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A qué huele El Rastro un año después de su reapertura

A pesar del cierre del 25% de los comercios, los madrileños y turistas mantienen las ganas, afecto y visitas a la cita semanal de Ribera de Curtidores

Foto: Madrileños y turistas recorren los puestos del Rastro, en Madrid. (EFE/Víctor Lerena)
Madrileños y turistas recorren los puestos del Rastro, en Madrid. (EFE/Víctor Lerena)

El pasado 22 de noviembre se cumplió el primer aniversario de la reapertura de El Rastro de Madrid. O maticemos, como aclara Manuel González, propietario de la tienda de antigüedades Gárgola y presidente de la Asociación de Comerciantes Nuevo Rastro de Madrid. “Todavía hay muchos visitantes que piensan que El Rastro solo sucede los domingos. Eso es realidad es el mercado ambulante, pero los locales de la zona, que también son Rastro, abren a diario”, explica.

Un mercado ambulante que conoce al dedillo Mayka Torralbo, portavoz de la Asociación El Rastro Punto Es, que agrupa a más del 70% de los puestos que se instalan cada domingo. Ella tiene uno de ropa de mujer, “nivel medio alto”, aunque aún no ha vuelto a la actividad por culpa de las secuelas tras haber enfermado de covid durante la primera ola. Fatiga crónica y secuelas en los pulmones. “A ver si vuelvo pronto”, comenta.

Foto: Los comerciantes de El Rastro se manifestaron para reclamar la reapetura. (EFE)

Torralbo se muestra prudente al hablar de un posible regreso a los niveles anteriores a la pandemia. “El mercado de los domingos estuvo ocho meses cerrado y diez meses abriendo al 50% del aforo por culpa de las restricciones”, aclara. Hablamos, dice, de micropymes que ya arrastraban dificultades desde la crisis de 2008. “Algunos han estado sin recibir ayudas y no han podido acogerse al cese de actividad”, comenta.

Desde que estalló la pandemia, el descenso del público ha sido de un 70%

González es aún menos optimista. Señala que desde que estalló la pandemia el descenso del público ha sido de un 70% y un 90% el de las ventas, y que eso ha provocado el cierre de casi un 25% de los establecimientos. Demasiados carteles de ‘Se vende’ y ‘Se traspasa’, cuenta.

“Las ventas son desiguales”, añade Torralbo. “Hay contención por culpa de la incertidumbre y se han perdido todas las certezas, aunque haya ganas y visitas. Por eso es complicado hacer cálculos”, explica esta licenciada en Sociología que lleva 42 años acudiendo cada domingo a la zona de Ribera de Curtidores.

Lo que sí detecta es el afecto, las ganas y las visitas. De madrileños y de turistas, tanto nacionales como internacionales. Recalca que es un sitio seguro y la buena colaboración entre la policía y los comerciantes durante todo este tiempo. “Somos una familia bien hermanada aunque lo hayamos pasado mal, algunos se hayan visto abocados al desahucio e incluso han tenido que donar a sus mascotas porque no podían mantenerlas”, dice.

placeholder Un característico domingo madrileño por Ribera de Curtidores. (A.C.)
Un característico domingo madrileño por Ribera de Curtidores. (A.C.)

El Rastro de Madrid es el espacio comercial al aire libre y de gestión pública más grande de Europa. Un sitio de encuentro transversal de visitantes a los que es imposible dibujar un retrato robot. Viejos, jóvenes, burgueses y precarios, hombres, mujeres, derechas, izquierdas y lo que queda de centro acuden a esta zona, situada entre la Plaza de Cascorro y la Puerta de Toledo. Se compra y se vende de todo, objetos nuevos y de segunda mano, también los que procedes de casas que se vacían, cuadros, antigüedades y cerámica. Se siguen cambiando tebeos y cromos.

Carlos Cuerda empezó a vender artesanía en la Plaza de Santa Ana hace más de 30 años y lo alternaba con El Rastro, pero una vez que desapareció el mercado artesano de esa plaza (“lo quitó el concejal Ángel Matanzo, ¿te acuerdas?”), se quedó en Cascorro. Licenciado en Ciencias de la Información, el oficio le decepcionó al empezar a ejercerlo. Se apuntó a un taller de cerámica donde conoció a su mujer y empezó a vender las piezas que diseñaba.

Hay pocas tiendas de artesanía y es complicado competir con las importaciones de otros países

Dice que los turistas son los que más aprecian lo que hace. A ellos les vende piezas pequeñas, jaboneras, bisutería también en cerámica, lo que les cabe en la maleta de vuelta. Aunque no parece demasiado optimista con el presente y lo que viene. Hay pocas tiendas de artesanía, cuenta, y es complicado competir con las importaciones de otros países, que además de diseño tienen sobre todo precio. “La artesanía necesita tiempo y por eso cuesta dinero”, aclara. La venta online y los centros comerciales, apunta, también han hecho mella en lo suyo. Es vecino de puesto de Mayka desde hace muchos domingos.

Tati Morán y su hija Itziar Moltó son propietarias de La Cuarenta, una tienda de antigüedades situada dentro de las Galerías Piquer. Unas galerías que inauguró la cantante con ese apellido, doña Concha, en 1950, y en cuyo torreón vivió el cantante y actor Patxi Andión. “Costó volver a traer a la gente a las tiendas por estar en espacio cerrado, pero estas galerías son un escaparate de tendencias para estilistas e interioristas”, explica Moltó. Cuenta con orgullo que la mesa de trabajo de Penélope Cruz en la película ‘Madres paralelas’ salió de su tienda.

“A pesar de la pandemia, hay sectores que han ido a más. El confinamiento nos ha hecho que la casa es un sitio es muy importante en nuestras vidas. Se ha recuperado la costumbre de invitar a casa, porque es un espacio más seguro”, afirma Moltó.

Foto: Comercios centenarios de Madrid. (Alejandro Martínez Vélez)

La Cuarenta lleva abierta cinco años pero las visitas y las ventas invitan a cierto optimismo. “Hemos notado que mucha gente se ha comprado una segunda vivienda fuera de Madrid porque necesitan sensación de espacio y porque ahora es más complicado viajar” añade. Y los turistas. Franceses, dice Moltó. Muchísimos. Pero también detecta una oleada de turistas latinoamericanos: venezolanos, mejicanos y peruanos. “Madrid está de moda y eso se nota en el flujo de clientes. Estamos en el mapa”, asegura.

No lo tiene tan claro Manuel González, aunque también sea propietario de una tienda de antigüedades. Afirma que las visitas de latinoamericanos son “tremendamente minoritarias”, y por eso apuesta por una renovación del Rastro. Propone que en vez de cambiar los cierres y los traspasos por la construcción de viviendas, los locales que hoy pueden alquilarse en esa zona de Madrid por 600 euros sean para jóvenes emprendedores que puedan arrancar nuevos negocios.

Una mezcla de tradiciones y vanguardia. Espacio para el que restaura una silla de enea y para el que se dedica a la robótica. “No podemos esperar sentados a que la gente vuelva. El Rastro del siglo XXI debe ser un espacio para el Madrid del siglo XXI”, remata.

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