El soberanismo, entre tenso y desanimado

Toda Cataluña espera la sentencia de Marchena conteniendo la respiración

Los catalanes que ven TV3 en Vic y también los que solo sintonizan Telecinco en Cornellà solamente esperan una cosa. Igual que en las oficinas del Barça o en el Palau de la Generalitat: el fallo

Foto: Manifestación en Barcelona contra la sentencia del 'procés'. (Reuters)
Manifestación en Barcelona contra la sentencia del 'procés'. (Reuters)

Toda Cataluña, Cataluña entera, espera esta semana con los puños apretados el fallo del Tribunal Supremo que encabeza Manuel Marchena. Más allá de filtraciones, es como si el tiempo se suspendiera este fin de semana, todos los catalanes aguardan, y solo aguardan, a que el alto tribunal se pronuncie marcando el futuro inmediato de Oriol Junqueras y los otros 11 encausados. Desde las torres negras de La Caixa hasta el 'casal' Despertaferro de la CUP en Reus, todo el mundo espera leer la sentencia y reaccionar sobre ella. La Cataluña que ve TV3 en Vic y también la que solo sintoniza Telecinco en Cornellà. De las oficinas del Barça al Palau de la Generalitat, solo se está pendiente de una cosa: la sentencia. Unos, para dar por acabada una mala época. Otros, para que arranque la confrontación definitiva con el Estado, sin que se sepa mucho qué significa eso.

Incluso aquellos que llevan meses diciendo que está escrita se encuentran expectantes. También los que han consumido ávidos las filtraciones. Los políticos, los empresarios, los que van a trabajar preocupados solo de si pierden un minuto o dos en ese transbordo de metro que hacen cada día. Unos para ir a la huelga, otros para intentar trabajar pase lo que pase. Los cerca de 100.000 apuntados al canal de Telegram de Tsunami Democràtic para lanzarse a la calle y paralizar Cataluña. La clase política, incluida la independentista, temerosa de que, como pasó el 27 de octubre de 2017, el fenómeno que ellos mismos han puesto en marcha cual aprendices de brujo se les acabe escapando de las manos.

[Así ha trascurrido la jornada este fin de semana sobre la sentencia del 'procés']

Espera la sentencia Quim Torra en ese Palau de la Generalitat que no puede ocupar por completo. La espera Carles Puigdemont en esa casa en Waterloo tan grande, pero que a veces le parece tan y tan pequeña. La espera Roger Torrent, frente a la angustia de ese pleno del Parlament que se puede llevar su carrera política por delante. La espera Elisenda Paluzie que ya va avisando, a quien quiera oírla, de que la ANC no podrá prolongar las manifestaciones en el tiempo, más allá de las tres marchas que avanzarán sobre la capital catalana durante tres días.

Y lo mismo le ocurre a Teresa Cunillera, la delegada del Gobierno en Cataluña, preocupada por los equilibrios entre Mossos y la Guardia Civil; o a Miquel Iceta, consciente del papel clave que tendrán los socialistas catalanes a la hora de templar los ánimos en 'l’hora greu', la hora grave. La espera Alejandro Fernández, ya que el PP correrá presto a defender la Justicia como un pilar del Estado de derecho y la democracia.

Del agravio al alivio

Para los soberanistas, la sentencia será un agravio. Y así la aguardan. El insulto final. La prueba definitiva de esa España turca y terca, irreformable. En su caso, la duda es si explotará la furia o dedicarán los años siguientes a asimilar una derrota de digestión lenta y trabajosa. ¿Seguirán las instrucciones anónimas para tomar las calles mientras sus líderes políticos evitan cualquier acto de desobediencia? ¿Se impondrá el desánimo o la revancha? Las cerca de 500 personas que se movilizaron en Barcelona en un domingo festivo tras las filtraciones podrían apuntar a un cierto desánimo en la masa social del independentismo catalán. Este sector pivota entre el baño de sangre o el baño de realidad. Y no saben a cuál de los dos tienen más miedo.

Pero para otra parte de Cataluña el fallo será ese paraguas que necesitan. Ese cobijo ahora que los líderes de Cs se han ido en masa a Madrid y les han vuelto a dejar como siempre: políticamente huérfanos. Muchos de esos catalanes que también se sienten españoles y no quieren pedir perdón por ello esperan a Marchena como ese hombre justo que dé carpetazo a un asunto que, a su juicio, nunca tenía que haber empezado. Y no quieren ganar, o al menos no quieren ganar así: con años de prisión para personas que en muchos casos conocen o han votado alguna vez o con quienes simpatizan de algún modo. Pero quieren terminar. Y de alguna manera, la palabra del Supremo será para ellos un punto y aparte tras años de pesadilla.

El dilema

Esas dos Cataluñas, que son más y con más matices, fueron abocadas a escoger en 2012 entre una clase política irresponsable. Y la elección fue como en muchos sitios, como en el Reino Unido con el Brexit o como en Estados Unidos con Trump. En todos los casos, sociedades avanzadas que en un momento dudan: ¿identidad o prosperidad? Para cerca de dos millones de catalanes, el Estatut de 2010 cerraba el modelo autonómico. Ya no se podía progresar más, diferenciarse más, ese placer de sentirse distinto y, por qué no decirlo, mejor que el otro. Era la asimilación, la globalización y el Passeig de Gràcia llenándose de tiendas de Gucci. No lo digo yo, que no sé lo que pasará esta semana. Lo explica Francis Fukuyama en su ensayo 'Identidad'. A los catalanes nos pasó lo que a otros, con las mismas fatídicas consecuencias.

En 2012, dos millones de catalanes decidieron que valía la pena jugarse su prosperidad en defensa de su identidad, y así hemos llegado hasta aquí


En Cataluña, los políticos independentistas, de Artur Mas a Quim Torra, vendieron que la independencia sería rápida, fácil y barata. 'Tenim pressa'. No había dilema. Sería la identidad con la prosperidad, el dos en uno perfecto. La seguridad de una frontera con los flujos de caja del comercio mundial. El problema no estuvo en la falsedad, tan burda. El problema fue que hubiese tanta gente dispuesta a creérsela.

Fijar la verdad

Pero eso ya da lo mismo. Ahora hay que pasar cuentas. Levantar la vista y preguntar al barman cuánto se debe. Solo que en este caso la factura la extenderá Marchena. Una sentencia que, además, establecerá una verdad judicial, que en ausencia de otras resultará la verdad definitiva, puesto que ni siquiera entre los soberanistas se han puesto de acuerdo en lo acontecido en los denominados 'hechos de octubre'. Así que vendrá ese juez que el PP quería para presidir el Consejo General del Poder Judicial, pero que tanto se ha esforzado para ofrecer un juicio justo, y nos dirá a los catalanes lo que hicimos y cuánto cuesta.

Pase lo que pase, y presumiblemente con un gran coste personal para los encausados, el independentismo se hará mayor. Como muchos, como yo mismo, no quería crecer. Pero la realidad te obliga a ello, te golpea con sentencias, con facturas, con enfermedades, con la vida. Y solo queda mirar hacia delante y, como decía el poeta Joan Salvat-Papasseit, 'res no és mesquí ni cap hora és isarda', que una traducción libre y vitalista como el poema sería algo así como “nada es mezquino, ni hay ásperas horas”. Lo que le pasa a cualquiera cuando madura: la prosperidad se impone a la identidad.

Cataluña

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