TODO LO MALO DE ANTES Y TODO LO MALO DE AHORA

El 'shock' del desconfinamiento: si te está costando volver a la normalidad, no estás solo

Queríamos salir, y ahora que la vida vuelve a una supuesta normalidad, nos hemos dado cuenta de que nos cuesta. ¿Por qué algunos lo están pasando regular?

Foto: Una pareja, en una terraza de Madrid. (Reuters)
Una pareja, en una terraza de Madrid. (Reuters)

“Volver a ponerse en marcha es complicado después de haber pasado encerrados tanto tiempo. Después de que mi mente se haya preparado para desescalar con unas fases y unos ritmos que en principio parecen adecuados al nivel de encierro que hemos vivido, resulta que no, que todo va muy rápido, que es tan estresante como la vida anterior o más y que mi cerebro no puede encajar ni las fases ni los tiempos ni la nueva normalidad” (diseñadora gráfica, 37 años).

Necesitamos ponerle un nombre a cada sentimiento que emerge en nuestras vidas. Las palabras nos ayudan a explicarnos (y, en ocasiones, a vender libros). Si los meses del confinamiento fueron los del 'síndrome de la cabaña', ese miedo (o simple pereza) a volver a salir a la calle, ahora entramos en una nueva fase en la que algunas de esas personas que deseaban retornar cuanto antes a la vida normal se han dado de bruces con una mezcla de perplejidad, agobio y decepción que les está haciendo más difícil el retorno que el confinamiento. Querían volver, sí, pero no tan rápido.

"Fui a una terraza antes de quedar con mis padres. Hace una semana, todo el mundo me habría llamado irresponsable pero ahora parece lo normal"

Así que si quisiéramos darle un nombre a ese síndrome, puestos a inventar conceptos, podríamos darle el de 'síndrome de Shklovski', en referencia al estructuralista ruso que desarrolló el concepto de extrañamiento. Si el arte nos permite experimentar la realidad de otra manera, la nueva normalidad ha conseguido que descubramos todos los problemas de nuestra vida pasada. Que nos demos cuenta de que todas esas cosas que hacíamos ahora son incluso “un poco más difíciles, un poco más caras”, como indica José Ramón Ubieto, psicoanalista y profesor colaborador de los Estudios de Psicología y Ciencias de la Educación de la Universitat Oberta de Catalunya (UOC).

Si te cuesta tanto volver a la normalidad, prosigue el profesor, es porque incluso los que no han perdido a nadie están de duelo. No solo existe el duelo por las pérdidas humanas o el económico, sino “un duelo por los hábitos y los vínculos tal y como los conocíamos antes”. “Es un duelo porque hay una pérdida”, prosigue. “Aunque sea la mera posibilidad de abrazarse o de ir a un comercio sin pedir cita, son cambios a los que nos vamos a tener que acostumbrar con una dificultad añadida, que es que no hay un ‘deadline’ para que el virus se acabe, y esa incertidumbre hace más difícil la situación”.

En la Biblioteca Nacional. (Reuters)
En la Biblioteca Nacional. (Reuters)

Hemos pasado por la perplejidad (“es una cosa de China”), el pánico y la angustia, y acabamos de llegar a la última fase: el duelo.

Ahora que nos habíamos hecho a la idea...

“El otro día salí a una terraza, con la poca seguridad que parece tener aquello, y justo después quedé con mis padres en su casa (los dos población de riesgo, de 75 años). Pensé que aquello estaba mal, pero lo cierto es que con las normas que hay ahora, creo no habría hecho nada incorrecto, la verdad. Hace apenas una semana me habrían llamado irresponsable por algo así” (informático, 40 años).

Las dificultades psicológicas para enfrentarse al desconfinamiento son universales, pero uno de los factores agravantes es propio del contexto español: la sensación de precipitación. El 28 de abril, el ministro de Sanidad, Salvador Illa, anunciaba un plan de desescalada que fijaba una nueva normalidad, en el mejor de los escenarios, a finales de junio. Los sucesivos retrasos de algunas comunidades a la hora de entrar en fase 1 alejaron el plazo hasta mediados de mes. Sin embargo, desde que el presidente Pedro Sánchez compareció en rueda de prensa el pasado 23 de mayo para anunciar que el turismo volvería, los acontecimientos se han precipitado. Ahora cabe la posibilidad de recuperar movilidad interprovincial y visitas de turistas extranjeros en menos de una semana.

