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Paisaje sonoro a las finas hierbas: la vida a ras de suelo
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Sábados de campo

Paisaje sonoro a las finas hierbas: la vida a ras de suelo

Los sonidos estivales componen una de las melodías más armoniosas de la naturaleza. Intervienen grillos y cigarras, moscas y abejas; chovas, escribanos y tórtolas. Un delicioso remanso de paz para los oídos

Foto: Cicada o cigarra común (Foto: Jose Luis Gallego)
Cicada o cigarra común (Foto: Jose Luis Gallego)

El escenario es la estrecha franja que va desde las raíces de las hierbas hasta las copas de los arbustos, con alguna incursión un poco más arriba. Aquí, y con instrumentos tan sencillos como peines, rascadores de quitina y timbales flexibles, los grillos, saltamontes, grillos de matorral y cicadas interpretan una densa melopea, el auténtico fondo sonoro del campo.

A menudo, su música está envuelta en los zumbidos de los insectos voladores, el bordoneo de las moscas, el fondo continuo de las abejas. Estos invertebrados de las hierbas son, además, la base de todo. De lo que vive, come y vuela, pero también de lo que suena. Y también es uno de los componentes de la biofonía más amenazado, a punto de callar por la debacle que llega tras el ataque combinado de pesticidas y herbicidas, sequías, transformaciones en el paisaje y, como no, cambio climático.

Hacemos un recorrido, como quien dice a gatas, por diferentes prados y matorrales en plena naturaleza. Escuchamos las sacudidas de los saltamontes que trenzan el tapiz sonoro de los pastizales alpinos, a las abejas coloreando acústicamente a las flores de los cantuesos, el rascar continuo de los saltamontes longicornios, en contraste con los rasponazos persistentes, desgarrados, de las cigarras. Los grillos campestres y los grillodes, en fin, afinan y desafinan en esos campos de hierbas domesticadas que son los trigales y demás cultivos de cereal.

Foto: Cena de amigos al aire libre en verano (iStock)

Y junto a esas voces mecánicas, suenan al fondo los silbidos del escribano cerillo, los chasquidos de las chovas, el rechinar del triguero y el de la curruca cabecinegra, el arrullo sordo de la tórtola, los jadeos y bufidos de un rebaño de ciervos, el silbido, como una interrogación de la cogujada montesina, la triple nota de la codorniz. Todo un mundo sonoro comprendido en unos pocos palmos de altura.

El escenario es la estrecha franja que va desde las raíces de las hierbas hasta las copas de los arbustos, con alguna incursión un poco más arriba. Aquí, y con instrumentos tan sencillos como peines, rascadores de quitina y timbales flexibles, los grillos, saltamontes, grillos de matorral y cicadas interpretan una densa melopea, el auténtico fondo sonoro del campo.

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