riesgo de pobreza y exclusión social

Equilibrios en el umbral de la pobreza: coche viejo, piscina y bocata de sardinas

Una madre de familia de Madrid explica cómo combate los nueve requisitos que marcan la privación material severa. ¿Cómo sobrevive la clase media?

Foto: Un hogar español de cada cinco vive en el umbral de riesgo de pobreza. (Fotos: Ana Gómez)
Un hogar español de cada cinco vive en el umbral de riesgo de pobreza. (Fotos: Ana Gómez)

Podría ser tu vecina, la amiga de tu hermana, tu compañera de trabajo. Lucía López (nombre ficticio) tiene 55 años, está casada, tiene dos hijos y dos nietas y desde 2007 hace malabares para sobrevivir “como tanta otra gente de clase media a la que la economía se le ha venido abajo”, dice sentada en su sillón. El desplome de un boyante negocio familiar abrió una zanja en su calidad de vida, en su tranquilidad y también en su salud. 

Y es que esta casa con piscina y jardín en el barrio madrileño de Chamartín podría ser ese hogar de cada cinco que vive en el umbral de riesgo de pobreza (un 22,1% de la población), como constataron esta semana los resultados de la Encuesta de Condiciones de Vida (ECV). En el caso de Lucía, se cumplen más de tres de los nueve requisitos que confirman que sufre una privación material severa en el indicador AROPE, acordado en la UE para medir el riesgo de pobreza o exclusión social.

(Ana Gómez)
(Ana Gómez)

Si se utiliza la tasa AROPE el porcentaje de gente que se encuentra al menos en uno de los criterios que la conforman llega al 28,6%, pero “hay muchos niveles de riesgo de pobreza”, matiza el presidente de la European Anti Poverty Network (EAPN), Carlos Susías. “Y desde luego, no es lo mismo no poder irse de vacaciones una semana al año o no tener televisor que no poder comer carne dos o tres veces a la semana”, comenta Susías. En una entrevista con El Confidencial, Lucía cuenta con humor cómo afrontó el cambio de vida, los cinco años que ha pasado sin caldera y campana extractora, el hartón de brócoli que lleva en el cuerpo y cómo darle esquinazo a la lectura del gas. Lucía encontró trabajo en otro sector con 46 años y su marido, a los 60, ha sido el primero de la clase en un curso de especialización "de lo suyo" en el que se medía con "chavalines". Lo mejor de la experiencia, dice, es que sus hijos han salido reforzados.

Con el cinturón apretado, siempre optimista y sin ayudas. Así combate una madre de familia los golpes de la vida resumidos en las nueve condiciones de carestía material:

No poder comer carne o pescado cada dos días

"Ir a la compra antes era echar al carro lo que te apeteciera. Ahora vas y dices: 'pues esta semana tengo 60 o 70 euros, tengo que prever que un día a la semana tengo que cuidar a las nietas'. Dejar su comida lista es lo primero y luego hago maravillas porque he aprendido a cocinar de otra manera, sanísima, pero lo malo es que no adelgazo, esa es la puñeta", dice entre risas.

Equilibrios en el umbral de la pobreza: coche viejo, piscina y bocata de sardinas

En el menú de casa de Lucía no fallan a la semana un par de bocatas de sardinas -que además ayudan al colesterol de su marido-, un día se come pollo y el resto, verdura y pasta preparada "de todas las maneras posibles". "Me pongo hasta arriba de brócoli, que es muy barato. Un ramillete vale un euro y con dos o tres patatas yo puedo comer tres días, no me importa en absoluto", dice esta vegetariana improvisada que come "poca fruta" porque "hay caprichos que no te puedes permitir". 

No poder calentar la vivienda

Aquí se han juntado dos circunstancias fatales: dos o tres cortes de luz y gas y cinco años con la calefacción rota. "Hemos dormido con pijama, calcetines y hasta la bata puesta. Otra solución es estar moviéndote haciendo cosas, y de esa forma no se te cae el moquillo. Si te da la neura, te pones a limpiar la cocina, aunque en la mía entra el aire como un cuchillo por las ventanas; que esa es otra, estás cocinando y se te mueve el flequillo".

Un detalle doloroso para mí, y puede parecer una tontería visto así, fue tener que darle a mi nieta el puré frío porque no tenía luz

Lo de la caldera lo han ido sobrellevando a golpe de "pegotes" y arreglos, siempre con dificultad para calentar la casa porque había que dejarla a una temperatura mínima y cuando no se salía el agua se rompía una pieza imposible de encontrar. Y lo peor, dice, han sido los cortes de luz, sobre todo por las niñas. "Un detalle doloroso para mí fue tener que darle a mi nieta el puré frío porque no tenía luz. Eso es muy duro, puede parecer una estupidez pero para mí, mis hijos y mis nietos son lo primero", dice sin poder evitar echar unas lágrimas. 

