Gas, palos y caos: así aguantaron dos policías a medio centenar de grafiteros en el metro
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PÁNICO EN EL SUBURBANO

Gas, palos y caos: así aguantaron dos policías a medio centenar de grafiteros en el metro

La Dirección General de la Policía rechazó conceder la medalla al mérito a los dos funcionarios que se enfrentaron a los 46 vándalos con la porra como única arma

Foto: 'Fondo de saco' del metro Las Rosas, donde tuvieron lugar los hechos. (EC)
'Fondo de saco' del metro Las Rosas, donde tuvieron lugar los hechos. (EC)

Corría el 2 de noviembre de 2018 y el frío había entrado ya de lleno en las calles de Madrid. Eran en concreto poco más de las 21:00 cuando los dos policías nacionales recibieron la llamada de sus colaboradores, los vigilantes de seguridad que controlaban la estación de metro de Las Rosas. Habían quedado con ellos en que les avisarían cuando tuvieran noticia de que los vándalos habían regresado al suburbano para cometer una de sus fechorías favoritas, pintar con grafitis los vagones aparcados en el depósito de aquel apeadero, un fondo de saco, como lo denominan los técnicos, al que los trenes entraban y salían por el mismo acceso solo para 'dormir'.

Los vigilantes habían explicado días antes a los policías que estos vándalos siempre operaban igual en Las Rosas, su particular paraíso delincuencial: uno de ellos compraba un billete de metro, se bajaba en la estación y con toda naturalidad se metía en el túnel al que solo podían acceder los vagones y penetraba en el mencionado 'agujero' que hacía de 'parking' de trenes. El protagonista sabía que, por protocolo, los vigilantes no podían entrar en esa zona, con lo que cuando estos se percataban por las cámaras de vídeo de que el invasor había bajado a las vías del tren, ya no tenían tiempo para interceptarle antes de que pasara la línea roja.

placeholder Material incautado a los detenidos 20 días después del ataque a la estación de Las Rosas. (EFE)
Material incautado a los detenidos 20 días después del ataque a la estación de Las Rosas. (EFE)

Una vez que el visitante se adentraba en la oscuridad del corredor subterráneo, se dirigía hasta el final del túnel, donde hay una puerta que lleva a unas escaleras. Arriba, un pulsador de emergencia abre una escotilla que da a parar a un descampado cercano a la autovía M-40, sin vigilancia alguna de cámaras ni autoridades policiales de ningún tipo. El vándalo presionaba el botón, esperaba unos segundos porque era de retardo y se abría la trampilla. Al otro lado, esperaban sus amigos grafiteros armados con decenas de aerosoles de pintura que desbordaban sus gigantescas mochilas.

Entraban todos poco a poco en el 'fondo de saco', sacaban sus 'pistolas' de gas y comenzaban a expresarse cual artistas ante lienzos gigantes. Cuando sonaba el reloj —que cronometraba alrededor de cinco minutos—, todos recogían como una sola persona y huían por donde habían entrado la mayoría. El que les había abierto la escotilla, por supuesto, también se escabullía por esta última salida, que todos ellos habían dejado abierta para evitar tener que esperar ese tiempo de retardo.

placeholder Posición de la trampilla de acceso en relación con la estación de metro. (Google Maps)
Posición de la trampilla de acceso en relación con la estación de metro. (Google Maps)

Aquel 2 de noviembre, mientras los dos policías escuchaban a los vigilantes alertándoles de que había nuevos intrusos en el metro, pensaban en ese 'modus operandi' que les habían relatado sus colegas de la seguridad privada y en darse prisa para llegar a tiempo al lugar donde previsiblemente les cogerían a todos. Tenían en la cabeza, además, que —como había ocurrido hasta entonces— no serían más de una decena los gamberros los que habrían osado acceder al suburbano para ejecutar su 'estético' plan de acción. Por eso —según documentos de la investigación a los que ha tenido acceso El Confidencial— se lanzaron decididos hasta el punto en medio de la nada donde, como les habían contado los vigilantes, se situaba la escotilla de entrada a la instalación subterránea.

