PERFIL DE JORGE FERNÁNDEZ DÍAZ

El vía crucis político y personal de un ministro espiritual que condecora vírgenes

Las polémicas decisiones del titular de Interior le han situado en la picota desde el comienzo de la legislatura. Para más morbo, su acendrado catolicismo no pasa de largo

Foto: Jorge Fernández, un ministro de Interior en la picota desde 2011. (EFE)
Jorge Fernández, un ministro de Interior en la picota desde 2011. (EFE)

Era finales de los noventa cuando Jorge Fernández Díaz, que entonces oficiaba como secretario de Estado de Educación, viajaba a menudo en el puente aéreo. Un día, un empresario asiduo de este servicio, se quedó atónito: en el trayecto de Madrid a Barcelona, el alto cargo del Gobierno iba concentrado, con los ojos cerrados y moviendo los labios. Entre sus manos, un rosario. ¡No daba crédito! ¡Debía ser un error!

Pero no. No era un error. Jorge Fernández Díaz, que hasta poco antes no había tenido inquietudes religiosas, había sufrido una transformación espiritual. Fue una conversión, según explicó él mismo a religionenlibertad.com en el año 2011, “más agustiniana que paulina, en el sentido de que no fue instantánea, sino que me resistí mucho”. Su relato deja algunas incógnitas en el aire: “Me encontraba de viaje oficial en Estados Unidos, invitado por el Departamento de Estado. Un fin de semana, nos llevaron a Las Vegas. Allí, por medio de un gran amigo, que sin duda fue un instrumento de la providencia de Dios, Él salió manifiestamente a mi encuentro”, relataba al medio citado. Nadie sabe cómo se gestó realmente ese ‘shock’, pero lo cierto es que aquel año de la peregrinación a Las Vegas era el 1991, y en ese momento inició un arduo peregrinaje por el vía crucis de la sublimación de su alma. Su gran apuesta en la meca del juego, paradójicamente, fue espiritual.

En 1997 terminó esa conversión a la fe católica radical, con misa diaria, rosario y lecturas que alimentan el alma, como ‘El regreso del hijo pródigo’, de Henry Nouwen, ‘Las confesiones’, de San Agustín, o ‘La historia de un alma’, de Santa Teresita de Lisieux

El ministro de Interior se hizo famoso en las legislaturas de Aznar por su reparto de estampas en la sede del Ministerio, lo que le valió cierto apodo

Nadie hubiese dicho que aquel jovencito Jorge Fernández Díaz, que llegó como delegado provincial de Trabajo en Barcelona en 1978, terminase rendido a los encantos de la religión. Porque en el 78 ya  despuntaba como futuro dirigente político, no como supernumerario del Opus Dei, que es su actual estatus. Durante los ochenta, Jorge Fernández Díaz tenía fama en Barcelona de persona alegre, de lince político y de juerguista. En los noventa, durante su vía crucis personal, afinó en lo político y se alejó de lo mundano.

Nacido en Valladolid en 1950, su padre era un teniente coronel de Caballería que recaló en la Guardia Urbana de Barcelona, donde alcanzó el grado de subinspector jefe. A los tres años, Jorge fue trasladado a Barcelona, ciudad en la que transcurriría casi toda su vida profesional.

Fernández Díaz es ingeniero industrial y ganó las oposiciones de inspector de Trabajo. De ahí que se integrase en el organigrama del Ministerio. En julio de 1980, fue nombrado gobernador civil de Asturias, pero un año después volvió a la capital catalana como gobernador. Todo un salto cualitativo que le hizo despuntar entre la clase política.

Llega ‘el Pato’

Por aquel entonces, el hoy ministro del Interior militaba en Unión de Centro Democrático (UCD) y era hombre de confianza del presidente del Gobierno, Adolfo Suárez. En Cataluña, nada más aterrizar con su nuevo cargo de gobernador bajo el brazo, se hizo un hueco por méritos propios entre los objetivos del entonces muy dividido independentismo. Su apodo en estos círculos era ‘el Pato’. Y sus maneras de hacer no dejaban indiferente a nadie. De él dependían tanto la Policía como la Guardia Civil, que investigaban no solo a los minúsculos y violentos grupos de radicales catalanistas, sino el entorno de la entonces incipiente Terra Lliure. Y se empleó a fondo: decenas de detenciones y desarticulaciones constantes de comandos fueron la tónica durante aquellos convulsos años.

