín.

El presidente electo demócrata también se arriesga a caer en una de las trampas que enredaron a su predecesor republicano: tener demasiados objetivos. La Administración Trump parecía navegar entre una obsesión por los déficits comerciales bilaterales —que pretendían ser abordados con los compromisos de compra— y un interés por las prácticas abusivas de China, incluyendo transferencias tecnológicas y la aplicación irregular de derechos de propiedad intelectual. A veces, las autoridades hablaban especialmente de la ambición por cambiar de forma radical el papel del Estado en la economía china, una tarea excesiva que también contradecía claramente su demanda de que Pekín obligara a los negocios a comprar bienes estadounidenses.

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Sería inteligente por parte de Biden reducir las cuotas de compra, que no tienen un sentido económico y no ayudan a convencer a los aliados. Pero Biden pondrá sus propios objetivos sobre la mesa. Se ha comprometido a ponerse serio con Pekín respecto a las violaciones de derechos humanos en Sinkiang y a las preocupaciones por Hong Kong, y seguramente busque una mayor cooperación china para el cambio climático y cuestiones ambientales. Será difícil encontrar un equilibrio.

A pesar de todos sus defectos, la guerra comercial de Trump con China deja a Biden un legado útil: ha demostrado que es posible endurecer la postura con China sin provocar consecuencias económicas catastróficas. China no pretendía desestabilizar a EEUU al vender sus participaciones del Tesoro, como algunos habían temido. De hecho, los tipos de interés de la deuda estadounidense son ahora más bajos que nunca. Las interrupciones de las cadenas de suministro fueron dolorosas pero manejables, y los golpes a los ingresos de los agricultores se compensaron parcialmente con transferencias.

Un enfoque menos agitado, con menos sorpresas, contribuiría considerablemente a minimizar el impacto sobre los planes de negocio y los mercados financieros, haciendo que las negociaciones sean más fáciles para EEUU. Al mismo tiempo, una supervisión estricta de la propiedad intelectual y la seguridad tecnológica se presenta como la mejor opción para conseguir aliados y resultados positivos en el largo plazo.

La guerra comercial que ha mantenido Trump con China no ha provocado el fin del mundo. Al romperse el tabú de los aranceles, los futuros presidentes de EEUU tendrán más libertad para negociar con Pekín. Eso no garantiza el éxito, pero lo hace posible.

A primera vista, parece que la Administración Trump ha dejado al presidente electo Joe Biden una gran influencia sobre los acuerdos comerciales con China. Pero conseguir una resolución efectiva será complicado en varios frentes.

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