Los grupos de consumo: un paso más hacia un nuevo modelo social y medioambiental
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Los grupos de consumo: un paso más hacia un nuevo modelo social y medioambiental

A medida que la concienciación ambiental aumenta, aparecen y se popularizan nuevas iniciativas diseñadas para llevar a cabo una mejor gestión de los recursos (como los alimentos), respetuosa con el medio ambiente

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Naranjas ecológicas puestas a la venta en un mercado. EFE

Como sociedad, debemos ser conscientes de que los recursos naturales son limitados y que nuestras formas de consumo impactan directamente en la evolución favorable del planeta. Esto hace que, cada vez más con más fuerza, busquemos nuevas rutinas y formas de vida que nos alejen de la teoría moral y nos acerquen a una realidad más respetuosa con el entorno. Y aunque a veces parezca una utopía, los primeros pasos a dar pueden estar más cerca de lo que parece y puedan tener que ver con la organización del consumo en nuestros propios barrios.

Los grupos y cooperativas de productos agroecológicos son una realidad cada vez más presente en las ciudades, donde un número reducido de personas se une con el objetivo de llevar a cabo un consumo sostenible y responsable con el medio ambiente. El funcionamiento suele ser el siguiente: un grupo que vive más o menos cerca se organiza para que cada semana, una o varias de las personas que lo integran, se encargue de recibir los pedidos en una sede concreta y autogestionada por ellos. No hay un distribuidor, sino que las cestas de alimentos provienen directamente de los propios productores -normalmente de cercanía-, y el pedido llega un solo día a la semana, reduciendo así la huella de carbono.

"Yo conozco a mis vecinos, y sé para quién va ese dinero, porque conozco al agricultor que cultiva los tomates”

Pero existen más beneficios, tal y como nos cuentan desde ‘La Cigüeña Verde’, un grupo de consumo en Las Rozas de Madrid: “Consumimos productos hechos naturalmente, que no han sido expuestos a fertilizantes químicos, y que siempre te salen un poco más baratos al evitar intermediarios”. Este grupo en concreto está compuesto por 28 familias, un número bastante alto al que han tenido que ceder para autogestionarse de manera más cómoda. En ‘La Brecha’, del barrio de Vallecas, son 15. Ambas son asociaciones que se sostienen única y exclusivamente de las compras de los integrantes, y cuya gestión es horizontal y asamblearia.

Solo en Madrid, ya existen más de 80 grupos de consumo como estos, en los que suele haber lista de espera para entrar. Como requisitos se pide, ante todo, compromiso con el proyecto e ir en consonancia con los valores que suele perseguir cada grupo. Marlene García, integrante de uno de ellos en la capital, tiene claras las razones por las que forma parte: “El tema de la salud es muy importante para mí, con el grupo sé que me alimento de productos agroecológicos, es decir, que además de asegurarme de que son ecológicos y de cercanía, son respetuosos con las condiciones laborales de los trabajadores”.

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Producto de una plantación ecológica de manzanas. Unsplash

El medio ambiente y la salud son dos de los pilares más importantes para los integrantes de estas asociaciones y cooperativas. Pero existe otra, muy apetecible tras la pandemia, que es la de estrechar lazos con el barrio donde vivimos. “Vas hablando con las personas y aprendiendo de cosas de las que hace unos años no tenías ni idea, cambias hábitos al entrar en contacto con gente que tiene esta conciencia”, apunta Susana Magdaleno, integrante de ‘La Cigüeña Verde’.

En estos grupos de consumo también se tiene contacto directo con los productores, un aspecto importante a la hora de asegurarse de la procedencia de los productos, tal y como nos cuenta Marlene: “Escapas de ese mundo individualista de ir a comprar sin hablar con nadie, sin saber de dónde vienen los alimentos. Yo conozco a mis vecinos, y se para quién va ese dinero, porque conozco al agricultor que cultiva los tomates”.

Y los productores, ¿cómo lo viven?

Precisamente al agricultor Javier de Miguel y a su proyecto Los Esquimos, lo conocen bastante en Madrid. Sin más intermediarios que él mismo, que tiene su huerta a 40 km de la capital, concretamente en la vega del Tajuña, más de 200 clientes le encargan directamente una cesta semanal de fruta y verdura de temporada. Ingeniero de profesión, hace tres años que tomó la decisión de irse a vivir al campo y comenzar su propio proyecto, desde donde reparte a grupos de consumo y particulares. “En gran medida, lo que yo hago es lo que hacían las gentes de antes en los pueblos, antes de la revolución industrial. La producción está basada en la sabiduría de cada territorio”, nos cuenta desde el campo, desde donde reivindica un beneficio no mencionado hasta ahora: la repoblación rural. “Hablan mucho de la España vaciada en la televisión y en internet, pero realmente no se asienta y no hay repoblación. Yo tengo mi teléfono, internet, no vivimos como neardentales”.

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Huerto orgánico en Guatemala. EFE

En cualquier caso, surge la pregunta… ¿Son estos nuevos modelos de consumo el futuro del mismo? Javier tiene claro que la clave no está en los consumidores, sino en los productores: “para que esto tenga un futuro, necesitamos jóvenes productores que valoren el trabajo y la propia vida en el campo, que es donde se hace vida realmente” Marlene García, por su parte, cree que este es un paso más para un cambio de rutina: “Es el futuro, no solo para salir de esa crisis, sino para alimentarnos de una forma más sana, más responsable con el mundo en el que vivimos. Al final que una patata venga desde Perú es completamente insostenible, antinatural y perjudicial, no solo para el planeta, sino también para cualquier economía local”.

El supermercado cooperativo y ecosocial

En 2018, la cooperativa ‘Supercoop’ del madrileño barrio de Lavapiés comenzó a dar forma a un futuro supermercado cooperativo y ecosocial. Tras la proyección en la capital del documental Food Coop, donde se hablaba de la creación del mismo proyecto en Brooklyn, Lavapiés comenzó a ponerse manos a la obra para extrapolar el mismo modelo al barrio. Actualmente, Supercoop cuenta con su propia tienda en la web, solo apta para los asociados, que ya son más de 800. Pero el proyecto final consiste es abrir un espacio físico de más de 750 metros cuadrados en el mercado madrileño de San Fernando. Un sueño que llegará en unos pocos meses, que se ha retrasado por la pandemia, y que será posible gracias a las donaciones a la cooperativa y de la financiación adecuada.

Foto: El equipo de cocina de Predi Son Jaumell recogiendo las hortalizas de su huerto privado con las que elaboran sus recetas.

Pero su labor también es ecosocial: durante el confinamiento por el covid 19, comenzaron a colaborar con el banco de alimentos del barrio. Además de donar frutas y verduras, crearon el llamado ‘producto 0’, tal y como nos relata Diego Algaba, de ‘Supercoop’: “Lo mismo que existe la fila 0 en los espectáculos, decidimos crear un producto en nuestra tienda con el nombre ‘cesta cero’. Se trataba de comprar vales de múltiplos de cinco euros destinados a productos del barrio, en este caso, del mercado de San Fernando”.

Queda claro que la tendencia general a establecer nuevos hábitos es lenta, pero crece sucesivamente. Los modos de consumo van cambiando igual que las formas de vida en las grandes ciudades, y al final, todo cuenta si se trata de construir un modelo de bajo impacto que nos permita consumir de manera sostenible. Tal y como añade Javier de Miguel, no debe ser una moda, sino “un objetivo medioambiental a corto plazo”.

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