la calle obvia el segundo aniversario del 1-O

El independentismo mira la sentencia como el último recurso para salvar el 'procés'

El rupturismo se aferra al fallo del Supremo para permanecer vivo, porque este 1-O no sirvió para mucho. O, si acaso, para constatar el gran cansancio de los ciudadanos

Foto: El presidente de la Generalitat, Quim Torra, en un acto en Barcelona. (EFE)
El presidente de la Generalitat, Quim Torra, en un acto en Barcelona. (EFE)

El independentismo entra en letargo. El segundo aniversario del 1-O pasó con mucha más pena que gloria en las calles de Cataluña. Desde el centenar de personas de Girona por la mañana a las 18.000 —según los datos de la propia Guardia Urbana— que cerraron la jornada en Barcelona. El rupturismo se aferra ya a la sentencia del Supremo como el último recurso para permanecer vivo, porque la jornada del 1 de octubre no sirvió para mucho. O, si acaso, para constatar el cansancio de los ciudadanos y la poca (escasa) movilización. “Es que es un día laborable”, se excusaba un conocido forero. El propio consejero de Políticas Digitales, Jordi Puigneró, había alardeado de que los 250.000 funcionarios de la Generalitat podrían tomarse el día de fiesta sin miedo, que no se les descontaría. Pero ni por esas.

El independentismo mira la sentencia como el último recurso para salvar el 'procés'

La jornada sirvió, no obstante, para tres cosas: primero, para que las fuerzas independentistas hiciesen un alto en el camino y pactasen una imagen conjunta, presentando de forma unitaria (JxCAT, ERC, CUP, ANC y Òmnium Cultural) una respuesta única ante la sentencia. En segundo lugar, sirvió para visualizar que ya existe un independentismo de dos velocidades. Y, en tercer lugar, para sentenciar que el fallo del Supremo será la última oportunidad de mantener vivo el ‘procés’.

La sentencia se abordará, así, en una doble vertiente: primero, una política, en la que se pondrán a disposición del independentismo todas las instituciones autonómicas de Cataluña para facilitar un choque dialéctico y de intereses con el Estado, con la esperanza de desgastarlo. Y segundo, con una campaña estratégica de desobediencia civil y confrontación permanente en la que no todos los actores están dispuestos a caer. Hoy por hoy, la sentencia es la única que puede tensar la situación, volver a llenar las calles de manifestantes y ejercer de argamasa que visibilice la precaria unidad de todas las fuerzas soberanistas.

Las dos características de la estrategia antisentencia son la combinación de “la unilateralidad y la desobediencia civil”. La unilateralidad es institucionalmente más difícil de suscribir. “Torra no está dispuesto a ir a prisión. Lo cierto es que habla mucho, pero a la hora de actuar, no quiere ir a la cárcel. Sabe que con determinados actos se expone a la inhabilitación y a él ya le interesa ser un mártir en ese sentido. Pero otra cosa es cometer delitos penados con cárcel. En ese terreno no entrará”, admite un alto cargo posconvergente a El Confidencial. Por la unilateralidad abogan no solo ANC y Òmnium, sino también el núcleo duro de Carles Puigdemont y el grupo parlamentario de JxCAT, así como la extrema izquierda liderada por la CUP.

El independentismo mira la sentencia como el último recurso para salvar el 'procés'

La desobediencia, en cambio, es un campo en el que más actores pueden jugar. Y en ella están prácticamente de acuerdo todos los partidos, aunque con matices. Quien ha adoptado una postura más moderada o de 'seny' (de sentido común) es ERC, reacia, en principio, a vulnerar la ley o a facilitar un choque de trenes con el Estado. “En un choque de trenes, el más grande siempre lleva las de ganar”, zanjaba la cuestión un republicano de los de la vieja escuela.

Una unidad precaria

El tema de la unidad de acción, en cambio, está en el aire, a pesar de la foto de familia que se hicieron todos los partidos este martes. A la postre, al acabar la manifestación, cada uno se fue por su lado. ERC, por ejemplo, a Fonollosa, donde todos sus líderes se concentraron en un acto de partido. JxCAT y ANC participaron en la marcha sobre Lledoners para realizar otro mitin a la puerta de la cárcel, monopolizado por la presidenta de la ANC, Elisenda Paluzie, que reclama para sí el timón del ‘procés’. En Girona, los CDR que se mantuvieron todo el día plantados ante la subdelegación del Gobierno abandonaron sus posiciones para ir a la ‘marcha de antorchas’ de las ocho de la tarde. “Recuperemos las calles”, clamaban.