"Te han concienciado tanto de que hay que quedarse en casa, que ahora que ves peligro por todas partes parece que ya no pasa nada"

El sociólogo y científico del CSIC Luis Miller, vicedirector del IPP (Instituto de Políticas y Bienes Públicos), recurre al concepto económico de “coste hundido” para explicar por qué es tan difícil hacerse a la idea. “Una vez te han convencido de algo, te cuesta mucho cambiar de mentalidad”, explica. “El término se utiliza en economía para referirse a algo en lo que has invertido y que no vas a recuperar porque no te sirve. Hemos pasado tanto tiempo convenciéndonos de la importancia de la prevención o hemos tomado decisiones como no irnos de vacaciones este año que de repente nos encontramos con que todo el mundo ya está buscando alojamiento en la playa y percibimos que hemos hecho una gran inversión mental para nada”.

No solo mental, añade, sino también económica. Con los plazos que se plantearon en abril, muchas empresas, organismos o comercios elaboraron planes de retorno que pueden quedarse obsoletos en un plazo menor de lo esperado si el ritmo sigue acelerándose. “Muchos comercios han hecho un esfuerzo para adaptarse con mamparas o reformas de espacio que puede ser que en un mes ya no se utilicen, eso sería un coste hundido de verdad”, añade Miller.

¿Cómo ha podido cambiar todo tan rápido?

“Te han concienciado de que el peligro estaba fuera, de que tenías que quedarte en casa, que había que esperar 15 días porque es el tiempo que el virus tarda en mostrar sus efectos, y ahora quieren acortar una semana. Me cuesta salir porque pienso que sigue habiendo contagio, te han concienciado y ahora ves peligro en todas las situaciones. Parece que con mascarilla, metro y medio y lavarte las manos ya está. Ayer, iba con mi marido por la acera, viene un tío dando trompicones por la acera, con la mascarilla bajada y pasa a nuestro lado y ni distancia ni narices” (maestra jubilada, 66 años).

Ha habido una segunda ola, desde luego. Pero no de casos de coronavirus, sino de perplejidad. Si la primera fue la de darnos cuenta de que era posible que un virus importado de un lejano país acabase con miles de personas en el nuestro, la segunda lo es por el cambio de mentalidad que se ha producido en apenas unas semanas desde el marco de protección sanitaria al de recuperación económica. Espoleada por los buenos datos de infecciones, pero también por la necesidad de reabrir la producción del país, reactivar el turismo (que representa el 13% del PIB español) y aliviar la carga para las arcas del Estado de algunas de las medidas tomadas, como el apoyo a autónomos.

“El problema es que hasta que empezó la desescalada, el mensaje fue de prudencia absoluta, control total y que este año íbamos a tener que estar vigilantes”, recuerda Miller. “Ya dije que con ese marco de riesgo, cuando quisieras que la gente saliese a la calle, iba a responder con miedo. Lo ideal hubiera sido ir diciendo ‘económicamente esto no es sostenible, si la evolución va bien, vamos a intentar y recuperar el verano’, pero de eso no se hablaba hasta mediados de mayo, cuando cambia radicalmente, de la noche a la mañana”.

"Yo estaba muy bien en fase 0, currando en casa, sin tener que poner excusas… y ahora tengo que hacer lo que no quiero pero con más restricciones"

Para el sociólogo, de aquellos polvos (“salir en rueda de prensa dos veces al día para hablar de contagios, mantener el marco de sacrificio y de riesgo continuo”) vienen estos lodos. “No estamos hablado de seis meses, sino de que hace apenas dos o tres semanas aún se mantenía un tono de una situación muy dramática que estaba lejos de ser controlada, y en junio de repente se vuelve todo loco”, añade. “Podría ser que los turistas extranjeros lleguen antes de que se abra Madrid, pero eso no se puede deber a ninguna planificación lógica. El problema es ese, que hemos ido día a día sin querer anticipar nada, pero se sabía que habría que dar esos pasos tarde o temprano”.

