“Muchos inmigrantes creen que somos enfermos”

Negro, inmigrante y homosexual: así lucha la única ONG africana LGTBI en España

La única asociación de africanos LGTBI en España advierte del repudio que sufren por parte de los propios inmigrantes y busca alianzas entre los colectivos españoles

Foto: Danielle, en el despacho de su asociación Día-Día África Libertad en Madrid. (Natalia Lázaro Prevost)
Danielle, en el despacho de su asociación Día-Día África Libertad en Madrid. (Natalia Lázaro Prevost)

Ellas les llamaban ‘los gánsteres’ y ellos las esperaban a la salida del campo de fútbol para violarlas y luego matarlas. Eran niñas de Duala, la capital de Camerún, que no llegaban ni a los 18 años y ya habían sufrido todo lo que nadie debería experimentar ni en una vida entera. Entre las jóvenes estaba Danielle Nicole MBoume, que nunca dejó el fútbol, e hizo de la pelota un amuleto para jugar su verdadero partido: la lucha por los derechos de las personas LGTBI en África y la visibilización de los africanos que viven en España en un “segundo armario”. Lo hace a través de su asociación Día-Día África Libertad, la única en nuestro país que trabaja actualmente en esta dirección.

Desde adolescente, Danielle se dio cuenta de que tenía una debilidad. Se sentía cómoda haciendo amigos pero le horrorizaba la idea de escuchar un 'te quiero' de su boca. Dándole vueltas a esa idea perturbadora, decidió compartirla con su madre una noche antes de acostarse. Solo tenía 14 años y se había estado viendo a escondidas con una compañera de clase sin que nadie lo supiese. Compartir su vida con una mujer era la opción con que su conciencia se sentía más tranquila, pero a su madre inicialmente le pareció trágico. “Esa noche me confesó que habían detenido a mi hermana por ser lesbiana y se desesperó porque pensaba que me lo había contagiado y yo iba a tener que pasar por lo mismo”, recuerda desde el nuevo despacho de su asociación en el barrio de La Latina (Madrid).

Su hermana pasó más de cuatro años en la cárcel y desde entonces empezó el repudio de sus vecinos y compañeros de instituto: nadie quería venderles comida ni coger los bolígrafos de Danielle en clase. Se convirtieron en una “familia satánica” y del respeto heredado por el liderazgo que ejercía su padre —que ella nunca conoció- dentro de la tribu no quedó nada. Eran 'douala', un grupo étnico de Camerún que habita principalmente en la región litoral de la costa y que históricamente ha desempeñado un papel muy influyente en el país debido a su largo contacto con los europeos, la alta tasa de educación y la riqueza ganada durante siglos como comerciantes de esclavos y propietarios de tierras.

El Código Penal de Camerún advierte de que todo aquel que mantenga relaciones sexuales con una persona de su mismo sexo será penado con prisión de seis meses a cinco años y una multa de 20.000 a 200.000 francos CFA —aproximadamente de 168 a 1.676 euros—. En 2017 han empezado los primeros esfuerzos por crear un Observatorio de Derechos Humanos que controle las violaciones de las personas homosexuales en este país de África central, porque sigue siendo duramente hostil y peligroso para el colectivo LGTBI. La organización camerunesa Humanity First advirtió de que un grupo homófobos locales amenazaron a activistas en la ciudad de Duala, lo que llevó a muchos de ellos a abandonar sus hogares. Las amenazas llegaron recientemente hasta la capital del país, Yaundé, donde el presidente de esta asociación, Jules Eloundou, fue blanco de dos ataques homofóbicos bajo la apariencia de robos.

La Asociación Día-Día África Libertad es la única en España en esta dirección. (Natalia Lázaro Prevost)
La Asociación Día-Día África Libertad es la única en España en esta dirección. (Natalia Lázaro Prevost)

La situación era tan tensa para Danielle que en su fiesta de graduación los vecinos avisaron a la policía y acudieron a su casa para detenerla. Gracias a su perspicacia pudo escapar antes de que los gendarmes la encontrasen. Lo hizo con el poco dinero que su madre le había dado y, sin pensarlo, salió corriendo por la puerta trasera de la casa dejándola atrás para siempre. No tenía rumbo y de autobús en autobús terminó llegando al Congo. “No sabía dónde iba, lo único que quería era huir de esa persecución”, recuerda sin poder evitar alterarse. Una de las secuelas que le han quedado es la agresividad, que le nubla el pensamiento cada vez que identifica un peligro.

Según el último informe anual de la Asociación Internacional de Lesbianas, Gays, Bisexuales, Trans e Intersex (ILGA), existen 72 estados que criminalizan las relaciones sexuales entre personas adultas del mismo sexo, y 24 están en África. Muchas leyes los contemplan como delitos contra natura, califican la homosexualidad de sodomía voluntaria o exigen medidas de seguridad complementarias para las personas con esta tendencia sexual. Pero la forma más extrema de penalización, que es la muerte, sigue siendo efectiva, según ha podido corroborar el ILGA en ocho países del mundo, la mitad de los cuales son africanos: Sudán, Nigeria, Somalia y Mauritania.

Las mujeres africanas homosexuales y transexuales que huyen de África lo hacen para toda la vida, y eso se refleja, según los activistas, en el comportamiento que tienen en los respectivos países de acogida. “Los hombres suelen tenerlo más sencillo porque si vuelven a África siempre estarán en una situación superior a la de la mujer”, dispara Danielle. Según explica, ellas no pueden volver porque están manchadas y ya no sirven para el matrimonio. “Hay mujeres africanas en España que optan por decir que son bisexuales aunque sean lesbianas, porque es una forma de protegerse de la discriminación del resto de negros”, comenta sin temor a la exposición pública.