Fernández Díaz durante el acto de ofrenda de la Guardia Civil a la Virgen de la Soledad, en 2013. (EFE)
Fernández Díaz durante el acto de ofrenda de la Guardia Civil a la Virgen de la Soledad, en 2013. (EFE)

En septiembre de 1982, dimitió como gobernador civil para presentarse a las elecciones del 28 de octubre. Pero ya había abandonado el barco de la UCD y se había embarcado, junto a su mentor Adolfo Suárez, en el tren del Centro Democrático y Social (CDS), que cosechó un cruel fracaso electoral en aquellos comicios.

Poco duró la derrota en casa de Fernández Díaz: a los dos meses, se había encaramado a la proa de Alianza Popular, la nueva derecha que buscaba reemplazar a UCD. En un tiempo récord, fue elegido presidente provincial de la nueva formación y se presentó a las municipales, donde fue elegido concejal por Barcelona. Paralelamente, ascendió a secretario general de AP en Cataluña y se presentó a las elecciones autonómicas de 1984, obteniendo el acta de diputado. Pero a partir de las elecciones de 1989, cambió el escaño en el parque de la Ciutadella (donde está el Parlamento catalán) por el escaño en el Congreso, que ya no abandonaría hasta la actualidad.

En el partido, tuvo sus momentos de gloria y de fracaso. A comienzos de los noventa, el ala dura del PP (el nuevo nombre que adoptó AP), con Aleix Vidal-Quadras al frente, se hizo con las riendas del poder. Vidal-Quadras supo marcar perfil propio y se convirtió en el azote de Jordi Pujol, focalizando en su persona los méritos de jefe de la oposición, aunque no era, con diferencia, el partido opositor más votado.

El ascenso a los ministerios

La llegada al poder del PP en las elecciones de 1996 propició el pacto del Majestic, por el que José María Aznar accedió a sacrificar a Vidal-Quadras a cambio del apoyo de CiU a su Gobierno, que no tenía mayoría absoluta. Ello dio oxígeno y un nuevo impulso a Fernández Díaz, cuyo peso en el partido se vio incrementado con el aterrizaje de su hermano Alberto como el hombre fuerte del PP en la alcaldía de Barcelona.

Ahí comenzó la leyenda del clan de los Fernández Díaz, de quienes aún se dice que ponen y disponen de la cúpula del PP en Cataluña: “Sin que den su apoyo, es imposible mandar en el partido”, aduce un ex alto cargo popular.

Con la llegada de Aznar al poder, Jorge se cobijó bajo la sombra de un personaje que todavía tenía mucho juego que dar: Mariano Rajoy. Así, la llegada del PP a la Moncloa propició que fuese nombrado secretario de Estado para las Administraciones Territoriales (de 1996 a 1999), secretario de Estado de Educación (entre 1999 y 2000) y secretario de Estado de Relaciones con las Cortes (de 2000 a 2004).

Para sus detractores, Fernández Díaz tiene el verbo demasiado fácil. “Lleva su catolicismo al máximo y eso le resta seriedad, especialmente a la hora de ocupar puestos clave”, explica un político de otro partido con quien mantiene buenas relaciones. Recuerda este político que prueba de ello es que “ha concedido medallas a la Virgen, lo que ha sido protestado incluso por la Iglesia oficialmente. Eso es una aberración”.

El vía crucis político y personal de un ministro espiritual que condecora vírgenes

Porque paralelamente a su escalada política en el organigrama de la Administración, se produjo una escalada de la espiritualidad del ministro. En septiembre del 2012, apenas un año después de su nombramiento como ministro, firmó un decreto por el que concedía la Gran Cruz de la Orden del Mérito de la Guardia Civil a la Virgen del Pilar. Pero en febrero de 2014, concedió la medalla de oro al mérito policial (la más alta condecoración de la Policía) a la Virgen María Santísima del Amor. Lo curioso es que esta condecoración está reservada a agentes muertos o heridos en acto de servicio o que hayan realizado labores de especial importancia. En septiembre de 2015, volvió sobre el particular: concedió la Cruz de Plata de la Guardia Civil a la Santísima Virgen de los Dolores, en su calidad de “titular de la Real y Venerable Cofradía de Nuestro Padre Jesús de la Humildad y María Santísima de los Dolores”. Esta distinción se concede a quienes hubiesen tenido una “relevante colaboración con la Guardia Civil”. Pero esa misma espiritualidad es la que hizo que el año pasado anulase la ayuda anual que el conocido club Eros realizaba al cuartel de la Guardia Civil de Tudela (el prostíbulo estaba ubicado en el polígono industrial Las Labradas de esta localidad) para ayudar en los gastos de la festividad de la patrona del Cuerpo, o sea, de la Virgen del Pilar.