No poder afrontar imprevistos de 650 euros

El cartero siempre es portador de malas noticias. "En casa, suena el telefonillo y todo el mundo se calla. Es que te da miedo abrir la puerta porque no sabes lo que va a pasar. Tiemblas", dice Lucía. Afortunadamente multas de tráfico llegan pocas, porque circulan con sumo cuidado. Y rastrean palmo a palmo las paredes y posibles desperfectos de la casa. "Cuando ves una mínima humedad te echas a temblar porque a ver cómo pagas una gotera que le hagas a la señora de abajo", dice.

El lugar de la campana espera ser ocupado. (Ana Gómez)
El lugar de la campana espera ser ocupado. (Ana Gómez)

Entre los imprevistos más costosos se han encontrado las emergencias de salud, que han hostigado a la familia en su peor momento. Pero con tantos problemas decidieron convertirlas en necesidad y pagar un seguro médico, aunque supusiera quedarse "sin comer". "Por la Seguridad Social la enfermedad de mi hijo hubiera tardado año y medio. Y en mi cáncer de mama hubieran tardado, según me dijo mi doctora, cerca de nueve meses o un año en operarme", se jacta. 

No ir de vacaciones al menos una semana al año

"La mayoría de los años llega mayo y dices: 'Este año ni de coña' pero por suerte siempre ha pasado algo y hemos podido hacer el esfuerzo". Lucía tenía en su segunda residencia un respiro estival y una pesadilla el resto del año. Gracias a este apartamento de la playa comprado en los momentos de bonanza, esta familia no ha tenido que privarse de pasar una semana de vacaciones. Eso sí, tampoco han tirado la casa por la ventana. "Vas con lo justo y te haces a la idea de que lo que pagas es el viaje, que por lo demás es lo que gastarías en Madrid porque llevas el coche cargado de cosas que aquí son la mitad de baratas", comenta. Para poder pagar gasolina y demás gastos logísticos, Lucía y su familia destinaban 20 de los 70 euros de presupuesto de la semana a una cajita.

"Hay que recortar gastos al máximo intentando no sentirte mal", receta. No obstante, tener dos casas en propiedad ha sido un dolor de cabeza para Lucía y su marido, por lo menos hasta este mes. Después de tener que hipotecarlas para intentar salvar el negocio por fin han conseguido vender la casa de la playa, lo que les va a ayudar a tapar huecos. "Se acabó la losa de 3.500 euros todos los 30 de cada mes".

Retrasos en el pago de hipotecas, recibos...

El terror al telefonillo se extiende cuando al otro lado está "la señorita que viene a hacer la lectura del gas". Lucía desarrolla la estrategia: "Tú no le abres la puerta. Eso es fácil porque sueles estar trabajando, pero cuando estás en tu casa te callas como una muerta y esos pasos de gas los distribuyes de manera que en invierno, cuando te sube mucho y tienes que pagar 200 euros y no puedes, pues esa lectura la das mínima. ¿Que el mes siguiente tienes más dinero? Pues modificas y subes la lectura del gas. Es decir, tratas de pagar de una forma equitativa".

Libreta de pagos de la hipoteca (Ana Gómez)
Libreta de pagos de la hipoteca (Ana Gómez)

La imaginación se desarrolla "de manera tremenda" cuando hay que hacer cosas que nunca se contemplaron. Desde devolver un recibo a salir a sacar dinero en todos los cajeros del barrio a las 3 de la mañana. El despertador sonaba a la hora a la que se hacen efectivas las transferencias de los clientes y Lucía y su marido saltaban de la cama para sacar la cantidad que necesitaban salvar de las uñas de sus bancos. 

No tener automóvil, teléfono, televisor y lavadora

La familia de Lucía cumple parcialmente estos cuatro últimos puntos de la privación material severa. Tiene un coche de 16 años que ha conducido sin seguro durante un año, sacan adelante el negocio familiar -reinventado con la nueva formación de su marido- con un teléfono "que es un cacharro" y una lavadora por la que reza cada noche. La rebelión de los electrodomésticos ya se llevó por delante la campana extractora, que pasó seis años rota; la vitrocerámica, que aguantó un lustro calentando con un solo fuego, y la malograda caldera, hoy por fin cambiada. 

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