ENTREVISTA CON ALBERTO GARZÓN

"Los votantes de la izquierda son las clases medias ilustradas, no los obreros"

La aparición de una derecha poderosa en el mapa político occidental, la debilidad electoral de los suyos y las grandes transformaciones sociales son analizadas por el líder de IU

Foto: Alberto Garzón. (Ballesteros/EFE)
Alberto Garzón. (Ballesteros/EFE)

En estos momentos en que está lo urgente y después Cataluña, lo importante desaparece por completo del debate público. Alberto Garzón acaba de publicar un libro, 'Por qué soy comunista' (Ed. Península) en el que ofrece una mirada amplia acerca del entorno político y de la tradición a la que pertenece. Es una excusa perfecta para olvidarnos del corto plazo, de la unión de IU con Podemos, de las dificultades que atraviesa el partido morado con el 'procés', y de analizar estratégicamente el papel de la izquierda en el siglo XXI. Según el líder de IU, si hay algo históricamente claro es que siempre que existe un poder que elimina posibilidades vitales y materiales a sus ciudadanos, encuentra enfrente resistencias, y ese es el caso hoy. Otra cuestión es por qué esa contestación está siendo liderada por nuevas fuerzas ligadas a la derecha y no por los suyos. Pero, en todo caso, es de agradecer que existan líderes políticos que, más allá de intentar controlar la estructura de su partido, pensar en las siguientes elecciones y realizar movimientos tácticos, esto es, de moverse en el corto plazo, traten de reflexionar sobre la sociedad en que se desenvuelven y sobre las fuerzas que la determinan.

PREGUNTA.- Quizá el primer interrogante sea cómo actualizar una serie de ideas escritas y pensadas para un tiempo que dista mucho del nuestros. ¿Ser comunista quiere decir también cómo recoger ese corpus teórico y traerlo a la actualidad?

RESPUESTA.- El marxismo sigue siendo una herramienta que arroja luz. No es un sistema cerrado y, de un modo modesto, nos puede ayudar a entender la realidad mucho mejor que otros. A los comunistas lo que nos corresponde es resignificar todos estos elementos en una época, la nuestra, con características muy diferentes de las de otros tiempos pero también con muchos elementos de continuidad. El capitalismo no es azaroso, está sometido a reglas y lógicas que Marx descubrió con acierto, y es ese conocimiento el que nos permite acercarnos a fenómenos sociales como la globalización, la desestructuración social o el aumento de poder de las grandes empresas, asuntos que en ausencia de una teoría como la marxista parecerían desconectados.

P.- Uno de los puntos centrales de la teoría de Marx es la existencia de clases. Pero es muy complicado hoy establecer divisiones claras ente ellas, todo parece mucho más mezclado. Personas con una buen posición material pueden quedarse sin opciones de reproducir ese nivel de vida, hay personas con elevada formación y salarios típicos de proletariado, algunos trabajadores manuales cuentan con ingresos por encima de su teórica escala social…

R. El concepto de clase social es clave en Marx, pero no llegó a hacer ningún estudio concreto sobre ellas. En su época, era un concepto intuitivo: los obreros industriales formaban el proletariado y este iba a convertirse en mayoría social por el simple curso de los acontecimientos, una visión que era ingenua. Hoy las transformaciones económicas han producido cambios en las estructuras sociales y son mucho más heterogéneas: hay pocos trabajadores industriales, el sector servicios es muy amplio, e incluye desde técnicos hasta administrativos, y todos ellos son muy desiguales en términos de ingresos, de modo que un trabajador de la SEAT puede cobrar más que un trabajador intelectual cualificado del sector servicios.

Estamos viendo en Cataluña iniciativas interclasistas que perjudican a los trabajadores de las dos partes del Estado

P. Otro elemento llamativo, que introduce una notable diferencia con otras épocas marxistas, es que la clase obrera, en la época de los estados nación, se decía internacionalista. Hoy la internacional es la de los millonarios, la de los globalistas, mientras que las clases con menos recursos apuestan por el nacionalismo.

R. Las clases sociales perdedoras se están reorganizando políticamente en términos nacionalistas, y esa tarea la está haciendo la extrema derecha. Eso ocurre en el norte de Europa, pero es también lo que está detrás del Brexit y de Trump. Son los perdedores de los países ganadores los que están movilizándose en ese sentido. La globalización del capital ha producido que los trabajadores de todo el mundo compitan entre sí y los muchos millones de obreros de China e India lo trastocan todo. Por eso ocurre el regreso nacionalista. Si no logramos articular una defensa positiva de las clases trabajadoras del mundo, iremos a guerras tribales. En Cataluña, por ejemplo, estamos viendo iniciativas interclasistas que perjudican a los trabajadores de las dos partes del Estado.

P.- Es curioso que las clases económicamente perdedoras sean las que estén activándose políticamente y que no esté la izquierda al frente. Le correspondería, porque se trata de asuntos materiales y porque eran votantes típicamente suyos.