Antes de España estuvo en Congo y Sudáfrica. En el primer país conoció al gran amor de su vida —Danielle y su esposa fueron la primera pareja homosexual de africanas que se casó en España tras conseguir el reconocimiento legal como refugiadas—. Allí llegó a jugar en el Patronage Siante-Anne, un equipo de fútbol que milita en la primera división del Congo. En el segundo las engañaron para ejercer la prostitución y ante su negativa decidieron que un país europeo sería la única opción para vivir en plena libertad. Y así llegaron en 2010 al CETI de Ceuta, donde tuvieron que dormir en la enfermería apartadas del resto de migrantes por los ataques homófobos de los propios 'compañeros' que aceleraron su traslado a la capital. Su dolor y desconfianza ante la gente habían cicatrizado tan fuerte que cada vez que la pareja de Danielle tenía que tomar una pastilla, la dosis que pedían era doble. Una para cada una y así, si les pasaba algo, que les pasase a las dos.

“España me ha dado la libertad que mi país jamás podrá darme, pero hasta que los inmigrantes negros no entiendan que la homosexualidad no es una enfermedad no podremos integrarnos verdaderamente”, explica la activista camerunesa. Danielle lamenta que “cuando se habla de África siempre abordan cuestiones como la inmigración o prácticas como la mutilación genital femenina, pero se habla muy poco de los motivos que han traído aquí a los homosexuales”. La falta de activistas africanos LGTBI en España es una de las principales motivaciones que la llevaron a emprender su proyecto, que se ha legalizado este año, y ahora busca alianzas con otras asociaciones españolas para generar un impacto real.

Construir el camino con los españoles

La pregunta “¿también hay lesbianas en África?” ha llegado a repetirse en la historia personal de Danielle. La defensa de los derechos del colectivo LGTBI en España es una crónica de éxito y los inmigrantes africanos quieren ayuda para construir su camino en la tolerancia y la diversidad sexual: “Los españoles han podido luchar en su propio país, pero es importante entender que si la homosexualidad no fuese un crimen en África, nosotros no estaríamos aquí”.

Desde el Colectivo de Lesbianas, Gays, Transexuales y Bisexuales de Madrid (Cogam) insisten en que su trabajo es “por los derechos de todos y que no existe diferencia étnica, cultural ni de religión”. A pesar de ello, reconocen que “es cierto que hay determinadas personas dentro del colectivo que tienen necesidades añadidas”. “Son mochilas que se van sumando, y en el caso de las personas africanas existe como añadido el racismo”, explica Raúl García, miembro del servicio SOS Homofobia de Cogam. Los inmigrantes no lo tienen fácil, ya que, como recuerda García, “cuentan con la desventaja de no hablar nuestro idioma, de forma que, para no quedarse sin el apoyo de los suyos, una vez en España optan por seguir dentro del armario y no sufrir más discriminación”.

Tras tres décadas de reivindicaciones contra la homofobia, este colectivo LGTBI madrileño asegura que “los proyectos asociativos son positivos para la participación ciudadana y el fortalecimiento de la democracia”, pero advierten de que “las pequeñas organizaciones deben estar asentadas sobre unas bases sólidas porque lamentablemente la mayoría terminan desapareciendo”.

La razón que mueve a la fundadora de Día-Día África va más allá de una venganza. Está convencida de que si los blancos han legalizado la homosexualidad, ellos también podrán hacerlo, y remata su discurso con la idea de que “la homofobia duele más que el racismo porque va más allá de cómo te ven y ataca directamente a lo que sientes”.

Destellos de luz en el continente negro

La lucha por los derechos del colectivo en África se sigue caracterizando por defensores que se ven obligados a guardar silencio o forzados a huir de sus países. La fundadora de Día-Día África Libertad insiste: “No podemos luchar dentro de la oscuridad, necesitamos luz”. Con solo nueve años sufrió el planchado de senos, una práctica especialmente arraigada en Camerún —más común en el sur cristiano y animista del país que en el norte musulmán— llevada a cabo normalmente por las abuelas de la tribu, que cogen piedras calientes y presionan sobre los senos de las pequeñas con el objetivo de detener su desarrollo. Una niña de cada cuatro se somete a ello, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA), y los practicantes se amparan en la creencia de que si el pecho no se desarrolla, las niñas serán menos atractivas y la posibilidad de violaciones será menor. La realidad es que quedan tanto graves secuelas físicas —quemaduras, infecciones, quistes, deformidades o la destrucción de las glándulas mamarias— como psicológicas —depresión, estrés postraumático, pánico o complejos derivados del aspecto de su propio cuerpo—.

Pero este aumento de organización entre los activistas LGTBI negros resulta esperanzador. El trabajo por la igualdad de derechos ya se refleja en la ley de algunos países. Según el informe 'Homofobia de Estado', que ILGA ha publicado este año, hasta 22 países africanos —entre ellos Benín, Cabo Verde, Chad, Congo, Costa de Marfil o Egipto— no criminalizan las relaciones entre personas del mismo sexo en el ámbito privado. Algunos incluso han llegado a prohibir oficialmente acciones de incitación al odio por motivos de orientación sexual.

Este es el caso de Sudáfrica, que en el año 2000 aprobó la Ley de Promoción de la Igualdad y Prevención de la Discriminación y en 2006 la Ley de Unión Civil, que confiere el derecho a acceder al matrimonio a parejas del mismo sexo e incluso a adoptar. En septiembre de 2016, con el fin de proteger a las personas homosexuales, el ministro del Interior del país prohibió la entrada a Sudáfrica a un predicador evangélico estadounidense conocido por dar sermones virulentamente anti-LGBTI.

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