Foto: Algunas de las herramientas incautadas a los grafiteros por la Policía Nacional

Dejaron su coche en el arcén de la M-40, saltaron la valla y corrieron durante 200 metros hasta la trampilla, que se encontraba abierta, lo que ya indicaba que efectivamente los asaltantes estaban llevando a cabo su programa según lo previsto: estaban en el interior y habían dejado la puerta abierta para huir con rapidez. "Están dentro", transmitieron entonces los dos funcionarios a otro par de compañeros que formaban parte del operativo desplegado para cazarles con las manos en la masa. Estos dos últimos, según lo previsto, se dirigieron entonces hasta la puerta del 'fondo de saco' desde la estación de metro (por donde había accedido el delincuente que luego abrió la escotilla al resto) con el fin de cortarles el paso y encerrarles en su propio agujero.

Sin embargo, el plan policial se torció. Ninguno de los agentes esperaba que aquella noche se estuviera produciendo el mayor ataque vandálico de la historia del suburbano madrileño, como más tarde reconocerían las autoridades del Gobierno autonómico. Uno de los funcionarios bajó primero mientras su compañero se quedaba atrás presionando durante varios segundos el botón para que la escotilla se cerrara y los asaltantes quedaran encajonados en un agujero por ambos lados. Cuando el primero llegó abajo, sin embargo, se topó de frente con casi medio centenar de gamberros en pleno proceso de 'creación'.

Foto: Uno de los últimos ataques de grafiteros a Metro de Madrid.

El ruido del policía accediendo al 'fondo de saco' les alertó a todos. Unos pocos se dieron la vuelta y observaron al recién llegado más sorprendido que sorprendiendo. Empezaron entonces a lanzarle piedras, botes de pintura y todo lo que tenían a mano con una violencia hasta el momento nunca vista, con el fin de intimidar al funcionario y propiciar su huida, pero este se mantuvo en pie frente a los 46 asaltantes. A los pocos segundos, llegó su compañero y los gamberros pasaron al cuerpo a cuerpo. Sacaron los aerosoles que tenían en las mochilas y a dos manos, al tiempo que les propinaban patadas y golpes, vaciaron sus armas sobre los ojos de sus adversarios, lo que convirtió el oscuro espacio en una nube de gas que impedía la visión de ambas partes.

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Imagen de los hechos subida a las redes sociales por los propios vándalos; a la izquierda, la puerta de acceso por la que entraron.

Los agentes sacaron entonces sus defensas extensibles y comenzaron a lanzarlas a diestro y siniestro. La pelea duró varios minutos, tiempo durante el que los funcionarios no dejaron de respirar los productos químicos que soltaban los aerosoles y que 'a posteriori' les han provocado problemas respiratorios que aún hoy duran. A pesar del desconcierto, ambos se mantuvieron firmes. Al ver que los dos 'soldados' ofrecían una resistencia infranqueable y que en ningún caso podrían superarles para escapar por la escotilla —que aún creían abierta—, los miembros de la banda optaron por darse la vuelta y huir por el hueco de acceso que permitía la entrada de los trenes.

Foto:

Allí les esperaban otros dos policías, que por supuesto no tenían ni idea de que los asaltantes venían hacia ellos. Sus compañeros trataron de avisarles, pero no había cobertura. Se toparon de frente con la sorpresa. Los gamberros dudaron unos segundos, pero no tardaron en decidirse a pasar por encima de los dos agentes, que tan solo pudieron atrapar a uno de los 'artistas'. La detención de este, las descripciones de los agentes y otras pistas permitieron a los investigadores de la Policía Judicial ir arrestando durante los días siguientes casi a una decena del cerca de medio centenar de asaltantes.

El sindicato de los policías que se atrevieron a enfrentarse a casi 50 vándalos (el Sindicato Unificado de Policía) propuso a sus subordinados para la concesión de una medalla al mérito. A su entender, el caso reunía todos los requisitos que exige la ley. Sin embargo, la Dirección General de la Policía no vio conveniente hacerlo. Desde el Ministerio del Interior, explican que ellos se limitan a cursar las propuestas que llegan. Los destrozos ocasionados por los grafiteros en 2017, el año previo a los hechos, costaron a todos los madrileños 1,7 millones de euros.

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