No es nada excepcional, ni siquiera entre los propios epidemiólogos. Esa semana, ‘The New York Times’ publicaba una encuesta con 511 expertos en la que respondían cuánto tardarían en realizar actividades cotidianas como dar abrazos o viajar en avión. Sus respuestas eran más bien restrictivas: el porcentaje más alto admitía que esperaría más de un año antes de ir a una boda (o funeral), dar un abrazo o la mano a un amigo o dejar de llevar mascarilla. Pero incluso el plazo en el que situaban actividades que ya se están llevando a cabo, como trabajar en la oficina, viajar en metro o celebrar pequeñas cenas, se encontraba entre los tres y 12 meses.

En el confinamiento se vivía mejor

“Yo estaba muy bien en la fase 0.... Sin obligación de ir a ningún sitio, currando en casa, me dieron la excusa para no hacer todo lo que hacía antes forzado, y ahora lo tengo que hacer forzado y con condiciones… Nos estaban poniendo el futuro, pero nos lo han puesto con taras” (administrador de fincas, 29 años).

La playa de Las Canteras. (Reuters)
La playa de Las Canteras. (Reuters)

En un artículo publicado en ‘The Conversation’, Ubieto explicaba que, en algunos casos, el confinamiento se había convertido en un refugio ante una normalidad opresiva. “Las víctimas del 'bullying' se sintieron aliviadas, al igual que todas las personas extremadamente susceptibles o con fobia al contacto social”, escribía. “Incluso una buena parte de los que se consideran ‘normales’ lo llevaron muy bien: leyeron, vieron series, ordenaron sus cosas, hablaron con la familia… Cosas que antes sus ajetreadas vidas les impedían hacer”.

La sensación que muchas personas experimentan al volver a la vida cotidiana es que hemos perdido todo lo positivo que habíamos obtenido repentinamente (tiempo libre, ritmos pausados, desaparición de ese sentimiento de no poder parar) sin haber recuperado a cambio todo lo positivo que tenía la vieja normalidad. Es decir, nos hemos encontrado con lo peor de ambos mundos, en que las prisas y agobios han vuelto sin que lo hayan hecho otros premios positivos, y teniendo que mantener indefinidamente una actitud de alerta.

"La normalidad está llegando mucho más rápido de lo que podemos asumir mentalmente"

“La nueva normalidad es uno de esos eufemismos que se utilizan en el mensaje político cuando se quiere vender algo precario como bueno”, valora Ubieto. “Es una vida aún más complicada de la que teníamos antes, pero eso ningún político lo va a admitir en voz alta. Por eso hay gente a la que le cuesta salir, y no hay que culparla”. Los hogares pasaron durante este tiempo de ser refugios temporales a fortalezas preparadas para aguantar una buena temporada, y de repente, esa seguridad se ha vuelto a caer, empujados por las obligaciones económicas laborales.

Las restricciones legales desaparecen antes que las mentales y la normalidad está llegando mucho más rápido de lo que podemos asumir mentalmente, como explicaba Miller. “Todo está basado en que si lo pongo en el BOE la realidad cambia automáticamente, pero no es así”, explica. “Nos estamos adaptando, pero no tan rápido como para dar un giro de 180 grados, porque no puede ir todo al mismo ritmo. Los negocios y la empresa privada pueden ir muy rápido, pero en otros lugares como la Administración pública o los colegios va a haber más reticencias”.

Volviendo a Shklovski, este escribió que “el arte hace que lo familiar sea extraño para que lo percibamos por primera vez, presentándolo de formas inesperadas, incluso extravagantes: el 'shock' de lo nuevo”. Si la nueva normalidad resulta tan impactante, quizás es por eso precisamente. Porque todo lo familiar de repente parece extraño, tal vez un poco extravagante, pero no muy artístico. Una copia mala de sí mismo.

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