R.- Hay un diagnóstico esencial, el de Karl Polanyi, que señala cómo cuando avanza el libre mercado se produce un deterioro en las clases desfavorecidas. Si privatizas la sanidad y la educación hay mucha gente que al final no puede acceder en condiciones normales a esos servicios, lo que producen un contramovimiento de defensa. Es lo que está ocurriendo ahora y en la base de este movimiento está el deseo de protección frente a un mundo inseguro. No solo compites con tu vecino, sino con el 'call center' de India o el obrero textil de Asia. Eso produce frustraciones que se canalizan de formas distintas. En América Latina los brutales procesos neoliberales de los años 80 generaron una reacción que lideró la izquierda. En la Europa contemporánea es la derecha la que se ha puesto la cabeza de este movimiento, y la que ha situado mejor su imaginario, culpando al inmigrante y al refugiado y prometiendo protección frente al mundo global.

Con la crisis hemos visto cómo la manera de pensar de la gente de los barrios es, por decirlo suavemente, muy poco marxista

La pregunta de por qué la izquierda no ha logrado situarse en este escenario la contestó Perry Anderson en 'Consideraciones sobre el marxismo occidental'. Cuenta cómo el marxismo primigenio tenía al frente a intelectuales que eran también líderes y que teorizaban desde la economía política. A partir del keynesianismo, los marxistas se desconectan del conflicto y se van a las universidades. Ya no son líderes, algunos tampoco militan, y están fuera del movimiento obrero. El segundo error que comenten es desconectarse de la economía política y acentuar las cuestiones culturales, lo que les aleja de las clases populares. En el caso español el PCE sí tuvo tejido social en el franquismo, pero con la llegada de la democracia se institucionaliza, se convierte en maquinaria electoral y deja de lado la presencia en los barrios. Por eso cuando llega la crisis los barrios no están organizados y la forma de pensar en ellos es, por decirlo suavemente, muy poco marxista. Este contexto explica por qué el votante de la izquierda hoy no es de clase obrera, sino de clase media ilustrada, o clase media alta, según el CIS, con muchos profesionales, técnicos, profesores, e incluso directivos, que toman partido a favor de clases menos favorecidas que a su vez no se sienten representadas por la izquierda.

P.- En las últimas décadas, la izquierda siempre ha ido por detrás de los cambios. Ha tenido una postura reactiva y tardía. Y ahora ocurre igual. Por ejemplo, el bipartidismo está terminándose en Europa porque las estructuras políticas viejas ya no bastan para ofrecer esa estabilidad que el sistema necesita. Pero son líderes como Macron, Trump o Sebastian Kurz los que están liderando el proceso, personas carismáticas que crearon un partido de la nada o que cambiaron el suyo desde el puro personalismo.

R.- Eso ocurre porque los partidos de izquierda han limitado su capacidad de analizar la realidad al estar preparándose siempre para las siguientes elecciones, y entrar en el ritmo del corto plazo. En el XIX los partidos de masas se presentaban a las elecciones de forma instrumental porque no creían en la democracia de aquella época. Su tarea real era la de construir tejido social. En el SPD alemán se podía aprender un oficio en su club, aprender a leer o pasar ratos de ocio. Era una suerte de sociedad paralela. Y funcionaba así porque pensaban siempre en la siguiente fase histórica. Su visión era de largo plazo, de prepararse para afrontar las crisis que iban a venir y de ir creando mayorías sociales. Hoy no nos preparamos para el siguiente paso, funcionamos de forma reactiva. Y cuando las crisis estallan hacemos simplemente de forenses. Eso hay que intentar resolverlo. Y más cuando estamos metidos en un escenario tan complicado como el actual: la crisis no se ha resuelto en Europa, y la estamos solventado más o menos porque vivimos bajo el paraguas anestesiante del BCE, algo que no es sostenible en el tiempo y que terminará implosionando. Además están China e India, y el gran reto ecológico. Si no analizamos lo que está pasando, solo vamos a poder realizar movimientos tácticos cuando las cosas vayan a peor.

P.- Es curioso cómo se mira más al pasado que al futuro. Hay retos enormes, a los que cabe añadir el tecnológico, que puede suponer un cambio radical. Además, regresa la geopolítica, y aparecen muchas fricciones en la globalización, con países fuertes como China o Rusia, y muchos Estados valorando cómo y dónde situarse. Sin embargo, aquí estamos hablando del Régimen del 78, revisando partes de la historia y entendiendo que es eso lo que nos brindará un mejor futuro. Es poco comprensible.