 Manifestación en Barcelona convocada por la ANC. (EFE)
Manifestación en Barcelona convocada por la ANC. (EFE)

Pero respecto a la imagen conjunta, unidad muy escasa. Y, especialmente, si hay cámaras enfrente. La manifestación de Barcelona no fue, ni de lejos, lo numerosa que hubieran preferido los organizadores. “Pleno absoluto en la plaza de Cataluña”, se vanagloriaban por las redes. Eso significa un puñado de ‘patriotas’, a lo sumo pocos miles. Y, según la Guardia Urbana, 18.000. Poco más que añadir. La pancarta de la cabecera partía de una realidad mágica: ‘Lo hicimos y ganamos’. Las consignas fueron las de siempre: ‘Libertad presos políticos’, ‘1 de octubre, ni olvido ni perdón’, ‘Lo volveremos a hacer’, ‘Fuera las fuerzas de ocupación’, ‘Fuera la Justicia española’ y ‘Nuestra sentencia es la independencia’.

No fue un día para lanzar las campanas independentistas al vuelo, aunque intentan no rasgarse las vestiduras. De hecho, hubo una noticia con la que el soberanismo saca pecho: a última hora del martes, una comunicación interna de Alerta Solidaria rezaba: “En la cuenta solidaria con los detenidos y encarcelados del 23-S hemos excedido con holgura nuestras previsiones en solo 24 horas. Conscientes de los casos represivos que han de venir, os pedimos que si aún no habéis hecho ningún donativo, no lo hagáis. Reservadlo para futuros llamamientos que iremos publicando”.

Independentismo de dos velocidades

Pero en las entrañas del independentismo existe otro submundo. “Cuanta más imagen de gente liándola, menos votos ‘indepes’ del sector moderado… Y sin sector moderado, no hay más del 50% de votos. Haced servir las neuronas en lugar de la testosterona”, advertía un veterano activista por la red a sus colegas. Y eso que es partidario de abrir peajes, de boicotear a las empresas españolas, de repartir lazos amarillos, de pagar 10 euros a la caja de solidaridad para los presos o de acampar permanentemente ante el Parlament.

Y advertía luego: “Quien crea que la lucha y la victoria pasan por liarla, romper cristales y quemar contenedores o repartir hostias contra la policía, que vaya a Euskadi y pregunte cómo estaban antes y cómo están ahora. O que mire cuántos votos tenían antes y cuántos ahora. Lo único que necesitan y pueden hacer servir para justificar su represión (y para ganar votos) sería nuestra violencia. Más neuronas y menos testosterona”.

Hay un sector del independentismo que se radicaliza cada día más. Pero otro empieza a estar harto. “Por lo que estoy viendo, la cosa está bastante floja”, decía un activista ante la menguada movilización de este 1 de octubre. Y añadía luego: “Mucha culpa es de los políticos. Mucha gente de los menos radicales están desmotivados”. Ahí es donde entra en escena la errática (así la denominan incluso algunos independentistas) estrategia dictada desde el Palau de la Generalitat y, especialmente, desde Waterloo por Puigdemont.

Por eso, el suflé del núcleo duro se mantiene arriba. “El primer y gran problema nunca ha sido el Gobierno de España, sino que el problema está en Cataluña misma y se llama ‘lirismo’ [de lirio, los que van con el lirio en la mano]. Eso ha hecho y está haciendo mucho mal al movimiento independentista. Y hay otro que se llama ‘dobles caras’. Este es un cáncer en todas las sociedades, pero ha hecho mucho daño dentro del Movimiento. O sea, los Judas”, alertaba la administradora de una de las plataformas radicales más influyentes, repartiendo las culpas del desencanto entre los moderados y los de ERC, a quienes desde algunos sectores se empieza a atacar precisamente por sus posicionamientos posibilistas.

En otra de las plataformas con influencia, Fem Xarxa, una activista señalaba ante la poca movilización de este martes: “Es muy triste. Hoy no estoy frustrada por España, ni siquiera por la Generalitat. Hoy me da pena mi pueblo. Pena de tristeza”. Y le respondía otro colega: “Por eso te digo que el problema lo tenemos en casa y habríamos de manifestarnos ante la sede de los partidos. Yo, ya desde el 21-D, cuando Sánchez vino a provocar [se refiere al 21 de diciembre, en que fue convocado el Consejo de Ministros en Barcelona] y éramos cuatro gatos, ya me decepcioné”. Otro añadía: “Estamos desanimados, ¡¡pero no doblegados y menos arrodillados!!”.

"Nos reafirmamos en la hoja de ruta aprobada por el Consell el pasado 14 de septiembre: hacer efectivo el mandato del primero de octubre"

Ante este independentismo de dos tiempos, el moderado y el radical, Puigdemont ya ha escogido a través del Consell per la República con un comunicado, señalando: “Nos reafirmamos en la hoja de ruta aprobada por el Consell el pasado 14 de septiembre: hacer efectivo el mandato del primero de octubre y constituir la república catalana”. Y ayer reclamó públicamente la convocatoria de la Asamblea de Electos como respuesta a la sentencia del Supremo.

Esta Asamblea no es una cosa nueva, sino una propuesta de la ANC que lleva años esperando en un cajón. En ella estarían representadas solo las fuerzas independentistas y su cometido debería ser suplantar al Parlamento catalán. Un despropósito legal y un brindis al sol, pero que entre una parte de la parroquia independentista puede cosechar y fidelizar un puñado de votos.

Cataluña

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