Él mismo, por otra parte, atesora una larga colección de distinciones y condecoraciones, entre ellas, es Caballero de la Gran Cruz del Mérito de la Sacra y Militar Orden Constantiniana de Sant Jorge, consagrada a la glorificación de la Cruz, la difusión de la Fe y la defensa de la Santa Madre Iglesia (que otorga la Casa Borbón-Dos Sicilias); Caballero de la Legión de Honor (que otorga el Gobierno francés); Caballero de Gran Cruz de la Orden de San Carlos (que otorga el Gobierno colombiano); y Caballero de la Gran Cruz de la Orden Civil al Mérito de Portugal. También tiene la Gran Cruz de la Orden de San Gregorio Magno (que otorga el Vaticano) y el Distintivo de Honor del Valor Cívico y Mérito de Primer Grado, que da el Gobierno de Bulgaria.

Las polémicas

Pero nada tan raro como su confesión, en una entrevista con ‘La Vanguardia’ en diciembre de 2015, de que tiene un ángel de la guarda que se llama Marcelo. “Me ayuda en pequeñas cosas, como aparcar el coche. Y también en las grandes, siempre ayuda”.

Y es esa espiritualidad la que le ha llevado a posicionamientos de máximos y a tirar andanadas contra el matrimonio homosexual porque “amenaza la pervivencia de la especie”. Ya lo reconoce él: su vida y pensamiento se enmarca en el pensamiento del Opus Dei.

A pesar de estas ‘boutades’, en el partido son legión los alineados ideológicamente con el ministro. Por su espiritualidad los conoceréis: están cercanos al Opus dirigentes como Federico Trillo, Isabel Tocino, Jesús Cardenal, Juan Cotino, Benigno Blanco, José Manuel Romay, Vicente Martínez Pujalte, Ana Mato o Concepción Dancausa, por ejemplo. Una fuente cercana al ministro también resta importancia a las condecoraciones otorgadas: “En 1994, siendo ministro Juan Alberto Belloch, del PSOE, concedió la Cruz de Oro del Mérito del Cuerpo de la Guardia Civil a la Virgen del Pilar y nadie dijo nada, y eso que es el máximo galardón. Pero aquí parece que solo se critica una cosa si la hace el PP”.

Marhuenda, Rajoy y el propio Fernández formaban la cúspide del primer Ministerio de Administraciones Públicas de Aznar en la segunda parte de los años 90

Como ministro, ha tenido decisiones muy criticadas. Una de ellas, el nombramiento del periodista Francisco Marhuenda como comisario de honor. En realidad, Rajoy, Marhuenda y Fernández Díaz eran el núcleo del primer Ministerio de Administraciones Públicas de Aznar: Rajoy, como ministro, Fernández, como secretario de Estado y Marhuenda, como jefe de gabinete. De aquellas amistades vinieron estos nombramientos.

Otra de las decisiones contestadas fue la entrevista particular con Rodrigo Rato en su despacho después de que el exvicepresidente del Gobierno se pusiera en el disparadero a causa de la investigación sobre sus cuentas en el extranjero y su actuación al frente de Bankia. Una  nota oficial del Ministerio explicaba que Rato “solicitó ser recibido por el ministro del Interior invocando en la petición tratar de una cuestión de carácter exclusivamente personal y completamente al margen de la situación procesal en la que se encuentra”. Pero, claro, no todos los días un ciudadano con problemas fiscales y policiales es recibido por el ministro de turno.

La última polémica generada es la grabación de dos conversaciones en su despacho con el director de la Oficina Antifraude de Cataluña, Daniel de Alfonso, los días 2 y 16 de octubre de 2014. En esas conversaciones se intercambiaban datos y opiniones sobre supuestos negocios ilícitos de dirigentes independentistas de Cataluña y de sus familiares. Sin embargo, ninguno de los temas tratados en esas conversaciones se tradujo luego en algún informe o algún expediente sobre ellos, lo que deja en entredicho la acusación de “conspiración para fabricar pruebas contra el independentismo” que los principales partidos catalanes se han encargado de airear y repetir durante los últimos días.

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