R.- Sí, España no es la locomotora del mundo y estas cosas que señalas son ecos de lo que se hace en otros espacios. La guerra económica que se está librando puede pasar mucha factura. Los ciclos económicos son más lentos que los políticos, y esa clase media estadounidense del 'american way of life' lo puede pasar muy mal; Alemania es neomercantilista, se ha protegido en el sector de la alta competitividad y afronta los retos del futuro desde esa posición; España se está quedando fuera de la modernización europea. En fin, toda esta readaptación tiene muchas aristas peligrosas. Trump ha puesto el primer freno al mundo global, aunque sea de forma más discursiva que práctica, el Brexit es producto de esto y la extrema derecha es ya proteccionista de forma declarada. Los problemas de la globalización que avanza también afecta a clases medias altas, y a esas grandes empresas que están expuestas a la competencia internacional. Este es el escenario y si no atendemos a lo que está ocurriendo, no entendemos nada.

Los valores de la izquierda, y me estoy refiriendo ahora a los de la Ilustración, no van a poder sobrevivir hoy si el apoyo que tienen es el progresismo buenrollista

La crisis del 78 es resultado de estas tensiones, pero no nos podemos quedar en ella. Hay algo más allá, como los cambios que está produciendo la tecnología. O el papel que va a jugar la educación, porque lo que marca si se cae del lado de los ganadores es la cualificación de las personas. Quienes no alcanzan ese nivel son los más golpeados y los que buscan protección. Por eso la derecha hace como en Austria, que cada vez se parece más a la extrema derecha. En este contramovimiento, los valores de la izquierda, y me refiero simplemente a los de la Ilustración, libertad, igualdad y fraternidad, no van a poder subsistir desde el progresismo buenrollista. Hay que construir tejido social.

P.- Los partidos y los líderes nuevos son más radicales, una característica que les resulta beneficiosa. Trump ha llegado al poder con esa incorrección. Incluso cuando fracasan, como el UKIP, logran un triunfo simbólico, porque arrastran a los grandes partidos a su terreno. Quizá este sesa el papel último de la extrema derecha en Europa, que aunque no gane, termine derivando el momento político hacia sus ideas.

R.- Por eso un marxista, como es mi caso, busca los análisis a largo plazo. El capitalismo lleva operativo 300 años, que en términos históricos no es nada. Pero nos olvidamos de estas cosas, y con ello no caemos en la cuenta de que los fenómenos que nos parecían absolutamente estables se pueden desvanecer de forma rápida. Le ha ocurrido al bipartidismo. Mira lo que le pasó a UPyD, un partido que anticipó lo que estamos viviendo, y que ha desaparecido. O a partidos socialistas como el francés o el griego.

El independentismo tiene que ver con la necesidad de protección de las clases medias fragmentadas por la crisis

Lo que estamos viendo es el producto de las tensiones que, por más que sean específicas en cada país, reflejan la incertidumbre y la frustración y el desconcierto de las clases populares que votaban a Clegg y pasaron a hacerlo a Farage. En Cataluña hubo clases populares que votaron a Cs en las autonómicas y que luego votaron a Ada Colau. Si queremos ver todos estos desplazamientos, debemos alejarnos un poco para ver los patrones comunes.

P.- Y quizá ahora vuelvan a votar a Cs, tras este inefable 'procés'. Ya que salió el tema de Cataluña, habría que reparar en que, al margen de otras cuestiones, también hay un elemento muy de nuestra época. Los pueblos que buscaban la autodeterminación solían ser, como en el colonialismo, la parte pobre del imperio que quería regirse por sí misma. Ahora es al contrario. Los movimientos de separación los están promoviendo los países que, como Gran Bretaña, están entre los ganadores. Francia quiere salir de la UE porque piensa que todo le irá mejor, porque es una potencia. Trump busca un cierre por las mismas razones. Y no nos podemos olvidar que Cataluña es la parte rica de España.

R.- La cuestión catalana tiene raíces históricas innegables, que son la base de las reivindicaciones actuales. Además el soberanismo tiene que ver con la humillación del Estatut, pero también con una crisis económica que ha sido empujada por dirigentes políticos en una dirección que les convenía. No hay que olvidar que Mas escondió tras la bandera catalana su responsabilidad en los recortes en Sanidad y Educación y los desahucios de la crisis. Le funcionó en primera instancia, pero no después, porque le desbancaron. Pero en todo caso, el independentismo tiene que ver con la necesidad de protección de las clases medias fragmentadas por la crisis. Los análisis sociológicos de Barcelona demuestran que los barrios con menor renta, así como las clases altas, no son independentistas, pero sí las medias. De modo que nos encontramos ante un proceso legítimo en el que se introduce una sospecha, la de cómo la parte más rica de un país es la que quiere emanciparse. Hay gente que cuando hablamos de Estado plurinacional no entiende que el rebrote nacionalista catalán empuja al español y viceversa. Se alimentan mutuamente y eso lleva a que las cuestiones sociales se aparquen. Y ahí debemos decir que queremos trabajo y no banderas. Desde luego, este contexto de polarización no es el mejor marco para decirlo.

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